Mi suegra es un maestro zen

Los monjes tibetanos se someten a las peores incomodidades para educar su mente en el control de las pasiones, pero la exposición a una personalidad desagradable puede resultar igual de edificante.

La teoría de la inteligencia emocional sostiene que las personalidades difíciles no tienen cabida en una organización moderna, pero la práctica diaria revela que los escalafones están llenos de jefes tóxicos, que no dudan en usar a sus subordinados como escudos humanos cuando algo sale mal. Un director de arte al que educadamente señalé que me había limitado a seguir sus instrucciones me gritó: “¡Pues no me hagas caso cuando diga tonterías!” Pero la palma de la arbitrariedad se la llevó el dueño de un restaurante de Valladolid. Sus órdenes eran tan estrafalarias que un camarero adoptó la costumbre de anotarlas en una libretita para poder decirle cada vez que entraba en cólera: “Es lo que usted nos dijo que hiciéramos”. Parecía una gran estrategia, hasta que un día empezó a abroncarlo por la disposición de unas mesas. El camarero le tendió la libretita, el jefe leyó cuidadosamente la anotación y, acto seguido, arrancó la hoja, se la tragó y le preguntó: “¿Dónde dices que pone que yo he mandado hacer esto?”

La columnista Lucy Kellaway observa que “en Amazon hay 1.387 libros sobre cómo tratar con personas difíciles”, lo que da una idea de la magnitud del problema. La propia Kellaway se califica a sí misma de difícil y arroja alguna luz sobre los motivos por los que estos indeseables están tan bien adaptados a la jungla corporativa. Dice que a la gente como ella no le “piden muchos favores” y, dado que una de las reglas de oro para progresar en el escalafón es eludir las tareas engorrosas, un mal carácter constituye “una poderosa arma” que mantiene a raya a los pelmas y contribuye a mejorar la productividad. Inspirar terror también facilita que las cosas se hagan, algo que, según he podido comprobar, muchos consejos de administración aprecian, por disparatado que sea lo que se haga.

¿Cómo podemos defendernos el resto de los mortales? Uno de los 1.387 títulos que cita Kellaway es El estrangulamiento no es una alternativa, lo que reduce a dos las posibles opciones: marcharse o aguantarse. La primera parece la más aconsejable y, de hecho, Margie Warrel escribe  en Forbes que “la gente no deja una compañía, deja a un jefe”. El camarero acabó efectivamente huyendo del restaurante de Valladolid, igual que yo me alejé de aquel director de arte en cuanto pude. Pero no siempre existe esa posibilidad y, además, ¿qué garantías existen de que no se tropezará con alguien todavía peor?

Warrell aconseja recurrir a una especie de filosofía oriental: el subordinado sabio no combate a su superior, lo apoya. “Aunque puede parecer contraintuitivo ayudar a que un mal jefe triunfe, no se gana absolutamente nada […] facilitando su fracaso. Si es tan malo como usted piensa, ya se las arreglará él solo para buscarse la ruina. Ponerlo en evidencia únicamente hará su existencia más miserable”.

Remar a favor de la corriente no es una recomendación absurda. Muy pocos directivos te importunan cuando te dedicas a hacerles el trabajo. Si encima dejas que se apunten el mérito, acaban apreciándote sinceramente. ¿Y qué ganas con ello? Fortaleza espiritual (ya les digo que es todo muy oriental). El psicólogo Rafael Santandreu explica en Las gafas de la felicidad que lo único que necesitamos para ser felices es nuestra capacidad de disfrutar. Sin ella, ya puede uno tener riqueza, belleza y fama, que seguirá siendo un desgraciado. Por el contrario, quien cultiva el talento de apreciar la amistad, el trabajo y la naturaleza puede llevar una vida plena sin apenas posesiones.

Esto no se consigue de un día para otro. Los monjes tibetanos se someten a las mayores incomodidades para adiestrar sus mentes en el control de las emociones y el desapego de los bienes terrenales, pero la exposición continuada a una personalidad despótica y caprichosa puede resultar igual de edificante. “Yo creo que tu suegra es, en realidad, un maestro zen disfrazado”, explica Santandreu a sus pacientes. “Te la manda el universo para que aprendas una valiosa lección: que necesitas muy poco para estar bien”.

Hágase a la idea de que el insoportable de su jefe es también el regalo de una inteligencia superior.

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