Cristina Pedroche o la belleza

Quienes tratan de arrinconar a la presentadora de Atresmedia acusándola de sexismo sobrevaloran el prestigio de la coherencia.

Si Paco Umbral viviera, le habría dedicado varias columnas a Cristina Pedroche. La presentadora de Atresmedia reúne dos de las virtudes que más apreciaba el escritor: belleza y progresismo, aunque no haga siempre un uso coherente de ambas. A Pedroche no le importa, por ejemplo, prestarse al juego de levantar audiencias envolviéndose en un bañador y, a la vez, posar como musa de la izquierda. Hace unos meses proclamaba orgullosamente en Papel que es de Vallecas y de Garzón y no le caen bien las personas que votan al PP. ¿Cómo se resuelve esta paradoja? ¿Se puede ser simultáneamente mujer objeto y abanderada de la lucha contra el machismo?

También Umbral fue un maestro del funambulismo. No renunció a nada: ni a los placeres materiales del capitalismo ni al prestigio moral del socialismo. Su único norte era mantenerse arriba y, para ello, no dudó en cambiar de chaqueta tanto como hizo falta. Anna Caballé cuenta en El frío de una vida que, cuando en los años 60 empezó a colaborar en la revista Mundo Hispánico, era un joven “de opiniones sorprendentemente conservadoras” que se violentaba “ante las recurrentes conversaciones en torno a la infidelidad matrimonial, las mujeres y el divorcio”.

Mientras Franco vivió, Umbral se negó de hecho “a firmar cualquier documento de solidaridad con la oposición”, pero en 1979 tituló solemnemente un artículo “O sea que soy rojo” y, a partir de ese momento, sus ataques a la dictadura se volvieron “tan firmes y desenvueltos” que sus antiguos colegas empezaron a dudar si no había sido “a pesar de las evidencias un compañero de viaje del PCE”.

Este ejercicio de transformismo a plena luz fue objeto de constantes y feroces críticas, pero de todos sus pecados lo absolvió su excelso dominio del lenguaje. ¿Posee Pedroche un talento similar?

A la chica no le falta inteligencia, pero tiene algo mejor: belleza. La belleza se justifica a sí misma. Todo se le perdona, incluso el propio uso interesado que se hace de ella (lo que explica por qué políticos y militares caen y seguirán cayendo en las burdas trampas sexuales que les tienden las Mata Hari de turno). Quienes tratan de arrinconar a Pedroche acusándola de sexismo sobrevaloran el prestigio de la coherencia. Hoy no está especialmente de moda, pero se vuelve por completo irrelevante ante el espectáculo de un cuerpo bonito. No será un fino silogismo lo que frustre su ascensión.

Otra cosa es que compense, claro. “De pronto”, escribe Umbral en Mortal y rosa, “[tienes] aquello que soñabas siempre, y que luego se ha repetido tanto: una sala inmensa, rebosante, una multitud que te espera, como en los sueños, fronda de cabezas juveniles, hondonada de pechos, la expectación, con algo amenazante en el aire. El público, la gente, las mil cabezas y los miles de ojos que querías tener sobre ti, cuando adolescente, y que efectivamente están ahí, repetidamente, un día, otro, esperando, esperando, esperando, esperando qué”.

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