Elogio de la incoherencia

Muchos de nosotros hemos necesitado largos años de educación para recuperar la ignorancia primitiva.

Conocí una vez a dos hermanos que tocaban el piano. El mayor era disciplinado y trabajador, y llegaba a interpretar piezas de cierta complejidad si le dejaban practicar unos días. El menor era poco diligente, pero tenía oído absoluto: en cuanto le tarareaban una melodía, identificaba qué teclas debía pulsar y la reproducía sin ayuda de partituras.

Esta capacidad para ver la música nos fascina a los occidentales. Durante siglos la tuvimos por una habilidad rara, que apenas poseía una de cada 10.000 personas, pero luego se descubrió que en muchas lenguas orientales el significado de las palabras depende del tono con que se pronuncien: “como si decir pan en fa o en sol significase cosas distintas”, escribe el neurobiólogo José Ramón Alonso. Para muchos asiáticos el oído absoluto es normal, lo que nos ha obligado a revisar la teoría y ahora se considera una facultad “prácticamente universal” que nosotros “perdemos a lo largo de la primera infancia”.

Igual que los ciegos desarrollan un oído más fino, la sordera nos ha llevado a una hipertrofia intelectual. Tendemos a racionalizar la música. Will Gompertz cuenta que Wagner quiso crear la “obra de arte total”, algo “sublime” destinado a “transformar vidas y contribuir provechosamente a la sociedad”. Y recuerdo haber leído en mi adolescencia que la Quinta Sinfonía de Beethoven desgrana un silogismo impecable, o algo así. Me quedé horrorizado ante mi torpeza y durante un tiempo me esforcé por desentrañar su significado. No lo conseguí, claro, igual que tampoco he logrado escuchar nunca “el sonido interno del color” en las pinturas de Kandinsky.

Susan Sontag atribuía esta obsesión por interpretarlo todo a Platón, para quien “el arte no tiene una función determinada (la pintura de una cama no sirve para dormir) ni es, en un sentido estricto, verdadero”. Esta inutilidad hizo del arte algo sospechoso, incapaz de justificarse por sí mismo, y muchos de nosotros hemos necesitado largos años de educación para recuperar la ignorancia de la era primitiva, “cuando no se preguntaba a la obra de arte qué decía, pues se sabía (o se creía saber) qué hacía”.

Cuando ahora veo una película de Steven Spielberg, me limito a disfrutar. Pocos directores tienen su talento para manipular las emociones. Igual que el menor de los dos hermanos sabía qué tecla pulsar para producir una nota concreta, el director de ET sabe qué escena rodar para provocar una emoción concreta.

El resultado es generalmente excitante, aunque no siempre coherente. Es famosa la demoledora crítica que en The Big Bang Theory realiza Amy Farrah Fowler, la novia de Sheldon Cooper, de En busca del arca perdida. La historia, dice, le gusta a pesar de su “notorio problema argumental: Indiana Jones no juega ningún papel en el desenlace. Aunque no estuviera, pasaría exactamente lo mismo […]: los nazis habrían encontrado el Arca, la habrían llevado a la isla, la habrían abierto y habrían muerto”.

¿Sería mejor la película si prescindiéramos del protagonista? Lo dudo. Nadie va ya al cine para apreciar cómo se desgrana un silogismo. Disfrutamos de las andanzas de Indiana aunque no sean del todo congruentes, igual que nos encanta que Richard Gere rescate a Julia Roberts en Pretty Woman. ¿Se cree alguien ese final absurdo? No, pero eso no impide al parecer que la historia nos guste, como apunta Amy.

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Una respuesta a “Elogio de la incoherencia

  1. Conocía la teoría de la novia de Sheldon Cooper sobre Indiana Jones y, genialidades aparte, no puedo estar de acuerdo en su totalidad: el bueno de Indy encuentra el arca porque los nazis están cavando en el lugar equivocado (les faltaba una cara del medallón). Pero en el fondo da lo mismo, lo verdaderamente relevante es disfrutar de Spielberg, de Indiana Jones y de los chicos de The Big Bang Theory. Saludos.

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