En qué se parece el veraneo a una colonoscopia

Nadie en su juicio se somete a una experiencia semejante si puede evitarlo. Y sin embargo, no solo reincidimos, sino que nos da pena que se acabe.

Las vacaciones están sobrevaloradas. Piénselo unos instantes. Usted vive todo el invierno en un piso mejor o peor, pero al que ha ido ahormándose como el pie a un mocasín de fina napa y, una vez al año, lo abandona para meterse en un apartamento de la costa húmedo y mal ventilado. En la playa debe luchar (literalmente) por un hueco al sol, soportar los chillidos y pelotazos del niño de la sombrilla de al lado y nadar en un mar atestado de medusas indetectables y colchonetas tripuladas por bañistas fuera de control.

La siesta es una agonía. Se ve reiteradamente interrumpida por el petardeo de las motos y, cuando se levanta usted sudado y de mal humor, con la paella del mediodía haciendo el camino de vuelta por el esófago, la verbena del puerto irrumpe como un huracán por el balcón, impidiendo cualquier comunicación en un tono civilizado con el resto de ocupantes del apartamento.

Finalmente, cómo no mencionar el evento veraniego por excelencia: la barbacoa. No sé usted, pero a mí siempre me toca algún iluminado que me cuenta que Cristo no murió en la cruz y se casó con María Magdalena o que los delfines son más inteligentes que los humanos (“Más que tú seguro”, te dan ganas de decirle).

Nadie en su sano juicio se somete a una experiencia semejante si puede evitarlo. Y sin embargo, no solo reincidimos, sino que nos da pena que se acabe. ¿Qué nos pasa?

Daniel Kahneman explica en Pensar rápido, pensar despacio que en realidad somos dos personas: un yo que experimenta y un yo que recuerda, y el que manda es el segundo. Para demostrarlo, sometió a un grupo de voluntarios a “una forma leve de tortura”, consistente en sumergir la mano en un balde de agua fría. Una mitad debía limitarse a mantenerla 60 segundos. La otra mitad la tuvo 90 segundos, pero en los 30 adicionales la temperatura se elevó un grado para procurar un leve alivio.

Desde el punto de vista del yo que experimenta, la prueba corta era obviamente mejor, “pero”, escribe Kahneman, “esperábamos que el yo que recuerda tuviera otra opinión”, y así fue. Cuando a los voluntarios se les ofreció participar en otra ronda, el 80% de los que habían sufrido una inmersión larga accedieron, no porque fueran “masoquistas”, sino porque “guardaban una memoria menos aversiva”.

Es como una colonoscopia. Si al paciente le extraen el tubo sin contemplaciones, no vuelve. Pero cuando el proctólogo se toma la molestia de sacarlo con suavidad, es más probable que repita. La exploración en sí ha sido igualmente desagradable, pero la última impresión es la que vale, porque es la que se queda grabada.

“El recuerdo guía la elección de las personas”, dice Kahneman. Preferimos el peor veraneo al mejor invierno porque pasamos las vacaciones fabricando momentos memorables: organizamos excursiones, nos esforzamos por divertirnos y hacemos fotos de todo. El resto del año simplemente vamos tirando y el resultado es que, a la hora de comparar, nuestro cerebro dispone de una época llena de luz y grandes instantes y otra gris, sin relieve, prácticamente indocumentada. ¿Y qué va a hacer?

Pues otra colonoscopia.

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2 Respuestas a “En qué se parece el veraneo a una colonoscopia

  1. Mariano González

    Ya, ¿pero qué sería de nosotros sin la ilusión, aunque sea de una colonoscopia hecha en el banco de herrar mulos, como la que propones?

  2. ¡Jajajajá! Al final lo que cuenta es el recuerdo y si este es bueno, ¿qué más da cómo haya estado la experiencia?

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