Silicon Valley ya no es lo que era

La serpiente de la ambición ya no vive en el Edén californiano. Ha anidado en Asia.

Hace una década que de California no sale nada disruptivo. “El iPhone debutó en 2007”, escribe Charles Duhigg en The New Yorker. “Facebook lanzó en 2006 su Newsfeed [una selección de los contenidos más interesantes]. La Xbox de Microsoft ha cumplido 16 años”. ¿Se trata del natural agotamiento de una generación irrepetible y solo hay que esperar a que la lotería genética nos depare otra hornada de genios?

Siempre he mirado con recelo a Thomas Carlyle y su teoría del Gran Hombre, que atribuyen el progreso y la civilización al empuje de personajes singulares: Dante, Rousseau, Cromwell… Creo con Herbert Spencer que “antes de que [el genio] pueda rehacer su sociedad, la sociedad debe hacerlo a él”. La oportunidad lo es casi todo en la vida. Si Lutero hubiera nacido en el Amazonas y Napoleón en Nepal, nadie habría oído hablar de ellos. Y me cuesta creer que el cristianismo o la Revolución francesa hubieran tomado un curso muy diferente.

Lo mismo pienso de Silicon Valley. Su tecnología no es fruto de la originalidad de Steve Jobs o Bill Gates. Lo que sabemos de ellos sugiere más bien lo contrario. Eran unos piratas que copiaban todo lo que podían, que era mucho en la California de los 70. Los pioneros del entonces valle de Santa Clara fueron un grupo de jóvenes ingenieros que trabajaban para William Shockley, coinventor del transistor y Nobel de Física. “Había fundado [en 1957] una pequeña empresa entre los frutales de Mountain View porque estaba cerca de su madre”, cuenta Duhigg. Shockley era un gestor desastroso, proclive a los arrebatos de ira y partidario de la eugenesia: donó su esperma “a la ciencia, con la condición de que se usara para inseminar mujeres que fueran blancas y afiliadas de Mensa”, una asociación de superdotados.

Ocho de aquellos ingenieros no tardaron en desarrollar una profunda aversión a su jefe y contactaron con Fairchild Camera and Instrument para instalarse por su cuenta. Los Ocho Traidores, como pasarían a ser conocidos desde entonces, se hicieron ricos vendiendo circuitos integrados, pero sobre todo sentaron el estándar de lealtad de la región: ninguna. Se volvió habitual que el personal saltara de una compañía a otra al menor contratiempo, llevándose consigo los secretos y la experiencia adquirida.

Este frenético movimiento habría sido impensable en el otro foco innovador de los Estados Unidos de la posguerra, la Route 128, un corredor de 20 kilómetros de autovía las afueras de Boston donde se arracimaban decenas de tecnológicas: DEC, Wang, Honeywell, Polaroid, Raytheon… La cultura imperante allí era diametralmente opuesta. El asalariado suscribía leoninas cláusulas de no competencia que lo obligaban a esperar un año antes de irse con un rival o de lanzar su propio negocio.

Pero como decía Billy Wilder, ninguna buena acción queda sin su castigo y la Route 128 no tardó en verse desbancada por Silicon Valley. La práctica de la traición favorecía la invención. Los desertores nunca partían de cero, con lo que se ahorraban errores y callejones sin salida. Y los desertados vivían en un estado de paranoia, que los obligaba a discurrir un invento nuevo cada día, porque nada garantizaba que el éxito de hoy no te lo fueran a plagiar (y mejorar) mañana.

Tanto Apple como Microsoft y Facebook se beneficiaron de esta atmósfera, pero una vez establecidas han sucumbido a los encantos de la cultura bostoniana. Dado que en California las cláusulas de no competencia son ilegales, durante un tiempo se dedicaron a comprar cualquier firma que despuntara, pero últimamente ya ni se molestan. En 2016 el Congreso aprobó una ley contra la venta de secretos comerciales cuyo propósito era salvaguardar la ventaja tecnológica estadounidense ante el avance chino, y en el Valle la han aprovechado para intimidar a los elementos díscolos. Cualquiera que pretenda iniciar una aventura en solitario, como en su día hicieron los Ocho Traidores, debe ahora enfrentarse a la artillería legal de los bufetes más poderosos del planeta. Es una disuasión que funciona y, liberados de la presión, los gigantes se han echado a dormir.

Se sienten seguros detrás de su legión de abogados, pero la serpiente de la ambición que ellos han expulsado de su Edén ha anidado en Asia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s