¿Qué fue del primero de la clase? Nada

Nuestro modelo de enseñanza está diseñado para generar conformidad y eso no es necesariamente malo

La paradoja de que no son los más listos de la clase los que acaban iluminando el cielo con su fama ya nos la adelantó en el Liceo Francés el entrañable monsieur Génilloud. El hombre tenía cierta propensión a divagar y una tarde nos confesó su extrañeza ante la notoriedad alcanzada por Ramón Tamames. “Se sentaba ahí”, dijo señalando con un vago gesto al fondo del aula, donde solían emboscarse los rebeldes. “No era tonto, pero tampoco brillante y, sin embargo, fíjate ahora”. Tamames se había convertido en un economista relevante y parecía lanzado hacia la secretaría general del PCE, el partido más prestigioso e influyente del tardofranquismo.

Entre los muchachos con los que Genilloud compartía aquella tarde su reflexión figuraba Antonio Vega. También él se sentaba en las últimas filas y de su expediente nadie hubiera deducido que acabaría siendo la estrella de la clase.

Muchos años después, el psicólogo Daniel Goleman expondría en Inteligencia Emocional que las calificaciones académicas no son un buen predictor de éxito, porque ignoran a talentos como Antonio Vega. Pero sería injusto concluir que ser el primero de la clase es una maldición.

En Estados Unidos, se encomienda al alumno más destacado de cada promoción el discurso de fin de curso: es el valedictorian (del latín vale dicere, decir adiós). Karen Arnold, una investigadora de la Universidad de Boston, ha realizado un seguimiento de 81 de ellos y confirma las tesis de Goleman. “No suelen ser visionarios”, dice. “Se integran en el sistema, no lo sacuden”.

Nuestro modelo de enseñanza está diseñado para generar conformidad. También premia al generalista y castiga al especialista. Si quieres buenas notas, debes repartir la atención entre varias materias: matemáticas, historia, lengua, física… Consagrarte a una pasión, algo esencial en cualquier artista, conduce al fracaso escolar.

Es un tipo de formación que elimina los excesos, para bien o para mal, y quienes mejor se adaptan “es improbable que sufran un accidente de tráfico”, dice Eric Barker en Time, “pero no van a batir ningún récord de velocidad”.

¿Es esto malo? También en la vida debemos repartir la atención entre varias materias: la familia, el trabajo, los amigos. En ocasiones, caemos en la tentación de trasvasar recursos de un ámbito a otro, pero es un error. El propósito de una existencia plena no es maximizar la carrera a costa de los hijos o las aficiones, sino armonizarlo todo. Stewart Friedman lo compara con dirigir un cuarteto. No hay que “silenciar la trompeta para que se pueda escuchar el saxofón”. Hay que integrar todo, “explotar las sinergias”, porque lejos de ser incompatibles, estas facetas se refuerzan mutuamente. Si estás a gusto en casa, rindes mejor en la oficina y refuerzas tu autoestima. Si discutes con tu cónyuge, tu concentración y tu productividad se resienten.

La felicidad no es un juego de suma cero. Por el contrario, el éxito, tal y como se concibe en Occidente, lo es demasiado a menudo. Y está bien que no nos eduquen para perseguirlo a cualquier precio.

Anuncios

6 Respuestas a “¿Qué fue del primero de la clase? Nada

  1. Terry Pratchett siempre dijo que el era la cabra en el rebaño de ovejas de su clase 😀
    (No, no sé enfrentarme a nada sin recurrir a mi enciclopédico conocimiento de él)

  2. Jajajajá. Ser diferente es siempre duro, pero a veces (solo a veces) compensa.

  3. Muy interesante. Me queda la duda de qué notas le ponía el monsieur Génilloud al autor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s