¿A quién va usted a creer? ¿A Trump o a sus propios ojos?

La revolución ya no consiste en asaltar las infraestructuras de comunicación, sino la propia comunicación.

Cuando Donald Trump promete que va a acabar con la corrupción, ¿a qué se refiere? ¿A lo mismo que usted y yo? Seguramente no. “Los candidatos de Trump a los puestos claves de su Gabinete”, cuenta Pablo Pardo en El Mundo, “son una colección de financieros y petroleros” que llevan años usando su influencia para lograr concesiones. Para la secretaría de Energía, por ejemplo, suena Harold Hamm, un magnate conocido como el rey del fracking. Estas son cosas propias de una república bananera, donde el ministro de Fomento es un señor que tiene una fábrica de azulejos y aprovecha la legislatura para alicatar el país hasta el techo. ¿No era eso lo que antes entendíamos por corrupción?

El mismo desconcierto inspira Ramón Espinar. El nuevo líder de Podemos en la Comunidad de Madrid considera un escándalo que otros hagan lo que él mismo hace, y ni se inmuta cuando alguien se lo señala educadamente.

Los periodistas nos hemos dedicado a denunciar cómo uno y otro se contradicen, pero ni Trump ni Espinar emplean el idioma para decir y contradecir, sino para atacar y contraatacar. No les interesan los significados de las palabras, sino su reputación y, mientras nosotros nos entreteníamos descifrando sus contenidos, ellos se las apropiaban para colgar las más prestigiosas al frente de sus almonedas de propuestas delirantes.

En el colegio aprendemos que el lenguaje es una sofisticada herramienta que nos permite entablar comunicación y, la mayor parte del tiempo, cumple efectivamente ese cometido con una precisión matemática. Como escribe Juan José Millás, mesa no puede referirse más que a una mesa y caballo a un caballo. “¿Acaso habríamos podido llamar caballo a la mesa y mesa al caballo? ¡Imposible!”

Pero no siempre es así. A veces, el significado se mueve dentro del significante como el badajo dentro de la campana, dejando un amplio margen para la interpretación. Entonces, como señala el consultor republicano Frank Luntz, “lo importante no es lo que uno dice, sino lo que los demás entienden”. No da lo mismo hablar de “plataformas petrolíferas” que de “yacimientos de energía”. Lo primero evoca contaminación, lo segundo riqueza.

Toda la moderna teoría del populismo se basa en este descubrimiento. La revolución ya no consiste en asaltar las infraestructuras de comunicación, sino la propia comunicación. Hay que adueñarse de las palabras bonitas y endosar al rival las feas: nosotros representamos la voluntad soberana y ellos la tiranía de los jueces; nosotros encarnamos el pueblo y ellos la casta; nosotros somos honestos y demócratas y ellos corruptos y autoritarios.

La política ha devenido así en el arte retorcer las palabras hasta que confiesan lo que uno quiere. ¿Tiene algún límite este juego? En A través del espejo, Lewis Carroll describe un diálogo disparatado entre Alicia y Humpty Dumpty. Como a los líderes de Podemos, al personaje con forma de huevo no le gusta perder ningún debate, por nimio que sea, y cuando se ve acorralado por la lógica implacable de la niña, le espeta con tono desdeñoso:

—Cuando yo uso una palabra quiere decir lo que yo quiero que diga… Ni más ni menos.

—La cuestión —le replica Alicia— es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

—La cuestión —zanja Humpty Dumpty— es saber quién es el que manda… Eso es todo.

Carroll anticipa en este breve cruce la neolengua que décadas después describirá George Orwell en su distopía totalitaria 1984. “El propósito de la neolengua”, se lee en el apéndice de la novela, “no era solo proporcionar un medio de expresión […] sino que fuese imposible cualquier otro modo de pensar”. Para ello, se acuñaban y suprimían términos, y se constreñían definiciones. “Por ejemplo, la palabra libre seguía existiendo […], pero solo podía emplearse en frases como ‘este perro está libre de pulgas’ o ‘este campo está libre de mala hierba”.

Trump y Espinar también han fabricado una neolengua en la que corrupción y honestidad quieren decir lo que ellos quieren que digan, ni más ni menos. De momento resulta hasta divertido. Recuerdan la escena de Sopa de ganso en la que Chico Marx le suelta a su interlocutor: “¿A quién va usted a creer? ¿A mí o a sus propios ojos?”

Pero es un juego peligroso, que dificulta la deliberación democrática y allana el camino del Gran Hermano.

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