Miénteme, dime algo bonito

El problema no es la propensión de los políticos a engañar, sino la disposición del público a ser engañado.

Cuando el Gobierno francés reorganizó en julio de 2000 el Museo Dupuytren (un inventario de monstruosidades médicas, como siameses sumergidos en formol, huesos desfigurados por la tisis o el cerebro de un paciente afásico de Broca), descubrió con consternación que les faltaba el cráneo de Mata Hari. Alguien lo había sustraído en 1954, aprovechando una mudanza. A un lector de nuestros días quizás le parezca un acto de fetichismo enfermizo, pero a mediados del siglo XX la danzarina javanesa aún encarnaba el encanto perdido de la Belle Époque. ¿Quién no querría adornar su vitrina con la cabeza que enloquecía de deseo a generales y diplomáticos para que le entregaran sus valiosos secretos?

En realidad, Mata Hari no era javanesa, sino holandesa. Se llamaba Margaretha Zelle y, si le echan un vistazo a las imágenes que ilustran su entrada en la Wikipedia, descubrirán una mujer de rasgos algo hombrunos para el gusto actual. A juzgar por las reseñas contemporáneas, tampoco era una artista consumada, aunque sus movimientos de “felino” y la falta de ropa ponían lógicamente a cien a una audiencia masculina que empezaba a sacudirse el puritanismo victoriano. Como diría Joaquín Sabina, “cantaba regular, pero movía / el culo con un swing que derretía / el hielo de las copas”.

Lo que nunca hizo Zelle fue arrancar secretos valiosos. Le habría encantado, pero cuando estalló la Primera Guerra Mundial su atractivo se había deteriorado como consecuencia de la edad y el sobrepeso. La pérdida de cuota en el mercado de cortesanas le incitó a diversificar hacia el espionaje. Concibió el plan disparatado de seducir al hijo mayor del káiser, el príncipe Guillermo, para el que había actuado en tiempos de paz, y en 1916 ofreció sus servicios a la inteligencia francesa. A cambio cobraría un millón de francos, una suma fabulosa con la que podría retirarse con un joven piloto ruso del que estaba perdidamente enamorada.

La operación fue un absoluto desastre. Arnold Kalle, el agregado militar alemán en Madrid, la caló en cuanto le pidió que le arreglara una cita con el príncipe Guillermo y redactó un cable en el que informaba de los enormes servicios que la agente H-21 estaba prestando a Berlín. El mensaje iba cifrado en un código que Kalle sabía que París había roto y abundaba en detalles que no dejaban la menor duda sobre quién era H-21. Semanas después, Zelle era detenida en un hotel de los Campos Elíseos.

Durante el juicio no se aportaron pruebas concluyentes de su actividad criminal porque no las había. “Jamás facilitó información que no pudiera leerse en la prensa”, escribe la historiadora Julie Wheelwright. Lamentablemente, en la primavera de 1917 Francia atravesaba una situación dramática. La ofensiva de Nivelle había terminado en una carnicería a orillas del río Aisne y los soldados que no desertaban se negaban a cumplir las órdenes. Aquel desastre exigía culpables a gritos. ¿Cómo no aprovecharse de aquella incauta bailarina? Mata Hari no fue un producto de Hollywood, sino del Palacio de Justicia de París. Allí se fraguó la leyenda de la mujer fatal que, para mantener su vida licenciosa, no duda en vender secretos que condenan a una muerte segura a miles de combatientes. “Carente de escrúpulos, habituada a aprovecharse de los hombres, […] había nacido para ser espía”, proclamó el fiscal.

Un pelotón la fusiló en octubre de ese mismo año.

Teorías. Los franceses son unos genios del marketing. No sin trabajo, han logrado que la torre Eiffel sea uno de los monumentos más visitados del mundo y nos han convencido de que el existencialismo fue un invento de Sartre. Pero en el caso de Mata Hari, el fiscal no tuvo que esforzarse demasiado. El público se tragó dócilmente sus cuentos porque era seguramente lo que en ese momento necesitaba.

Las crisis son tierra fértil para las teorías de la conspiración. A algunos analistas les extraña que tantos ciudadanos compren hoy la mercancía averiada que despachan ciertos medios. Denuncian que hemos entrado en la era de la posverdad, pero nunca llegamos a irnos. Lo que sucede es que la gente puede pasarse sin explicaciones mientras todo va bien, pero las reclama en cuanto algo se tuerce y, si la verdad es compleja, prefiere una mentira sencilla.

El periodista Terrence Mccoy ha contado en el Washington Post las aventuras de Wade Paris y Ben Goldman. “Hace seis meses eran camareros en paro. Hoy gestionan una web de noticias […] y ganan tanto dinero que les incomoda hablar de ello”. He aquí una breve relación de titulares:

“Los terroristas ya se han infiltrado en el Gobierno de Estados Unidos. Descubra a quién quieren matar”. “Los secretos del nacimiento de Obama al descubierto. Las cartas de su padre revelan algo siniestro”. “Encuentran muerto a un funcionario que se disponía a testificar contra Hillary Clinton”.

“A veces”, explica Mccoy, “Wade se pregunta cómo sería un artículo suyo en el que de verdad creyera. […] Sería matizado y equilibrado, tendría párrafos largos y su redacción le llevaría más de 10 minutos. Obligaría a la gente a pensar… Pero nunca lo escribe porque nadie clicaría en él. ¿Qué sentido tendría?”

En la basura que ahora publica no solo entra gente, sino que deja comentarios elogiosos. “Eres el único del que me fío que cuenta la verdad”, asegura una lectora que, como los franceses de 1917, no quiere que la aburran con teorías largas y complicadas. Necesita buenos y malos, héroes y villanos, militares nobles y espías aviesas. Y nunca van a faltar un fiscal y dos camareros en paro dispuestos a dárselos.

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