¿Por qué nos repugna que Abidal pague por un hígado?

“Ni se compra ni se vende el cariño verdadero”, dice el pasodoble. ¿Ocurre lo mismo con los órganos?

La noticia de que el exjugador del Barcelona Éric Abidal podría haber comprado el hígado que le implantaron en 2012 ha levantado una gran controversia. Para muchos, ciertos ámbitos deberían mantenerse al margen del mercado, y hay cosas por las que efectivamente no se debe pagar, porque el dinero las desnaturaliza. Si después de una cita romántica en vez de un ramo de flores le envía usted a su pareja un sobre con 200 euros y una nota que diga: “Anoche lo pasé muy bien”, es muy probable que no vuelva a verle el pelo. “Ni se compra ni se vende el cariño verdadero”, dice el pasodoble. ¿Ocurre lo mismo con un riñón o un páncreas? El Nobel de Economía Alvin Roth piensa que sí. “Del mismo modo que uno ya no puede subastarse a sí mismo como esclavo, hay transacciones que son ilegales porque se consideran repugnantes”.

Habría que ver, sin embargo, qué opinan los afectados. Más de 87.000 europeos aguardan un trasplante y la oferta de órganos apenas llega a 10.500. Y lo trágico es que una proporción significativa jamás lo recibirá. En 2016 fallecieron en España 127 enfermos en lista de espera. En Estados Unidos el dato es de 20 muertos… cada día.

“¿Por qué no dejar que la gente venda un riñón que no usa y que los pacientes (o el Estado, en su nombre) pujen por él?”, pregunta The Economist. “Las listas de espera desaparecerían de la noche a la mañana”.

La repugnancia no es, sin embargo, la única objeción que suscita el comercio de órganos. Al asignarse por precio, ¿no quedarían excluidas las clases menos pudientes? ¿Y de dónde saldría la materia prima? De individuos desesperados, posiblemente. “Un mercado en el que los pobres fuesen los vendedores, y vendedores forzosos encima, es moralmente intolerable”, admiten William Barnett, Michael Saliba y Deborah Walker.

La primera objeción puede sortearse confiando la administración al Estado. Igual que hace ahora con los fármacos, el sistema sanitario adquiriría los órganos y los distribuiría conforme a criterios médicos, no de renta. Gary Becker y Julio Jorge Elías calcularon en un artículo de 2007 que para atender toda la demanda bastaría con ofrecer 15.000 dólares (13.000 euros) por riñón, una suma perfectamente asumible si se piensa que la diálisis cuesta 50.000 euros por paciente y año.

¿Y no se organizaría, así y todo, un mercadeo degradante? Los centros de donación se llenarían de individuos dispuestos a lo que fuera con tal de sacar adelante a sus familias (o comprarse una moto) y emprendedores sin escrúpulos irían por el planeta rebanando a los menesterosos trozos de hígado para exportarlos luego a Occidente.

Becker y Elías replican que si alguien sin recursos estima que estará mejor sin un riñón, ¿por qué negarle “unos ingresos que podrían serle útiles, sobre todo cuando es para salvar a otra persona”? Se trata de un riesgo limitado. “Debemos saber y entender”, explica el internista Rigoberto Jiménez Ramírez, “que se puede vivir con un solo riñón y llegar a viejo sin ninguna alteración”. Además, en su momento también se argumentó que la profesionalización del Ejército lo inundaría de pobres y no ha resultado cierto. Muchos se alistan por la soldada, pero otros lo hacen por patriotismo o porque les atrae la carrera militar. Los individuos dispuestos a todo por lo general no superan las pruebas de ingreso. “Similarmente, los órganos de drogadictos, seropositivos y pacientes de hepatitis y otras dolencias graves serían rechazados”. Por último, muchas donaciones seguirían siendo post mortem, en cuyo caso nadie dañaría su salud ni podría extirparse frívolamente nada para comprarse una moto: el dinero iría a los herederos.

En cuanto al problema de los emprendedores sin escrúpulos, ya se da, como desvela este reportaje de Bangladés, y no hay motivos para creer que vaya a agravarlo una legalización de la compraventa de órganos. Al contrario. “Ahora mismo”, escriben Barnett, Saliba y Walker, “a un millonario que necesita un trasplante y está a la cola en la lista de espera puede pasársele por la cabeza comprar un riñón ilegalmente obtenido”, pero “en un mercado libre, no sentiría esa tentación”, porque no habría listas de espera. Incluso aunque quedaran desaprensivos dispuestos a vender órganos robados, “no sería complicado diseñar un sistema de trazabilidad que, en combinación con […] unas penas disuasorias”, desincentivaran este contrabando.

“Las exhortaciones al altruismo y otros esfuerzos para estimular la donación de órganos no han sido capaces de cubrir la enorme brecha que separa oferta y demanda”, escriben Becker y Elías. Ni siquiera España y su modélica Organización Nacional de Trasplantes lo han conseguido. Darle una oportunidad al mercado quizás no sea una propuesta tan repugnante.

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