¿Por qué hacemos el bien?

Ser decente no es especialmente práctico, pero millones de personas se empeñan en ello cada día.
Cuando era un niño de 11 ó 12 años, pasaba cada mañana, camino del colegio, delante de una anciana diminuta que vendía cigarrillos sueltos y cupones en la esquina de la avenida de América con la calle Cartagena. Ahora hay ahí un hotel Abba, pero durante décadas fue el cuartel general de Cepsa y debo decirles que en invierno es un lugar inhóspito, batido por un viento gélido y furioso. Creo que era Julio Camba quien sostenía que el lugar más frío del planeta era la esquina de la Gran Vía con Fuencarral y, cuando sus interlocutores lo miraban con incredulidad, añadía muy serio que allí había visto caer fulminado al mismísimo embajador de Rusia… No seré yo quien discuta a tan insigne y viajado periodista el frío que hace en esa condenada esquina, pero les aseguro que la de la avenida de América con Cartagena no le va a la zaga.
Aquella anciana estaba, sin embargo, allí, con su destartalada mesa de tijera día tras día, arrebujada en un abrigo y un pañuelo negros, meciéndose adelante y atrás para entrar en calor, y yo pensaba: “Pobre mujer”.
Hasta que una mañana me dije: “Basta ya de compasión, vamos a hacer algo”, y le compré un cupón. No me costó mucho, creo que un duro, pero para alguien que tenía por todo ingreso una paga semanal de 10 pesetas suponía una fracción significativa del presupuesto para golosinas.
Guardé aquel billetito celosamente el resto de la semana, preocupándome cada noche de sacarlo del bolsillo del pantalón para que no acabara macerado y centrifugado en la lavadora, y el sábado siguiente consulté en el ABC la lista del sorteo.
Para gran contrariedad mía, el número no había resultado premiado. Aquello me sorprendió primero y luego me indignó. “Vamos a ver”, reconvine a Dios, “¿no te das cuenta de que he sido bueno y merezco una recompensa?” Dios no se tomó la molestia de responderme, pero mi madre sí lo hizo. Me dijo: “Las cosas hay que hacerlas bien porque hay que hacerlas bien, no porque se espere una recompensa”.
Aquello no solo no me consoló, sino que me pareció francamente poco práctico. “Así va el mundo”, pensé.
Con el tiempo, mi vida, como la de todos los escolares occidentales, terminó cruzándose con Kant y el imperativo categórico. Para el filósofo alemán cualquier acto, por decente que sea, no es plenamente moral si lo hacemos guiados por algún móvil extrínseco. Cuando decidimos no delinquir, por ejemplo, cumplimos con nuestra obligación, pero si lo decidimos por temor a la policía no estamos, por así decirlo, en la primera división ética, la de los que persiguen el bien como un fin en sí mismo, sino en la segunda división, la del imperativo hipotético, que son los que hacen las cosas como yo había comprado aquel cupón: pensando en obtener alguna ventaja.
Esta idea de “obrar el bien por el bien y solo por el bien”, como la enunciaban los krausistas de la Institución Libre de la Enseñanza, repele un poco al sentido común. En nuestro fuero interno nos gusta creer que en el mundo reina cierta justicia retributiva, una especie de karma cósmico que se encarga de poner a cada uno en su sitio. Pero me temo que se trata de una suposición con escaso fundamento. Mi impresión es que la vida es más bien como la describe Shakespeare: un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que carece de sentido y de moralidad. Las cosas simplemente suceden.
Pero justamente por eso, porque la vida carece de sentido y de moralidad, nos toca ponerlos a nosotros, a nuestras empresas, a nuestros Gobiernos. Milton Friedman dijo una vez que la única responsabilidad social corporativa (RSC) era ganar cada vez más dinero y que ya se encargarían los accionistas con sus mayores dividendos, los trabajadores con sus mayores salarios y los funcionarios con sus mayores impuestos de realizar las labores humanitarias que estimaran oportunas.
Esta confianza en la capacidad del mercado para destilar espontáneamente en cada momento la dosis precisa de filantropía no es, sin embargo, muy diferente de la fe en un karma cósmico. El mercado hace muchas cosas bien, pero llega hasta donde llega y no creo andar muy desencaminado cuando afirmo que, si en España no hubiera habido cajas y toda la obra social se hubiera llevado a cabo con los mismos criterios con que las empresas ordinarias invierten en RSC, habría habido bastante menos obra social.
Y habría habido bastante menos porque, como descubrí cuando era niño, hacer el bien no es especialmente práctico para el que lo hace. ¿Por qué seguimos haciéndolo?
Muchos años después de comprar aquel cupón, cuando trabajaba para la revista Política Exterior, el director decidió que había que incorporar gráficos a los artículos y me dijo: “Llama de mi parte a Fernando Rubio, que es amigo mío, y dile que a partir de ahora le vamos a encargar uno, dos o tres gráficos todas las semanas”.
Yo no conocía a Fernando Rubio. Era el jefe de infografía de ABC y un señor muy ocupado que, a pesar de ello, me atendió educadamente, pero que me dijo, como era de esperar, que no tenía tiempo para hacernos ni tres ni dos ni un gráfico. Yo insistí, él se mantuvo en sus trece y, antes de colgar, perdida ya cualquier esperanza, le dije:
—Bueno, si cambias de opinión, llámame, por favor. Soy Miguel Ors Villarejo.
En ese momento se hizo un silencio al otro lado del hilo.
—¿Villarejo has dicho? —me preguntó al cabo de unos instantes.
—Sí, Villarejo.
—¿No tendrás nada que ver con doña Margarita, la dueña de los apartamentos de López de Hoyos.
—Sí, es mi madre. ¿La conoces?
—¡Claro que la conozco! —Su actitud cambió radicalmente—. Miguel —me dijo casi entusiasmado—, cuenta con esos gráficos: uno, dos, tres, los que quieras. Yo por un hijo de doña Margarita hago lo que sea.
Y me explicó que el primer piso donde había recalado nada más desembarcar de Argentina era de mi madre. Fernando malvivía en aquella época de dibujar viñetas y muchos meses no tenía para el alquiler, pero invariablemente mi madre le decía: “No te preocupes, hijo, ya me pagaras cuando puedas”.
Se pueden imaginar el profundo orgullo que todavía siento hoy al recordar aquella breve charla.
Por eso hacemos el bien. No porque vaya a tocarnos la lotería, sino porque ese bien se va derramando por el mundo y, de algún modo, tarde o temprano, nos alcanza a todos, a nosotros o a nuestros hijos. Y por eso millones de personas como mi madre se empeñan cada día en mantener en marcha esa rueda admirable que es obrar por el bien y solo por el bien.
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Este post reproduce, con unas mínimas alteraciones, mi intervención en los Premios a la Mejor Obra Social que Actualidad Económica entregó el pasado 22 de noviembre, en el Casino de Madrid.

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