Casi todos los matrimonios son un error

Somos muy racionales eligiendo bebidas calientes, pero caóticos decidiendo quién nos gusta y quién no.

La felicidad no depende de las grandes decisiones. Esas, seguro que las estamos tomando mal. “Es difícil saber cómo escoge la gente su camino en la vida”, confiesa el psicólogo israelí Amos Tversky en Deshaciendo errores. “Las elecciones importantes las adoptamos prácticamente al azar”. La profesión a la que nos consagramos “puede depender del profesor que nos tocó en el instituto. Y la persona con la que acabamos casados igual solo se encontraba a mano en el momento oportuno”.

Por el contrario, para las cosas menudas somos muy precisos. Por ejemplo, qué ropa vestimos, qué programa de radio escuchamos, qué equipo de fútbol seguimos. Los economistas evalúan la racionalidad de los individuos midiendo su transitividad: si alguien prefiere el café al té y el té al chocolate, debería preferir el café al chocolate. Y los resultados de sus experimentos confirman que, a la hora de desayunar, somos todos muy transitivos.

Pero cuando el matemático Kenneth May quiso comprobar cómo de lógicas eran sus alumnas seleccionando pareja, una cuarta parte se hizo un lío. Preferían casarse con Jim antes que con Bill y con Bill antes que con Harry, pero también con Harry antes que con Jim. La evaluación de algo poco sofisticado, como una bebida caliente, no plantea problemas, pero no se nos da bien gestionar situaciones complejas, en las que se barajan varias dimensiones, aunque no sean demasiadas. (Las estudiantes de May únicamente debían escoger a su hipotético consorte a la luz de tres facetas: inteligencia, belleza y riqueza).

“Eso explica que haya tanto divorcio”, dirán. Pero si la suerte de un matrimonio depende del acierto en la elección de pareja, estamos fastidiados, porque la probabilidad de que demos con nuestra media naranja en un planeta de 7.000 millones de habitantes es modesta. En What if? el físico de la NASA Randall Munroe la calcula en una entre 10.000, y después de realizar varias asunciones discutibles, como que esté viva (igual murió hace siglos o aún no ha nacido) y tenga la edad, el género y la orientación sexual convenientes.

Mi mujer me envió hace un mes un artículo de Time en el que la ensayista Ada Calhoun reproducía pasajes de una carta de J. R. R. Tolkien a su hijo. “Casi todos los matrimonios”, razonaba el autor de El Señor de los Anillos, “incluso los felices, son un error en el sentido de que […] cada cónyuge podría haber encontrado un compañero más adecuado”.

Pero, en primer lugar, ¿lo habría reconocido? “Solo alguien muy sabio estaría en disposición, al final de su vida, de emitir un juicio sólido sobre con quién, de todas las posibles opciones, podría haberse casado con mayor aprovechamiento”. Y en segundo lugar, ¿qué más da? “Las medias naranjas no nacen, se hacen”, dice Calhoun. Es un proceso de acomodo lento y paciente, cuyo éxito depende enteramente de esas cosas menudas que forjan la convivencia y para las que, por fortuna, los humanos podemos ser muy precisos.

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Una respuesta a “Casi todos los matrimonios son un error

  1. Munroe era roboticista. Ahora dibuja cómics profesionalmente 😛

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