La mala fe

Los populismos ofrecen un programa innegociable como remedio de nuestros males. No reparan en que esa fe inquebrantable lleva siglos arruinándonos la vida.

De repente, una pareja que se adoraba entra en una espiral autodestructiva de reproches y pequeñas mezquindades. Nadie lo hubiera dicho hace solo unos meses. “¿Fulanito y Menganita?”, comentan con incredulidad sus conocidos. “Pero si en la fiesta de fin de año se marcaron un tango que dejó a la concurrencia sin respiración. A ver si aprendes, recuerdo que le dije yo a mi marido, jajajajá”.

Los consultores que analizan los matrimonios rotos con la minuciosidad con que un forense realiza una autopsia no dan siempre con una causa clara de la descomposición, como una infidelidad. Sucede más bien al contrario: la infidelidad es la consecuencia de una descomposición previa, que se desencadena tras una trivialidad, un día cualquiera. Por la mañana todo iba a la perfección. Ella incluso se las arregló para abrir un hueco en su imposible agenda y llamarle, comentar dos tonterías, echar unas risas, disfrutar de esa complicidad especial y mágica. Pero por la noche, cuando llega a casa, se encuentra a su pichoncito tirado delante del televisor, chupando un botellín de cerveza. “Estaba agotado”, le dice. “No he podido ni vaciar el lavavajillas. No te importa, ¿verdad?”

Pero claro que le importa. No puede evitarlo. Se siente traicionada en su buena fe. También ella ha tenido una jornada terrible y piensa en todas las ocasiones en que él ha trabajado hasta tarde y ella lo tenía todo listo: los platos recogidos, la colada tendida, la cena en la mesa. Es una afrenta minúscula, que intenta verbalizar tímidamente, pero que él ataja con una réplica contundente (“¡No puedo creerme que sea tan grave no vaciar un lavavajillas!”) que la hace quedar como una histérica.

Así que se calienta unas sobras en el microondas, se las come en silencio y, la siguiente vez que él llega a deshoras, ni tiene paseado al perro ni ha preparado la cena. Técnicamente, ahora están empatados, pero él no lleva ningún marcador mental y siente únicamente la punzada de la traición.

Parece una tontería. Es un bultito insignificante en la relación, apenas una molestia, pero si no se pilla a tiempo, devora como un cangrejo las entrañas de la pareja. Contamina primero los asuntos domésticos y afecta en seguida a los órganos vitales: el respeto mutuo, el afecto y, por supuesto, esa complicidad especial y mágica.

Cultivar una convivencia razonable no exige heroicidades ni gestos épicos. Basta con un mínimo de decencia. Todos los grandes logros de la humanidad, desde la familia hasta la democracia pasando por la ciencia, se sustentan sobre un mínimo compromiso a obrar de buena fe, a considerar honestamente que la otra parte puede tener razón y nosotros estar equivocados.

La fe sin fisuras, la que nunca cede, es la mala fe. Cuando la sorprenden en un renuncio, no se excusa humildemente, sino que reclama altaneramente su derecho a la indulgencia: “¡Tampoco es para ponerse así!” La mala fe está tan segura del acierto de sus tesis que no vacila en mentir para ganar unas elecciones, ni en retorcer los hechos hasta que confiesan lo que ella quiere.

Muchos populistas se presentan ahora con un programa innegociable como solución para nuestros problemas. No reparan en que esa confianza inquebrantable lleva siglos arruinando nuestros asuntos públicos y privados.

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