Pablo Iglesias y la parábola de la niña vegana

Dártelas de progre no comporta grandes obligaciones. Por eso hay suelto tanto impostor.

A la hora de determinar la ideología de alguien, el tamaño de la casa no es el método más fiable, como han vuelto a poner de relieve las andanzas de Pablo Iglesias e Irene Montero. En realidad, proclamarse de izquierdas no tiene grandes consecuencias prácticas y, de hecho, al ojo no entrenado le resulta complicado distinguir quién lo es, porque a menudo conduce un coche de gama alta, viste ropa de marca, lleva el último iPhone y veranea en una urbanización con golf. Eso explica que haya tanto impostor. Dártelas de progre apenas compromete a nada y disfrutas del monopolio marxista de los buenos sentimientos. Otras ventajas no menores son que puedes dejar propinas mínimas en los restaurantes (“lo que tiene que hacer el dueño es pagar a los camareros salarios decentes”), gorronear sin tasa del Estado (“hemos optado por lo público por razones éticas”) y acostarte con quien te venga en gana (“la monogamia es una convención pequeñoburguesa sin base biológica”).

El principal inconveniente son esos pelmas que se empeñan en ponerte frente a tus contradicciones constantemente y que llevan repitiendo desde el franquismo aquello de “Si tanto te gusta el comunismo, ¿por qué no te vas a Cuba?” Es un argumento que funciona a medias, porque el único caso documentado de alguien que haya llevado la coherencia intelectual hasta ese extremo es el de Willy Toledo (y no está claro que siga allí: por lo que se deduce de esta noticia, se habría mudado a Argentina).

Pero tanta insistencia debe de agotar, porque pasada cierta edad muchos tiran la toalla. Si entre los menores de 30 la segunda fuerza del país es Podemos con el 23% de los votos, entre los mayores de 65 obtiene un escuálido 7,1%, según este estudio de SocioMétrica. Se trata de un fenómeno universal. El politólogo James Tilley calcula que los ingleses desertan de la izquierda a razón de un 0,38% al año. Parece poca cosa, pero a lo largo de una vida supone un trasvase de 20 puntos. Tilley atribuye la fuga a que las personas nos volvemos refractarias al cambio conforme envejecemos y los psicólogos señalan que influyen además los niveles de autoestima. Los jóvenes necesitan definir su identidad y, en el supermercado de las ideas, eligen las que creen que son más populares y les van a sentar mejor, sin medir del todo las consecuencias.

Rebbeca Yasha, “una típica adolescente de instituto”, como se define a sí misma en Quora, cuenta que se hizo vegana porque le encantaba que sus amigos comentaran lo saludable que comía. Para una chica que no se había sentido nunca segura de su físico, aquello era “el mejor cumplido que podía recibir” y compensaba el sacrificio de no compartir con ellos de vez en cuando una pizza. Hasta que se apuntó a natación y la ingesta de una bolsa de zanahorias baby al mediodía se reveló un aporte calórico insuficiente. Empezó a desmayarse y, al cabo de un mes, decidió dejar de ser “la chica vegana”. Ya no se desmaya y el “dolor de cabeza constante” que sufría ha desaparecido. “Ser vegana”, dice, “es fantástico y a algunos les va bien, pero no a mí”.

Estoy convencido de que Iglesias y Montero experimentaron un alivio similar el día que les entregaron las llaves del chalé de Galapagar. Ser de la izquierda radical es fantástico y a algunos les va bien, pero quizás no a ellos.

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