El arte de espolear emociones

Los hechos desnudos rara vez son la única fuente de sufrimiento. Hace falta un esfuerzo de imaginación.

Después de asistir a un congreso internacional, la organización nos facilitó a un grupo de periodistas de distintos medios un taxi hasta el aeropuerto. Debíamos coger aviones que salían más o menos a la vez, pero con distintos destinos. Por desgracia, no previmos que había obras en la autovía de acceso y nos presentamos ante el mostrador de facturación cuando ya estaba cerrada la admisión de viajeros. El incidente nos irritó a todos, pero especialmente al colega portugués. Resultó que su vuelo llevaba retraso y lo había perdido por apenas cinco minutos. “¡También es mala suerte!”, bufó desolado. Su situación no difería de la nuestra: todos teníamos por delante una larga y aburrida espera. ¿Por qué se consideraba con más derecho a enfadarse?

Los hechos desnudos rara vez son la única fuente de sufrimiento. Este se ve potenciado cuando existe una alternativa verosímil. El portugués había estado más cerca que los demás de embarcar. Nuestra suerte no habría cambiado aunque nos hubiéramos lanzado a una alocada carrera por la terminal, pero la suya quizás sí. Podía imaginar un final feliz que para nosotros era inconcebible.

Para experimentar verdadera frustración nuestra mente necesita imaginar un escenario diferente y relativamente próximo. Cuanto menor sea la distancia, menos le costará desandarla. Si un familiar muere en una isla del Pacífico durante los violentos disturbios posteriores al tsunami provocado por un seísmo, experimentaremos rabia, pero menos que si se mata porque el coche que conducía se ha salido de la carretera mientras sintonizaba su emisora favorita. En el primer caso, nuestro cerebro necesita deshacer un montón de sucesos: el terremoto, la ola, las revueltas… En el segundo, un mero gesto separa la realidad y el deseo. “¡Ojalá no hubiera andado trasteando con la dichosa radio!”

Estas “emociones contrafactuales”, como las llama el Nobel Daniel Kahneman, abren un mundo de posibilidades a los políticos poco escrupulosos, siempre dispuestos a ayudar al votante a idear escenarios alternativos. Es un poco lo que estamos viendo con los atentados de Cataluña. “¡Ojalá los Mossos hubieran prestado atención al aviso de los servicios de inteligencia estadounidenses!”

Da igual que estos acertaran por casualidad, porque el objetivo de los yihadistas era probablemente ocasionar una matanza en la Sagrada Familia o en la Boquería, y el atropello de las Ramblas fue un plan desesperado y de última hora. Y da igual que la policía reciba a diarios decenas de avisos, alguno de los cuales inevitablemente se cumplirá por puro cálculo de probabilidades. Lo que importa es reiterar el lamento hasta transformar el suceso en arrepentible y retratar al rival como un incompetente, aun a sabiendas de que la seguridad absoluta no existe y de que, en la vida real, los terroristas asesinan y los aviones se pierden.

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