¿Cuándo se adueñó la impunidad de España?

Los humanos estamos mal diseñados para digerir el éxito y, cuando algo bueno nos pasa, concluimos que nos lo merecíamos. Incluso que es poco…

“Lo tenía todo”, escribió Casimiro García-Abadillo de Rodrigo Rato cuando lo imputaron por el caso de las tarjetas opacas de Caja Madrid. “Contratos internacionales, prestigio, capacidad oratoria (fue el mejor portavoz que ha tenido el PP en el Congreso), y muchos amigos. […] ¿Por qué un hombre de su valía se dejó llevar por la tentación del dinero fácil?” Y recogía el comentario de un ejecutivo de la nueva Bankia: “Cuando llegamos aquí nos dimos cuenta de una cosa: todo se llevó a cabo con la desfachatez que da la impunidad”.

Desde que se publicaron estas líneas, la situación procesal de Rato no ha hecho más que empeorar. La fiscalía lo acusa de fraude, alzamiento de bienes, blanqueo de capitales… Muchos excompañeros se han manifestado perplejos, pero hacía tiempo que los indicios de esa “desfachatez que da la impunidad” venían acumulándose: los sueldos obscenos, el abandono caprichoso del Fondo Monetario Internacional o esa partida de incondicionales que lo rodeaba a todas horas y entre los que repartía como un botín de guerra los cargos de las instituciones en las que desembarcaba.

Recuerdo la comida que nos ofreció a una veintena de periodistas uno de estos incondicionales. Acababa de incorporarse a Caja Madrid y, en el clima de complicidad que alienta el vino abundante, nos confesó: “Estamos ahí todos en el consejo y vienen estos financieros y se ponen a soltar palabros, que si el green shoe, que si el equity, que si el pay per view, y nosotros con cara de póquer, porque no entendemos nada”. Se rio y bebió otro trago, pero al devolver la copa a la mesa observó que a muchos se nos había demudado la expresión. “Dios mío”, pensábamos, “¿en manos de quién está la caja?”

El hombre se dio cuenta e intentó arreglarlo. “Bueno, bueno, pero vamos aprendiendo, ¿eh?, no os creáis. Ya sabemos que el green shoe es la parte del beneficio que se destina a dividendo”, aclaró empeorándolo todo, porque green shoe no significa eso.

“He preguntado aquí y allá, en su círculo más cercano, en su partido, en los aledaños del Gobierno…”, proseguía García-Abadillo. “Nadie sabe darme respuesta a la pregunta clave”. La misma que en su castellano recio y claro se hace mi director: ¿en qué momento se le fue a Rato la pinza?

Taxonomía. En El lado oculto del carisma, los psicólogos Robert Hogan, Robert Raskin y Dan Fazzini clasifican a los directivos tóxicos en tres categorías. El Flotador se eleva sin esfuerzo porque elude las decisiones difíciles y se lleva bien con todos. El Resentido hace todo lo contrario: conspira continuamente y se desliza como un tiburón bajo la superficie para atacar a sus rivales cuando menos lo esperan.

El tipo que nos interesa es el tercero, el Narcisista. Es tan inepto como los dos anteriores, pero su encanto y su seguridad le granjean los apoyos necesarios para alzarse a la cima. Sabe qué hay que decir en cada momento y no duda en dar un paso al frente cuando el resto vacila. “A mucha gente le encanta estar a la sombra de alguien que tiene remedio para todo”, dice el catedrático de Psicopatología de la Universidad de Granada Vicente Caballo.

Este es precisamente uno de los rasgos que el periodista Amador Ayora atribuye a Rato en la biografía que le dedicó hace unos años. En 1986, en el VII Congreso de Alianza Popular, José María Aznar y Rato salen elegidos secretarios generales adjuntos y en Génova les ponen los despachos puerta con puerta. “Cuando Aznar consulta a Rato después de darle vueltas a un asunto”, escribe Ayora, “este siempre parece tener las ideas claras al respecto y la respuesta a punto”.

El futuro vicepresidente es un individuo “campechano”, “de trato cercano”, que se preocupa por su equipo. A su secretaria le paga un curso de taquigrafía de su bolsillo y a los colaboradores que dejan la política les busca acomodo en la vida civil.

