Por qué es Llach independentista: una hipótesis

Resulta llamativo que los mismos izquierdistas que en los años 80 destinaron notables esfuerzos a desmontar los mitos nacionales los abracen hoy efusivamente.

Mi padre me enseñó a diferenciar al artista de sus ideas y, aunque no comparto el separatismo radical de Lluis Llach, todavía disfruto con sus canciones. El poquísimo catalán que sé lo aprendí tarareando L’Estaca, el Viatge a Ítaca o, mi favorita, Laura, que dedicó a su guitarrista Laura Aymerich y tiene una leyenda entrañable. La explica Francesc Puigcarbó en su blog. Una noche, justo antes de un concierto, Llach le entrega deprisa y corriendo a Aymerich la partitura. Le dice que la acaba de componer y que no hay tiempo para ensayar. El final es un solo de guitarra, concebido para el lucimiento de Aymerich, pero tras escuchar las tres estrofas que lo preceden, esta rompe a llorar y lo deja a medias.

No es de extrañar. Se trata de una oda magnífica a la lealtad. “Me es tan difícil recordar / cuántos escenarios han vivido / nuestra angustia por el presente, / nuestra ilusión por el mañana. / En casa, en medio de tantos amigos, / o en un triste exilio mar allá / nunca ha faltado tu aliento / Laura”.

Refleja también la épica de la Transición. Llach sufrió el acoso del franquismo, que incluso le prohibió cantar L’Estaca. Daba igual. Él ejecutaba sobre el escenario la parte instrumental y el auditorio entonaba la letra, que millones de adolescentes nos sabíamos de memoria. Este juego del ratón y el gato era de todos modos agotador y, a comienzos de los 70, optó por irse a París. Ese es el exilio al que se refiere en Laura.

Llach lo califica de “triste”, pero no estoy seguro de que sea del todo sincero. Fue un destierro relativo, que interrumpía de cuando en cuando para actuar en Cataluña. En Francia continuó celebrando conciertos multitudinarios y editando álbumes. Y toda la estrofa transpira nostalgia. Eran tiempos duros, de lucha y reveses, pero la existencia tenía entonces una dirección y un propósito, una plenitud ante la que palidece la rutina de una democracia bien engrasada.

El profesor Jordi Canal cuenta que cuando emprendió sus estudios hace cuatro décadas en la Autónoma de Barcelona, impartía su magisterio Josep Fontana. “Era el papa del marxismo historiográfico”, dice. Consideraba que el historiador debía estar al servicio de la revolución y lanzaba furibundos ataques contra la escuela de los Annales, porque se dedicaba a “desviar la atención” de la lucha de clases.

“Ahora”, dice Canal, “Fontana se ha convertido al independentismo y sus libros están llenos de naciones que se forjan en el Medievo y Cataluñas que son democráticas en el siglo XVII”. No está solo. Tras el estrepitoso colapso del Muro de Berlín, otros comunistas han imitado su ejemplo y encontrado refugio en el catalanismo. Resulta llamativo que los mismos individuos que en los 70 y 80 destinaron notables esfuerzos a desmontar los mitos nacionales los abracen hoy efusivamente.

Para los progres convencionales esto es un sindiós. Eustaquio Villalba recuerda que, durante la Revolución francesa, los que se sentaban a la izquierda en la Asamblea entendían la nación como un conjunto de ciudadanos libres e iguales, residieran donde residieran. La única patria era la Constitución y anteponer a ella el terruño era una aberración. “Es incompatible ser de izquierdas y ser nacionalista”, sentencia Villalba, pero me temo que no estamos ante un proceso estrictamente racional.

No digo que Llach o Fontana carezcan de argumentos para apoyar la secesión de Cataluña, pero hay asimismo un fuerte componente emocional. La paz y el estado de derecho están fenomenal, pero a algunos se les antojan insuficientes. Les falta épica. En el fondo, dice Canal, Fontana ha cambiado “una fe por otra” y sigue haciendo lo que siempre había hecho: organizar los elementos del pasado para que converjan en la urgencia de una liberación, llámese proletaria o nacional.

Existe también cierta añoranza de esos “escenarios” de juventud a los que Llach alude en Laura. Es duro envejecer. A unos les da por comprarse una moto o escaparse con una peluquera 20 años menor. Otros necesitan una revolución.

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