¿Dónde está el truco de la demagogia?

Una sorprendente proporción de nuestra percepción es fundamentalmente ilusoria.

La idea de que funcionamos de forma inductiva, acumulando pacientemente datos para organizarlos luego en teorías, es un espejismo. No hay tiempo. “El mundo es demasiado grande y complejo para que seamos capaces de verlo todo”, dicen Stephen Macknik y Susana Martínez-Conde en Los engaños de la mente. Cuando admiramos una alfombra persa, nuestras retinas no procesan cada hilo, cada nudo. “No tenemos suficientes células […]. Vemos una pequeña porción […] y rellenamos el resto”.

El cerebro no reproduce la realidad, la reconstruye. Una sorprendente proporción de nuestra percepción es fundamentalmente ilusoria. Somos máquinas de predecir. Nos pasamos el día haciendo suposiciones, colmando huecos, uniendo la línea de puntos para completar el dibujo. Por eso es tan fácil engañarnos. “¿Se ha preguntado cómo es posible que el mago corte en dos a una mujer?”, escriben Macknik y Martínez-Conde. La ilusión es posible gracias a nuestro deseo “de lograr continuidad”. Al ver la cabeza asomar por un extremo y los pies por el otro, deducimos que en la caja hay una persona tumbada y entera, cuando son dos.

No miramos el mundo solo con los ojos, sino con hipótesis. Sin un esquema que organice el batiburrillo sensorial que nos rodea no sabríamos ni por dónde empezar. La hipótesis le indica al cerebro dónde debe centrarse.

Por desgracia, una vez establecido ese foco, los objetos circundantes pierden relieve, se difuminan. Las nuevas generaciones pretenden que pueden ver la televisión, tuitear y jugar en línea simultáneamente, sin pérdida de aprovechamiento, pero a nuestra especie se le da fatal el multitasking. En este vídeo se aprecia cómo el ilusionista Apollo Robbins desvalija a unos invitados de El hormiguero mediante unas sencillas maniobras de distracción.

“El toque que da en el hombro del voluntario obliga a este a centrarse en ese punto concreto”, explican Macknik y Martínez-Conde, “suprimiendo las sensaciones más sutiles producidas por el robo de su reloj”.

Se trata de una reacción perfectamente natural. Nuestro organismo está diseñado para optimizar los recursos y concentrar los sentidos donde entiende que está el peligro. Lo sabe bien la descuidera que nos da un empujón en el Circular mientras nos saca la cartera. Y lo sabe también el demagogo que ilumina violentamente una parcela de la realidad (la inmigración, la desigualdad) y oscurece el resto. Sin ese juego de luces y sombras, el truco no funcionaría.

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