La idea como artículo de lujo

“Lo que me atraía de la izquierda”, me dijo una tarde Antonio Escohotado, “era acabar con Franco, la ñoñería, los curas, los militares… Y se follaba más”.

En mis días ya lejanos de universitario, allá por los 70, me llamaba la atención la gran cantidad de amigos que habían abrazado la abstrusa fe marxista. Alguno incluso se embarcó en la lectura de El Capital, lo que me resultaba doblemente incomprensible. ¿No debería ser al revés? ¿No debería uno suspender el juicio y la militancia hasta tener debidamente sopesados los pros y los contras?

Intoxicado por mi formación positivista, aún creía ingenuamente que usamos las ideas para tomar decisiones, cuando a menudo tomamos decisiones para usar las ideas y alardear de ellas. Hacerte comunista en la España predemocrática te dotaba de un aura heroica. “Lo que me atraía de la izquierda”, me confesó una tarde Antonio Escohotado, “era acabar con Franco, la ñoñería, los curas, los militares… Y se follaba más”.

Ortega ya advirtió que no todos nuestros pensamientos son fruto de la actividad intelectual. Algunos nos vienen impuestos por las circunstancias. No son ideas que en rigor elijamos, sino creencias que más bien nos eligen a nosotros. “Las ideas se tienen”, puntualizaba Ortega, “y en las creencias se vive”.

Nos instalamos dentro de una teoría como si fuera un apartamento, y por motivos igualmente heterogéneos. En parte, porque su construcción nos parece más sólida, pero también porque está de moda entre las personas con las que queremos que nos asocien. Los oligarcas rusos y los magnates chinos siguen comprando aviones, yates y equipos de fútbol, pero en Estados Unidos el 1% más rico “gasta cada vez menos en bienes materiales”, escribe Elizabeth Currid-Halkett. A medida que las clases medias han emulado sus hábitos de consumo, estos han ido perdiendo su carácter posicional, así que las élites han empezado a invertir en intangibles para marcar distancias. Envían a sus hijos a escuelas y universidades caras, comen huevos de gallinas criadas en libertad y leen The Economist.

Son detalles modestos, que no deslumbran como un brillante de dos quilates o un abrigo de vicuña, pero su señal llega alta y clara al público al que se dirigen. “Una suscripción a The Economist apenas cuesta 100 dólares”, dice Currid-Halkett, “pero ver un ejemplar asomando de la bolsa de viaje es un indicio de que el propietario frecuenta ambientes exclusivos o se ha educado en una institución cara”.

Luego igual resulta que el tipo ni abre la revista, pero tampoco creo que les descubra nada si les digo que la mayoría de los compañeros que se paseaban con Los conceptos elementales del materialismo histórico de Marta Harnecker debajo del brazo jamás pasaron del prólogo.

Como Escohotado, iban a otra cosa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s