El arte de engañarse a sí mismo

La gente se esfuerza mucho para obtener información que ya tiene o para evitar conocimientos nuevos.

Me sorprendió que este sábado un amigo alardeara de cómo había anticipado la victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE. “Ya os lo dije”, afirmó mientras arqueaba las cejas y se encogía de hombros con afectada modestia.

Yo me limité a esbozar una tímida sonrisa, aunque tenía fresca en mi memoria su reacción cuando sugerí que Susana Díaz podía perder. “¡Menuda tontería!”, exclamó. “¡Va a ganar de calle!”

Mi amigo es todo menos cínico y estoy convencido de que, en su fuero interno, cree sinceramente que dijo lo que dice que dijo. No pretende engañar a los demás. Solo se engaña a sí mismo. ¿Por qué?

A las personas nos aterra la incertidumbre. Nos gusta pensar que ninguno de los males que nos afligen son inevitables: las crisis bancarias, las epidemias, los incendios forestales, los accidentes aéreos. Detrás de cada catástrofe hay una mano negra y basta con examinar cuidadosamente la realidad para detectar sus huellas.

Esta presunción es desmentida constantemente, pero, en lugar de desecharla, con cada nuevo sobresalto nos fustigamos por nuestra escasa sagacidad o revisitamos el pasado y alteramos los hechos. Esto no lo hace únicamente mi amigo. Cuando en 1972 Richard Nixon anunció su propósito de visitar China, un doctorando de la Universidad Hebrea, Baruch Fischhoff, consultó a varios reputados académicos qué cabía esperar de aquella iniciativa diplomática. ¿Aliviaría o tensaría la relación con Moscú? ¿Recibiría Mao al presidente americano? ¿Se desataría una represión contra la disidencia?

Después del viaje, Fischhoff contactó con esos mismos expertos, les pidió que le repitieran sus pronósticos sin consultar sus notas y comprobó que todos aseguraban haber asignado más probabilidades a los sucesos que acabaron teniendo lugar. “Esta capacidad para explicar lo que no fuimos capaces de vaticinar […] representa un sutil pero importante fallo en nuestro razonamiento”, escribiría Amos Tversky.

Para este psicólogo, nos defendemos de la falta de sentido del mundo inventando relatos que ordenan el caos y le ponen un arriba y un abajo. Pueden ser religiones, mitos, ideologías o teorías científicas. El problema es que, una vez instaladas en nuestra cabeza, esas fabulaciones nos esclavizan y nos obligan a minimizar o negar los hechos que las desmienten. “La gente se esfuerza mucho para obtener información que ya tiene o para evitar conocimientos nuevos”, decía Tversky.

Tras el inesperado ataque del Yom Kippur, el Gobierno israelí concluyó que se había dejado cegar por uno de esos relatos (el de que su superioridad aérea lo hacía invulnerable) y encargó a Daniel Kahneman que eliminara de sus informes de inteligencia cualquier sesgo. El futuro Nobel dio instrucciones de que no volvieran a redactarse como ensayos literarios, susceptibles de múltiples interpretaciones. En su lugar, debían plantear las opciones estadísticamente, pero cuando se iniciaron las conversaciones de paz con Siria y el ministro de Exteriores leyó que su fracaso elevaba el riesgo de guerra un 10%, se volvió hacia sus colaboradores y preguntó con extrañeza: “¿El 10% solamente? Es una diferencia pequeña”.

En ese momento, Kahneman se dio cuenta de que ningún político tomaría nunca una decisión basándose en un número. Necesitan historias que emocionen. Los datos no los entiende nadie y, además, siempre se pueden cambiar.

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