El censurable apego a lo inmaterial

Una idea no debería ser muy distinta de un electrodoméstico: si no funciona, se devuelve.

En Estados Unidos han descubierto que la masa puede ser negativa y algunos físicos están muy contrariados. Por lo visto, no se lo esperaban. “De la masa, no”. No se recordaba un escándalo semejante desde que la velocidad de la luz salió del armario y confesó que era una constante.

Yo hace tiempo que adopté la cautela de no creer mucho en nada, y no digamos en la segunda ley de Newton. Pero los científicos son de temperamento más confiado y no solo se encariñan con sus criaturas, sino que están convencidos de que son listísimas y de que todo el mundo debería reírles las gracias. No se dan cuenta de que los demás tenemos nuestras propias ideas y, aunque a lo mejor no son tan perfectas ni tan relamidas, las queremos como si lo fueran.

No está claro cómo los individuos llegan a creer en lo que creen. Algunos forman su criterio cuidadosamente, asegurándose a cada paso de la firmeza de los hechos en los que apoyan el pie. Otros picotean aquí y allá, sin ningún método, y dependen mucho de lo que oyen a los demás. Suena poco serio, pero la vida es breve, está llena de tentaciones apetecibles y no es ninguna tontería dejar que otros se enteren de los asuntos aburridos mientras tú ves Juego de Tronos. Luego te fijas en lo que dicen y lo repites con autoridad.

Sea como fuere, una vez adoptamos una tesis, nos cuesta un horror retractarnos. En principio, no debería ser distinto de adquirir un electrodoméstico: si no funciona, se devuelve. Cuando la caldera no calienta, usted no le dice a su mujer: “Qué más da, ¡es tan mona!” Pero nuestras opiniones son como mascotas. ¿Qué desalmado se deshace de un cachorrito porque no le trae de vuelta la pelota cuando se la lanza?

Del mismo modo, tampoco importa que nuestras ideas no sirvan para lo que se supone que tienen que servir. Al contrario. Cuanto más indefensas, más las queremos. Lejos de rendirnos a la contundencia del razonamiento ajeno, lo odiamos por humillar a nuestra pobre teoría. ¿Qué sabrán, además, esos expertos? En el fondo, también ellos son rehenes de sus prejuicios ideológicos, cuando no están al servicio de alguna oscura conspiración. Como denunció Michael Gove para desacreditar a los economistas que estaban abrumadoramente en contra del brexit: “El Gobierno [nazi] sobornó a un centenar de científicos para que dijeran que Einstein estaba equivocado”.

La izquierda satiriza a menudo el apego de la derecha por los bienes materiales (el BMW, el chalet, el yate), pero luego agarra una idea y no la suelta, por trasnochada que esté. Deberíamos aprender todos de los monjes tibetanos. Rafael Santandreu cuenta que invierten semanas en crear delicados mandalas a base de ir juntando pacientemente millones de granitos de arena. Luego, los exponen unas horas y, por último, ejecutan la parte esencial de la ceremonia: “arrojar al viento toda la composición”.

Por desgracia, semejante desprendimiento resulta incomprensible incluso para los occidentales de mente más abierta, como esos físicos de Estados Unidos que no han podido reprimir una punzada de dolor al comprobar cómo la masa traiciona a Newton.

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Una respuesta a “El censurable apego a lo inmaterial

  1. Me ha encantado, con falsas y a lo loco!!!

    Amaya Bravo de Urquia 00-34-607-716-810 amayabravo@serina.es

    Perdón por la brevedad, enviado desde mi móvil

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