Teorema del discurso reprimido

A los ingleses les bastó con un rey decapitado para darse cuenta de que a la gente hay que dejarla hablar y hace siglos habilitaron en Hyde Park un rincón para los oradores espontáneos.

La semana pasada moderé un debate en el Ateneo de Madrid. La sesión discurrió felizmente dentro de la más absoluta normalidad: uno de los ponentes excusó su presencia esa misma mañana, se ignoraron en general los tiempos asignados y, en el turno de preguntas, no hubo preguntas, sino la habitual retahíla de arengas. Una de ellas adquirió tales proporciones que me vi obligado a solicitar al bedel que, por favor, le retirara al espontáneo el micrófono inalámbrico. No fue fácil. Era, por lo visto, un reincidente. El bedel le decía en tono conciliador: “Vamos, Fabián, devuelve el micrófono”, pero Fabián giraba hábilmente el cuerpo, ocultando el inalámbrico en su regazo (ya les digo que era un reincidente), y solo tras un breve forcejeo se avino a entregarlo, aunque no a callarse. Siguió un rato lanzando esporádicos vivas a la república y cosas así.

Algunos foros más modernos evitan que el patio de butacas se apodere del acto repartiendo unas cartulinas en las que los espectadores escriben sus preguntas, para que sea el moderador quien las formule a los ponentes. Yo mismo les sugerí esa mecánica a los organizadores en alguno de los varios correos que cruzamos, pero un responsable del Ateneo me explicó que “no se les puede hacer eso a los socios”.

Su objeción no me convenció en ese momento, recién concluido el debate. Pero luego me he acordado de un soberbio artículo en el que Julio Camba argumenta que “un discurso embotellado es como una de las fuerzas de la naturaleza: tiene que salir y, cuanto más tiempo transcurra, más violenta será la salida”.

A los ingleses les bastó con un rey decapitado para darse cuenta de que a la gente hay que dejarla hablar y hace siglos habilitaron en Hyde Park un rincón para los conferenciantes. Allí cada cual puede dar rienda suelta a sus inquietudes tan alto como se lo permitan sus pulmones. No hace falta solicitar el permiso de la delegación del gobierno ni ser un acreditado retórico. El rincón ha acogido a perfectos desconocidos y a agitadores ilustres, como Lenin. Mientras la policía rusa intentaba asesinarlo, la británica le dejaba desfogarse en Hyde Park y no hay que descartar que esta fuera una de las razones por las que la revolución estalló en Rusia y no en el Reino Unido, que era donde se daban según Marx las condiciones objetivas.

“Los ingleses comprenden lo que es un discurso y lo dejan salir”, decía Camba. En España, la autoridad (militar o civil, como yo) los reprime para evitar el contagio, sin reparar en que el discurso es como la gripe: cuando se manifiesta ya ha superado la fase infecciosa. Esta se da durante la incubación, que es asintomática. Un pacífico ciudadano lee un editorial o escucha a un tertuliano y, a partir de esa semilla inocente, el discurso germina, cobra vida propia, invade a su huésped. Este deja de ser dueño de sus acciones para convertirse en un vehículo al servicio de una idea (la desamortización, la banca pública, las listas abiertas) que suelta a la menor ocasión: en la pausa del café, en una reunión familiar, en el debate del Ateneo. “No es el orador quien dirige el discurso”, dice Camba, “sino que este se ha elaborado por sí solo […] y tiene que salir. Es una ley fisiológica como la de la maternidad”.

Los países que desconocen esta elemental regla de higiene, como España, tienen una historia agitada. Es lo que podríamos llamar “el teorema del discurso reprimido”. Una arenga que emerge “por sus vías naturales no ofrece peligro ninguno”, sostiene Camba. Ha dejado de ser contagiosa. Pero cuando se obstruye su cauce, “puede ocurrir de todo: el suicidio del orador, el motín popular y, en fin, la revolución”.

Por eso, después de meditarlo sosegadamente, he decidido que no voy a pedir más que se repartan cartulinas ni que se le retire el micrófono a nadie. Que hablen lo que les dé la gana, por Dios.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s