El plebiscito como una de las bellas artes

Lo que Iglesias ha hecho dista mucho de ser un ejemplo de democracia. Es Maquiavelo puro.

Finalmente, las bases han avalado la compra del chalet de Galapagar con “la participación más numerosa de la historia [de Podemos]” y Pablo Iglesias considera que es su “obligación seguir al frente” de la organización. En su opinión, los resultados salvaguardan su “credibilidad” y constituyen además un ejemplo de democracia. “Las consultas revocatorias”, anima al resto de formaciones, “deben también normalizarse”.

No vamos a discutir el éxito de la movilización ni a voltear el recuento para subrayar malévolamente: “Un tercio vota que Iglesias dimita”.

Pero tampoco vamos a tragarnos que el plebiscito demuestra que a la mayoría de los afiliados no les importa que la pareja se mude a una casa en la sierra. La pregunta ni siquiera la mencionaba. Simplemente decía: “¿Consideras que Pablo Iglesias e Irene Montero deben seguir al frente de la secretaría general de Podemos y de la portavocía parlamentaria?” Habría que ver que hubiera sucedido si el interrogante hubiera sido: “¿Consideras que el secretario general y la portavoz de Podemos pueden vivir en una mansión de 600.000 euros?” El plebiscito no obligaba a la militancia a pronunciarse sobre esta opción, que ha sido el núcleo de la polémica. Lo que hacía era situarla ante un dilema imposible: ¿Eres partidario de mirar para otro lado o estás, por el contrario, dispuesto a abrir una crisis de proporciones desconocidas en la formación a un año de las elecciones autonómicas y municipales?

A mí me pasó algo parecido cuando cambié hace unos años de coche. Quería un Prius gris metalizado, pero cuando llegué al concesionario el único que les quedaba era negro. “Puede usted esperar si quiere”, me ofreció el vendedor. “¿Cuánto tiempo?”, inquirí. El hombre tecleó brevemente el ordenador y, al cabo de unos minutos, chasqueó la lengua y añadió con gesto contrariado: “Hombre, habría que traerlo de Japón, porque ahora mismo no tenemos ninguno en la península”.

Al final, me llevé el negro. ¿Significa eso que lo quisiera? En absoluto, pero el coste de oportunidad de escoger el gris metalizado era muy elevado. Del mismo modo, no sabemos si los militantes de Podemos están conformes con que Iglesias y Montero se instalen en Galapagar, pero afrontaban una alternativa demasiado onerosa y se han decantado por el mal menor.

Hay dos lecciones que sacar de toda esta historia. La primera es cómo se monta una consulta revocatoria: nunca incurras en la ingenuidad de someter al electorado a una disyuntiva simétrica, porque corres el riesgo de que te diga lo que piensa. La cuestión debe estar claramente desequilibrada para orientar la respuesta en la dirección deseada. No es “negro o gris metalizado”, sino “negro o te quedas sin coche seis meses”. No es “chalet o no chalet”, sino “chalet o abro una crisis de proporciones desconocidas”.

Esto dista mucho de ser un ejemplo de democracia. Es Maquiavelo puro. Iglesias puede sentirse legítimamente orgulloso del dominio que ha alcanzado en el manejo de estas tretas de político florentino, pero, y esta es la segunda lección, tampoco debería engañarse pensando que salen gratis. La decepción que supone su flagrante doble rasero quizás no esté ya tan expuesta como antes, pero la herida sigue ahí y es una fragilidad de la que se resentirá en próximas batallas.

En política no se olvida nada. Como en los videojuegos, todo se guarda por si vale para más adelante. Que le pregunten si no a Cristina Cifuentes.

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