La hipótesis del postre moral

“¿Sabes cuál es el problema de hacer el bien?”, dijo Miller. “No funciona”.

Joe Miller se acomodó a mi lado en la barra del Claridge. “Tuve una fase en mi vida en que decidí ser decente”, me soltó sin mediar provocación por mi parte. “Era educado, reciclaba el vidrio, incluso dejé de trastear con el móvil mientras conducía, pero ¿sabes cuál es el problema? No funciona. Fueron como seis meses, pero se me hicieron como seis años. Y no me ascendieron en el trabajo, ni ligaba más. Total, que acabé por dejarlo. Portarse bien es de pringados”.

Miller no es el único que piensa así en el Claridge. Es la hipótesis del postre moral: si después de aguantarte las náuseas para acabarte el puré y los sesos rebozados resulta que no te dan una bamba de nata, ¿qué sentido tiene esforzarse?

“Lo mejor es ir a tu bola”, dijo Miller. “Que cada palo aguante su vela y el que venga detrás, que arree”.

“Mi madre decía que si todos hiciéramos lo que nos diera la gana, el mundo se convertiría en una jungla”, terció Monroe Stahr dos taburetes más allá.

“Supongo que por eso hay policías”, replicó Miller. Y añadió con una sonrisita cínica: “Pero mientras seas listo y no te cojan…”

“El caso”, observó Stahr, “es que tampoco hay tantos policías y, a pesar de ello, la gente se porta bastante bien. Para mí el gran misterio no es que haya listos como tú, Miller. Para mí el gran misterio es que aún queden tipos honestos”.

Durante siglos, las religiones tuvieron a raya a la humanidad con la amenaza del infierno, pero casi nadie cree ya en el más allá y, si Dios no existe, tampoco existe la virtud, o por lo menos no sirve para nada, como sostiene Iván Karamazov.

¿O sí que sirve?

“Si Dios existe”, escribe Albert Camus, “todo depende de Él y nosotros nada podemos contra su voluntad”. El hombre es como un adolescente perenne que no puede dar ni un paso sin la aprobación paterna. Pero si Dios desaparece, “todo pasa a depender de nosotros […]. Matar a Dios es hacerse dios uno mismo”. Y lejos de exonerarnos de toda obligación, nos carga con la enorme responsabilidad de “realizar en esta tierra la vida eterna”.

La certeza de Dios es incompatible con la ética. Si te comes los sesos por el deseo de la bamba, obras interesadamente. Para que un acto sea genuinamente moral no debe buscar un provecho personal e inmediato.

“¿Y por qué debería nadie hacer algo semejante?”, preguntó Miller francamente escandalizado.

Por la segunda parte (habitualmente omitida) de la cita más famosa de Ortega: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Construir una circunstancia grata, esa vida eterna en la tierra de la que habla Camus, es el propósito y el premio de un comportamiento apropiado.

Porque, en realidad, sí que hay postre moral. Es cada buena acción que hacemos. Cuando sonreímos a alguien o le sujetamos la puerta, generamos una gratificación. Quien la recibe igual no la merece, quizás ni siquiera la aprecie y piense para sí como Miller: “Nadie te lo ha pedido, yo no lo habría hecho”.

Pero si insistimos en saturar nuestro entorno de gestos amables, tarde o temprano recibiremos alguno de vuelta. No será hoy, ni mañana, ni pasado, ni siquiera después de llevar el vidrio al contenedor verde.

Lo único claro es que, si nadie crea recompensas, nadie podrá recibirlas. Y vivir sin recompensas sí que es de pringados.

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