Las murallas de Troya

España ha dado un salto espectacular en las últimas décadas y no hay más que echar un vistazo desprejuzgado a nuestro alrededor para comprobarlo.

Cuando vemos el asedio de Troya en la película protagonizada por Brad Pitt nos impresiona su colosal fortificación, con el portalón de 12 metros y las torres de casi 20. Las excavaciones revelan, sin embargo, que aquellos muros no debieron de rebasar los ocho metros. Lo mismo pasa con la Roma cinematográfica: su opulencia y pulcritud, sus fuentes y sus mármoles resplandecientes poco tienen que ver con la ciudad histórica. “La miseria del lugar”, escribe Mary Beard, “era llamativa para nuestros criterios. No había ningún sistema de recogida de basuras […] y circulaban elocuentes anécdotas de perros que vagabundeaban sujetando entre sus mandíbulas miembros humanos que se habían encontrado en la calle”. Y en SPQR añade que sus afueras “no debían de ser muy distintas de las actuales capitales del Tercer Mundo, repletas de asentamientos ilegales o barrios de chabolas ocupados por los hambrientos y los mendigos”. Aunque en nuestra biblioteca mental tenemos archivada la Roma antigua en el mismo estante que París y Nueva York, estaría probablemente mejor colocada junto a Kabul o Luanda.

¿Por qué exageran los directores de cine los encantos de Troya y Roma? Porque de lo contrario no nos impresionarían. “Al ciudadano del siglo XXI le cuesta apreciar lo mucho que ha progresado la humanidad en los últimos 2.000 años”, explica en Quora Brandon Li. Se habitúa a cualquier logro y lo incorpora a su paisaje cotidiano como si fuera algo natural, no inventado; como si no costara nada y no pudiera evaporarse mañana.

Esta capacidad de adaptación es una característica admirable de la especie. Ha permitido que poblemos casi cualquier hábitat. Dominamos el cambio no solo mediante estrategias técnicas (ropa contra el frío, armas contra el depredador), sino mentales. Los acontecimientos negativos se difuminan rápidamente. El cerebro los trocea y almacena en una zona poco accesible, donde no perturban ni intimidan. Por eso, cuando Barbra Streisand plantea en The Way We Were: “¿Era de verdad todo tan sencillo antes?”, no tiene más remedio que admitir que no, que optamos por olvidar los momentos ingratos y “será la risa lo que recordemos cada vez que decidamos recordar cómo éramos”.

Lo que llamamos nuestro pasado es mucho más una construcción conveniente que una reconstrucción precisa. Proyectamos alegremente lo que nos rodea años o siglos atrás y únicamente caemos en la cuenta del anacronismo cuando alguna circunstancia (una canción, un olor, un sorbo de té con migas de madalena) nos estremece y nos fuerza a preguntarnos: “¿Y cómo nos las arreglábamos cuando los coches no tenían aire acondicionado?” Entonces, con súbita clarividencia, revivimos en toda su crudeza aquellos viajes veraniegos en el Seiscientos: cómo nos levantábamos de madrugada para evitar las horas de calor y llegábamos a pesar de ello empapados en sudor tras jugarnos el cuello por unos caminos estrechos y sinuosos, bordeados de acantilados y llenos de camiones destartalados.

España ha dado un salto espectacular en las últimas décadas y para comprobarlo basta con echar una mirada desprejuzgada alrededor: a las carreteras, por supuesto, pero también a la sanidad, la educación, las pensiones, las posibilidades de ocio y cultura, las libertades civiles y políticas…

Por desgracia, al cerebro no se le da bien evaluar los cambios. Olvida pronto el punto de partida, los sacrificios realizados. Se comporta como si la civilización siempre hubiera estado ahí y, si le apuras, incluso la encuentra altamente insatisfactoria.

Por eso cada nueva superproducción de Hollywood debe levantar unos metros las murallas de Troya.

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