Por qué todos los Vargas Llosa necesitan un García Márquez

Por mucho que nos irrite la deshonestidad intelectual (o lo que tomamos por tal), es un requisito esencial de cualquier democracia saludable.

En 1976, tras asistir a la proyección de Supervivientes de los Andes en un cine de México, Gabriel García Márquez se acercó a saludar a Mario Vargas Llosa “y lo que recibió fue un puñetazo que lo dejó tirado sin sentido en la alfombra del teatro”, relata Luis Fernández Zaurín. No mediaron voces ni insultos. Solo una enigmática pregunta: “¿Cómo te atreves a querer abrazarme después de lo que hiciste en Barcelona?” y, acto seguido, “ese estupendo directo”. “Cuando nos dimos cuenta”, rememoraría uno de los testigos posteriormente, “Gabriel estaba sentado y Mario se había ido”.

El incidente dio pie a cientos de especulaciones y me avergüenza reconocer que durante un tiempo juzgué la agresión del peruano con cierta benevolencia. Vivíamos en plena Guerra Fría y estos dos iconos del boom latinoamericano simbolizaban los polos opuestos del debate ideológico. Vargas Llosa había apoyado inicialmente a Fidel Castro y su revolución, pero acabó pasándose a las filas liberales tras comprobar la ineptitud económica y, sobre todo, la represión política que ocultaba la retórica redentora del marxismo. García Márquez no ignoraba sus abusos. A raíz de la invasión soviética de Checoslovaquia confesó a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza que se le había caído “el mundo encima”, que estaban “entre dos imperialismos igualmente crueles y voraces” y que Moscú incluso aventajaba a Washington “en cinismo”.

Pero el autor de Cien años de soledad no podía vivir sin aquella fe. En el verano de 1957, durante un viaje en coche por la República Democrática Alemana, se había despertado sobresaltado y le había dicho a Mendoza: “Maestro, soñé algo horrible. Soñé que el socialismo no funciona”. A pesar de lo que vieron al otro lado del Telón de Acero entonces y de todo lo que habían de ver después, a finales de los 70 García Márquez aún justificaba las peores atrocidades comunistas (lo haría hasta su muerte) y yo interpreté aquel puñetazo como un merecido castigo a su deshonestidad intelectual.

No podía estar más equivocado. En primer lugar, el suceso no tenía nada que ver con la política. “Vargas Llosa había abandonado a su familia para perseguir a una modelo norteamericana”, escribe Fernández Zaurín. “Y García Márquez, tratando de consolar a Patricia [la mujer del escritor peruano], le aconsejó pedir el divorcio y tomar acciones legales por abandono del hogar”.

En segundo lugar, por mucho que nos irrite la deshonestidad intelectual (o lo que tomamos por tal), es un requisito esencial de cualquier democracia sana. El progreso surge de la controversia. Los griegos creían que la verdad era única y eterna. Estaba ahí, oculta bajo una tupida capa de opiniones infundadas, y la tarea del filósofo consistía en irlas retirando hasta dejarla a la vista. Una vez establecida, su realidad refulgente debía iluminarnos hasta el fin de los tiempos.

Ningún científico comparte hoy esta concepción. El conocimiento ya no se descubre, sino que se construye, y siempre de forma provisional. Cualquier hipótesis dura lo que tarda en refutarse. Los paradigmas que nos parecen más sólidos serán arrumbados mañana por investigadores que contemplarán nuestros logros con la condescendencia que hoy nos inspiran los alquimistas medievales.

Por eso es indispensable respetar las discrepancias, incluso fomentarlas. Hemos metido la pata infinidad de veces en el pasado y nada indica que no vayamos a continuar haciéndolo en el futuro. Por seguros que estemos de nuestros planteamientos, debemos mantenernos abiertos a cualquier otra explicación, porque “cerrar puertas”, escribe Isaiah Berlin, “supone quedarse atrapado en un error incorregible”.

Y esto no es solo cierto en política. Jared Diamond, profesor de Geografía de la Universidad de California en Los Ángeles, cuenta en How to get rich que la humanidad no se ha movido siempre hacia adelante. “Cuando los europeos descubrieron Tasmania en el siglo XVII, se encontraron con la sociedad más simple y primitiva del planeta”. Sus habitantes ignoraban el fuego, carecían de herramientas, ni siquiera sabían pescar. “Increíblemente, los restos arqueológicos revelaban que […] habían olvidado algunas de estas técnicas”. Y no eran un caso aislado: los isleños del estrecho de Torres dejaron de fabricar canoas, las culturas polinesias abandonaron la cerámica, Japón se olvidó de hacer pistolas…

La experiencia de Japón es para Diamond muy ilustrativa, porque ocurrió en una fecha reciente y está perfectamente documentada. Las armas de fuego llegaron a la isla de la mano de dos aventureros portugueses, se difundieron rápidamente y, “hacia 1600, Japón disponía de las mejores pistolas del mundo”.

Pero los samuráis cayeron pronto en la cuenta de que aquel diabólico invento neutralizaba la ventaja que sus milenarias artes marciales les habían proporcionado y empezaron a restringir su uso hasta erradicarlo. “Esta pérdida”, dice Diamond, “fue posible debido al aislamiento”. En Europa, algunos príncipes renacentistas intentaron también prohibir su fabricación, pero sin éxito, porque en cuanto uno lo conseguía, quedaba a merced del príncipe de la puerta de al lado.

“Las sociedades sucumben periódicamente a modas locales”, explica Diamond. “Por alguna razón, adoptan prácticas improductivas o abandonan prácticas productivas. Por suerte, muchas de estas modas se revocan debido a la presión de los vecinos”. Esa es la razón por la que Occidente colonizó el resto del mundo, y no al revés. Somos una comunidad bulliciosa, llena de indeseables que sostienen las ocurrencias más peregrinas. A veces, alguno nos irrita tanto que disfrutamos cuando lo sientan en el suelo de un puñetazo, pero, como escribe Berlin, “si estos disidentes no existieran tendríamos la obligación de inventar argumentos contra nosotros mismos para mantenernos en perfectas condiciones intelectuales”.

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