Unamuno y Ceaucescu

¡Que inventen ellos!’ es una divertida boutade, siempre que los políticos no se la crean.

Frente a quienes propugnaban la europeización de España, Miguel de Unamuno planteaba en 1906: “¿Por qué no ser africano como lo fue san Agustín?” El filósofo salmantino creía que los avances tecnológicos que llegaban del otro lado de los Pirineos nos embrutecían. “La ciencia”, decía, “quita sabiduría a los hombres”. Y añadía: “El objeto de la ciencia es la vida y el objeto de la sabiduría es la muerte”.

“Yo me voy sintiendo profundamente antieuropeo”, le escribió en mayo de ese mismo año a José Ortega y Gasset. “¿Que ellos inventan cosas? Invéntenlas”.

Y unos meses después, en el artículo “El pórtico del templo”, volvía a la carga. “Inventen, pues, ellos”, ponía en boca de uno de sus personajes, “y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones. Pues confío y espero en que estarás convencido, como yo lo estoy, de que la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó”.

La lógica es intachable. “Una vez desarrollada, una idea puede ser imitada por cualquiera”, coincide la economista Rachel Griffith. El plan de Unamuno era dejar que los europeos se ocuparan de los aspectos prácticos de la vida (la bombilla, el tranvía), mientras nosotros nos consagrábamos a la mística. Al final, nos bastaría con copiarlos para acabar tan ricos como ellos, pero mucho más sabios.

Unamuno ignoraba, sin embargo, que imitar no sale gratis. Consume dinero y tiempo. Bastante dinero y bastante tiempo. Aunque depende del sector, algunos estudios calculan que elaborar una copia requiere el 65% de lo que cuesta un prototipo y el 70% del tiempo. Si el 35% restante fuera a engordar los márgenes, no sería tan mal negocio, pero hay que vender con un descuento, porque nadie paga lo mismo por el original que por una imitación. Y eso en el supuesto de que logre venderla, lo que no siempre pasa, como pudo comprobar Nicolae Ceaucescu.

El dictador rumano aplicó la estrategia unamuniana para impulsar una industria nacional del automóvil. Nombró zar del sector al general Ion Mihai Pacepa y lo envió a Occidente para que comprara la licencia más barata que encontrara, y que “robara lo demás que hiciera falta para producir un coche”. Al final, optó por el Renault 11, un modelo que iba a dejar de hacerse en Francia, porque fue lo más apañado que le ofrecieron. Tras bautizar el proyecto con el nombre de Dacia, que era cómo los romanos llamaban a la región que ahora ocupa Rumanía, Ceaucescu empezó a fabricar vehículos, pero le parecían demasiado caros y fue despojándolos de los elementos que consideraba superfluos: la radio, la calefacción, los retrovisores… Al final, lo que salió de la línea de montaje resultó inexportable.

Tras este intento fallido, el dictador envió de vuelta a Occidente a Pacepa con el propósito de adquirir otra licencia y diseñar un prototipo atractivo para los foráneos. Lo llamó Oltcit, acrónimo de Oltenia (la provincia natal de Ceaucescu) y Citroën (socio al 49% del proyecto). La idea era montar entre 90.000 y 150.000 unidades anuales, pero había que coordinar 166 plantas y esto, que ya habría sido una proeza incluso para una multinacional experimentada, resultó inabordable para la burocracia rumana. Apenas se alcanzó el 1,5% de los objetivos planteados.

Imitar procesos industriales es más costoso de lo que se piensa y, cuando uno se pone a hacerlo en serio, puede acabar descubriendo como Ceaucescu que no compensa.

Que inventen ellos es una boutade divertida, pero desastrosa como filosofía de desarrollo.

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