El antropoide que nos habita

“Cuando clamo contra los vicios”, decía Séneca, “lo hago en primer lugar contra los míos. Cuando pueda, viviré como es debido”.

No es infrecuente que la misma persona que en una reunión de amigos arremete contra la precariedad del empleo y la falta de oportunidades para los jóvenes en general y sus hijos en particular, le niegue al día siguiente una modesta subida de sueldo a su secretaria. Es incluso posible que acuda a esas concentraciones podemitas en las que se reclaman derechos para todos, y no hay que descartar que en ellas coincida con la madre de su secretaria y ambas coreen codo con codo: “Sí se puede, sí se puede”.

Los teóricos del populismo moderno atribuyen esta contradicción aparente a que nos encontramos “ubicados en un terreno claramente posmarxista”. En su inagotable perfidia, el capitalismo ha logrado “deconstruir la noción misma de clase social” y ya no sabe uno si está en las filas del proletariado o en las de la burguesía. Probablemente estemos en todas a la vez: de lunes a viernes le hacemos la puñeta a la secretaria y los fines de semana nos solidarizamos con su madre.

Esta explicación ignora, sin embargo, que la inconsistencia es muy anterior al capitalismo. Cristo ya hablaba de la paja en el ojo ajeno y a Séneca le reprochaban que predicara una cosa e hiciera otra. “Cuando clamo contra los vicios”, respondía por cierto sin amilanarse, “lo hago en primer lugar contra los míos. Cuando pueda, viviré como es debido”.

Percibimos nuestra actividad intelectual como un proceso unitario y homogéneo, y por eso aceptamos durante siglos la jerarquía que Descartes estableció entre mente y cuerpo: la primera gobierna a la segunda como el piloto a la nave. Pero hoy sabemos que el pensamiento es una tarea coral, el fruto de la agregación de diferentes sistemas: las cortezas prefrontales, el tallo cerebral, el hipotálamo… No hay un puente de mando donde se procese la información y se adopten decisiones tras una cuidadosa evaluación de pros y contras. Se trata más bien de una tumultuosa junta de vecinos, en la que las emociones y los sentimientos pugnan con la razón por encaminarnos en una u otra dirección.

Suena desalentador, pero ¿cuánto habría durado la especie si, tras ver agitarse un arbusto, nuestros ancestros hubieran dicho: “Descartemos científicamente que no se trata de un tigre de dientes de sable”, en lugar de salir corriendo?

“Un antropoide vive y se despereza cada mañana en mi genitalidad”, escribe en Mortal y rosa Francisco Umbral. “El antropoide, al despertar, se las promete muy felices, supone, sin duda, que le espera una jornada de selva y fornicaciones. Hay que ir persuadiéndole gradualmente, a fuerza de espuma y alejandrinos, de que las cosas van a ser de otra forma, porque lo que le espera, realmente, es una jornada de teléfonos, pantalones, tés ni fríos ni calientes, taxímetros y conversaciones crepusculares”.

La historia de la civilización es la crónica de la domesticación de ese antropoide, sin cuya ayuda jamás habríamos conseguido cruzar el Pleistoceno. Le hemos enseñado a leer los periódicos e ir de visita, lo hemos sepultado bajo una capa de convenciones y preceptos, pero en el fondo sigue ahí, acechando el menor descuido del neocórtex para arrastrarnos de nuevo a la selva con su forma cruda y hedonista de considerar las cosas: “Qué narices voy a subirle yo el sueldo a la secretaria, con lo bien que me viene a mí ese dinero”.

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