Elogio del aburrimiento

Cuanto más te remontas en la historia de la humanidad, mayor es la emoción.

Crecí en un mundo en el que los límites de velocidad se consideraban una mera orientación que solo los panolis se tomaban en serio. En los cafés de la costa, mi padre y sus amigos alardeaban de lo poco que habían tardado en recorrer los 500 kilómetros que nos separaban de Madrid. El récord llegó a establecerse en cuatro horas y media, un registro extraordinario para aquellas sinuosas y estrechas carreteras franquistas, repletas de camiones, cambios de rasantes y travesías urbanas. Y su titular lo habría rebajado aún más al verano siguiente de no habérsele cruzado un rebaño a la salida de un pueblo de la Mancha. “No sé cuántas ovejas me llevé por delante”, contaba sin el menor atisbo de remordimiento.

Aquella cultura bárbara se traducía en unas cifras de siniestralidad pavorosas. En 1960, con un parque de coches 30 veces inferior al actual, fallecieron en España 1.300 personas en accidentes de tráfico, 140 más que el año pasado. Hemos realizado avances fabulosos. Solo desde 1995 “el riesgo de muerte en turismos se ha reducido [en Europa] más de un 70%”, calcula la Asociación Alemana para la Inspección de Vehículos de Motor. Este éxito se debe sobre todo a la mejora de las infraestructuras y la tecnología (cinturones, airbags, sistemas antibloqueo), pero también al cambio de mentalidad. Aunque la mayoría de los españoles admite exceder “a veces” los límites permitidos, ya no consideran un panoli al que los respeta (o al menos no se ríen de él a la cara).

Los viajes se han vuelto también más aburridos. Antes no tenías ni un minuto de respiro. Había que efectuar docenas de adelantamientos, apurar la frenada al entrar en las curvas y reducir a tercera para que el motor cogiera vueltas y saliera disparado, pisar a fondo en las rectas para recuperar los minutos perdidos detrás de algún dominguero… Ahora seleccionas una lista de canciones, programas la velocidad de crucero y procuras no dormirte. Las distracciones se han vuelto una de las principales causas de accidente.

A veces echo en falta aquella intensidad. Lo comenté un día durante una reunión y alguien me espetó: “¿Ah, sí? ¿Y por qué no coges la comarcal de Valdecarábanos para ir a tu pueblo, en lugar de la autovía de Toledo?” El respetable celebró la observación con estrepitosas carcajadas y la verdad es que no supe qué responder. Hay sujetos que trabajan sin descanso para señalarte los puntos débiles de tus argumentaciones y nunca se lo agradeceré lo bastante.

Me di cuenta de que, efectivamente, el subdesarrollo es más entretenido, aunque no por ello más deseable. Cuanto más retrocedes en la historia, mayor es la emoción. Mientras a nuestros antepasados cazadores-recolectores el día se les pasaba en un ay, en las futuristas Crónicas marcianas todo es fácil y sosegado. “Cada mañana”, escribe Ray Bradbury, “se podía ver a la señora K comiendo la fruta dorada que brotaba de las paredes de cristal, o limpiando la casa con puñados de un polvo magnético que recogía la suciedad y la dispersaba luego en el viento cálido. Por la tarde, […] el señor K leía en su cuarto un libro de metal con jeroglíficos en relieve, sobre los que pasaba suavemente la mano como quien toca el arpa”. Es una descripción llena de lirismo, pero transmite una sensación de profundo tedio.

Venimos del frenesí más enloquecido y nos dirigimos hacia el hastío absoluto. Así es como, de hecho, se reconoce el progreso. Algunos expertos creen que agregados como la renta per cápita no reflejan adecuadamente la marcha de una sociedad y abogan por introducir indicadores de felicidad, pero la satisfacción no dice nada del nivel de desarrollo, porque los humanos nos las arreglamos para ser dichosos en las condiciones más adversas. “He visto más sonrisas en los suburbios de Calcuta que en el paseo de la Castellana”, me confesaba el novelista Javier Moro.

El aburrimiento, por el contrario, no engaña. Es la marca de la civilización, el distintivo del triunfo, el sello inconfundible de la modernidad.

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2 Respuestas a “Elogio del aburrimiento

  1. Y sin embargo, el post se titula “Elogio del aburrimiento”, y percibo un sentimiento distinto al elogio en el autor. El futuro inminente, ese que ya está aquí, va a traer innegables avances, algunos de los cuales inciden en el aburrimiento y el atontamiento de la sociedad, pero por encima de todo creo que buena parte de ese progreso no va a traer mayor bienestar. Ni mucho menos, un incremento de la felicidad. Saludos.

  2. Somos unos animales complicados. Stuart Mill (creo) decía que cada uno es el mejor juez de su propia felicidad, y yo suscribo plenamente su afirmación, pero solo en el sentido de que nadie puede decidir por nosotros, no en el de que sepamos siempre lo que más nos conviene. Un saludo y gracias por tu comentario.

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