El día en que pudo cambiar el periodismo deportivo

Todas las grandes novelas están latentes en su primera frase. Escribir consiste en irla desenrollando cuidadosamente.

“Lo complicado es la primera frase”, me dijo Alexis cuando nos incorporamos al diario Récord a mediados de los 80. “Si das con una primera frase buena, el resto del artículo sale solo”. De acuerdo con esta teoría, las grandes historias están contenidas en un simple enunciado y escribir consiste en irlo desenrollando cuidadosamente. Todo el universo de Cien años de soledad se encierra en este genial comienzo: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Alexis invertía horas en buscar esa primera frase. Mecanografiaba una línea, la examinaba con gesto implacable y, la mayoría de las veces, arrancaba violentamente el folio de la máquina y lo arrojaba hecho una bola a la papelera. Al redactor jefe, que era un tipo delgadito que gastaba una melena trasnochada de poeta, aquello lo tenía muy intrigado. Un día cogió la papelera, se la llevó al subdirector y estuvieron un rato deshaciendo bolas y escrutando con el ceño fruncido aquellas solitarias líneas como si fueran mensajes cifrados.

“Es la misma oración, pero con el orden de los adjetivos cambiado”, observaba el redactor jefe pasando alternativamente la mirada de la arrugada hoja que sujetaba en una mano a la arrugada hoja que sujetaba en la otra.

“Tienes que hablar con él”, sentenció el subdirector.

El redactor jefe habló con Alexis, Alexis le explicó su teoría y, como sucede a menudo con estos trastornos obsesivos, el redactor jefe se contagió. El domingo, cuando volvió del Santiago Bernabéu, encargó al botones su café con leche corto de café, con la leche caliente y en vaso alto, y se puso a arrancar de la máquina un folio detrás de otro.

“¡Viene ya o no esa crónica!”, le gritó en un momento dado el subdirector mientras dictaba un titular de portada, componía el editorial y corregía galeradas.

Pero el redactor jefe estaba irreparablemente atascado en la primera frase, no iba ni para atrás ni para adelante y, cuando el subdirector se le echó encima mugiendo como un miura, se lo encontró absolutamente apesadumbrado, como si sobre él se hubiera abatido una calamidad imprevista e irreparable.

“¿Estás bien?”, preguntó el subdirector sinceramente inquieto.

“No doy con la primera frase”, respondió escuetamente el redactor jefe antes de sumirse en un obstinado mutismo. El resto del síndrome se lo tuvo que explicar Alexis.

Por fortuna teníamos un subdirector que era una mula de varas y al que no podía importar menos el orden en que iban los adjetivos.

“¡No me jodáis!”, bramó.

El redactor jefe se estremeció con los ojos vidriados de terror y empezó a teclear atropelladamente.

Así fue como se salvó la situación, la cadena de contagios se interrumpió y el periodismo deportivo se engolfó por sus actuales derroteros.

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2 Respuestas a “El día en que pudo cambiar el periodismo deportivo

  1. ¡Genial! Sobre todo… la primera frase.

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