Nadie da las gracias

La civilización puede prescindir de la verdad, pero no de la buena educación.

Cuando conduzco por Madrid procuro ceder el paso a los peatones que se disponen a cruzar la calle. A algunos les sonrío e incluso les dirijo una pequeña venia, pero raramente me devuelven el saludo o manifiestan la menor muestra de agradecimiento. Al contrario. Muchos me miran con altanería mientras desfilan con deliberada lentitud por delante del coche.

Alguna vez lo he comentado con amigos y familiares e invariablemente me han contestado: “Por supuesto, ¿qué esperabas? Es tu obligación”. El Código de Tráfico y Seguridad Vial así lo prescribe, efectivamente, pero también puntualiza: “aunque [los viandantes] tienen preferencia, solo deben penetrar en la calzada cuando la distancia y la velocidad de los vehículos que se aproximen permita hacerlo”. Esta matizada redacción es un reconocimiento implícito de lo tenue que es la capa de derechos y convenciones que nos separa de la barbarie. Es como si el legislador advirtiera: “Tiene prioridad, pero no se fíe de esas bestias de acero”.

No le falta razón. El día menos pensado los automóviles podrían revolverse contra esos arrogantes y frágiles humanos. ¿Qué les impide hacerlo ya? ¿El temor al castigo? No lo creo. Si de repente decidieran ignorar los pasos de cebra, ¿quién iba a obligarles a respetarlos? ¿La policía? No hay agentes suficientes. El orden y la paz no se sustentan en el monopolio de la violencia legítima. Lo que mantiene en pie la civilización son los buenos modales.

La novelista Rachel Cusk recuerda en The New York Times Magazine cómo sus hijas reclamaban su mediación cuando se peleaban. “¡Dile que pare!”, le gritaba una de ellas. Cusk explica que buscaban “justicia, imparcialidad”, pero “la imparcialidad, como generalmente descubría, era difícil de alcanzar. Siempre existían dos versiones en sus relatos, y yo carecía de la habilidad para reducirlas a una”.

No es una incapacidad exclusiva de Cusk. En cualquier conflicto hay dos versiones, si no más, y la idea de que podemos dar con una respuesta que deje a todos satisfechos es una hipótesis de los ilustrados franceses que Robespierre descartó brutalmente. Yo llevo discutiendo de política con mi amigo Jesús desde que coincidimos en primero de carrera y a menudo tengo la sensación de que apenas nos hemos movido del sitio. Durante un tiempo abrigué la esperanza de que uno de los dos acabara cediendo, pero ahora sé que moriremos defendiendo nuestra posición como si fuera un blocao filipino.

Y no importa. El que yo sea incapaz de vislumbrar ciertos ángulos de la verdad que a él le resultan cegadoramente obvios (y viceversa) no ha sido un obstáculo en nuestra relación, porque nos queremos y nos esforzamos por guardar las formas. “Un conocido mío sostiene que vivimos el principio del fin del orden mundial”, escribe Cusk. “Dentro de dos décadas estaremos comiendo ratas y bulbos de tulipán, como ha hecho la humanidad cada vez que se ha producido un cataclismo social. Pienso en el papel que desempeñarán en esa sociedad de comedores de ratas los modales, y me parece que será importante”.

Occidente puede prescindir de la verdad, pero no de la buena educación. Piénselo la próxima ocasión que le cedan el paso en un cruce. Y sonría, por favor.

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