La felicidad del corredor de fondo

Buscar únicamente la diversión no es el mejor modo de vivir, dice Dan Ariely.

Mientras trota de buena mañana por la ribera del Arlanzón, el corredor de fondo piensa en las cañas que se tomará ese mediodía con sus amigos. Pocas cosas expresan mejor la alegría de vivir que una terraza española en una mañana de domingo. La gente se siente todavía a resguardo del lunes y habla y ríe despreocupadamente. A veces en la conversación aflora algún atisbo de inquietud: los negocios no terminan de despegar, al hijo le ha dejado la novia, hay que pasar una pequeña revisión médica… Pero saben que todo tiene remedio mientras conserven la capacidad de disfrutar de esas delicias inocentes: la charla amable, el sol tibio, el regusto amargo de la cerveza.

A la salida del puente de San Pablo, el corredor de fondo debe describir un breve quiebro para esquivar a unos adolescentes que se recogen tras el botellón del sábado. La excitación aún los domina y van distraídos, comentando con grandes voces los últimos incidentes de la noche. Dentro de 20 años quizás sean ellos los que troten por la orilla del Arlanzón sorteando adolescentes, pero hoy no entienden que nadie renuncie a la auténtica diversión. ¿Por qué no puede consistir la vida en una interminable carcajada?

Existe una limitación física: no hay juerga que 100 años dure ni cuerpo que la aguante. Pero la restricción es también psicológica. “La felicidad puede ser de dos tipos”, escribe el economista conductual Dan Ariely. “La primera es la más simple, la que reporta el gozo inmediato de practicar un deporte, disfrutar de una comida, etcétera. Cuando uno piensa en esas actividades, no tiene la menor duda y se dice a sí mismo: he pasado una buena velada y soy feliz”.

Pero hay también otra clase más sofisticada de dicha: la sensación de plenitud que nos embarga cuando alcanzamos un objetivo anhelado, como “culminar una maratón, lanzar una empresa o protestar por una causa justa”. Lo paradójico es que estas tareas van en ocasiones acompañadas de estrés, tensión, incluso sufrimiento. El corredor de fondo se somete en ocasiones a intensos esfuerzos que lo llevan al límite de la resistencia, pero “aunque algunos momentos aislados sean dolorosos, la experiencia completa [de la carrera] proporciona una satisfacción más duradera” que el botellón.

Viktor Frankl decía que el hombre está siempre orientado hacia algo que no es él mismo, ya sea un propósito que ha de cumplir, ya sea otra persona con la que se cruza. Esa búsqueda de sentido es un instinto tan poderoso como el hedonismo rudimentario que mueve a los adolescentes. “Perseguir únicamente el primer tipo de felicidad no es el mejor modo de vivir”, dice Ariely. El placer esporádico de una cerveza con los amigos es esencial, pero también lo es experimentar los desafíos del corredor de fondo, “aunque a menudo no resulte divertido”.

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