Es además un gran parlamentario, como se apuntó más arriba. En los debates se revela un “fuera de serie”. “Jamás lee un discurso”, goza de “una memoria prodigiosa”.  Pero, ojo, este lado luminoso presenta un reverso oscuro. Mucha gente coincide en que Rato es soberbio, distante. En el Congreso, su “dominio permanente de la situación” lo lleva en ocasiones a adoptar un aire “chulesco” e incluso a cebarse con el contrario.

Este contraste entre rasgos calientes y fríos es típico del narcisista. Mientras se le dispensa la admiración constante que demanda, es simpático y seductor. Pero encaja mal no ya las críticas, sino las meras sugerencias, porque socavan su leyenda de invulnerabilidad. Y cuando sospecha que alguien amenaza su reputación, lo insulta, lo humilla y, si está en sus manos, lo destruye.

El rey de la taiga. ¿Es Rato un narcisista? Hace un año Joseph Burgo, un psicólogo estadounidense, se preguntaba lo mismo de Vladimir Putin en The Atlantic. La intolerancia del dirigente ruso a los comentarios de la oposición, la agresividad con que actúa en el terreno internacional o la complacencia con que exhibe su torso desnudo mientras cabalga y caza osos en Siberia avalarían el diagnóstico.

Burgo añade otro dato relevante: Putin tuvo una infancia difícil. “El narcisismo es un desarreglo psicológico que hunde sus raíces en […] una vida familiar […] marcada por el trauma y el caos emocional. Cuando las experiencias tempranas se separan de lo que se considera normal y previsible, el niño […] siente que sufre una tara vergonzosa, una deficiencia que debe ocultar”. La tristeza y el miedo ocasionados por una continua exposición a una situación vejatoria lo llevan a hacerse promesas del tipo: “Cuando sea mayor tendré poder y nada ni nadie volverá a hacerme esto”.

Es habitual, por ejemplo, que una víctima de maltrato se convierta con el tiempo en maltratador, y algo parecido pudo haberle sucedido a Putin. El barrio de Leningrado en el que se crio era un destartalado bloque de viviendas, con las escaleras cubiertas de porquería y habitaciones malsanas donde se hacinaban las familias.

Los padres de Vladimir estaban siempre fuera. Él, trabajando en una cadena de montaje; ella, fregando suelos o descargando camiones. Así que el pequeño aprendió a buscarse la vida en un parque lleno de borrachos, golfos y matones, donde reinaba la ley del Talión. Su biógrafa Masha Gessen cuenta que cuando alguien lo insultaba, Putin “se arrojaba de inmediato sobre él, lo arañaba, lo mordía y le arrancaba el pelo a puñados”. Ninguna ofensa podía quedar sin respuesta.

Una experiencia de esta naturaleza constituye la “herida narcisista” que, según algunos psiquiatras, explica el desarrollo ulterior del trastorno de la personalidad. Pero, ¿cuántos individuos perfectamente equilibrados han sufrido el acoso de sus colegas de patio? Burgo no cree que pueda sacarse ninguna conclusión clínica de estos episodios de niñez, ni mucho menos de las noticias que ofrecen los medios. Putin es intolerante porque todos los presidentes rusos lo han sido, y esa es la tradición; lo llamativo sería que aceptara deportivamente las críticas. Ha invadido Georgia y Crimea en gran medida porque a sus votantes les entusiasma, y cabalga con el torso desnudo porque en Siberia debe de hacer bastante calor en verano.

Del mismo modo, todos los indicios de narcisismo que hemos rastreado en Rato tienen una explicación alternativa. Lo acusan de soberbio y distante, pero ¿quién es simpático y seductor las 24 horas del día? Los sueldos obscenos que cobra son los que se pagan en los niveles en los que se mueve. Ser director gerente del FMI era un rollo: todo el día en el avión, yendo a cenas y agasajos interminables… Y las partidas de incondicionales que lo rodean son usuales entre los políticos profesionales. No existen los llaneros solitarios. Necesitas rodearte de un equipo leal, que te ayude a ocupar el terreno que conquistas.

El problema no es Rato.

Galletas de la fortuna. “La mayoría de los psicópatas no son homicidas”, declaró Robert Hare durante una visita que hizo a España en 2007. “Están en política o en los negocios”. Hare no es un veterano militante marxista, sino una autoridad en el estudio de la mente criminal. Después de pasarse media vida visitando prisiones y asesorando al FBI en la captura de algunos asesinos en serie, publicó un artículo en la revista Behavioral Sciences and Law en el que sostenía que la prevalencia de rasgos psicopáticos es mayor en los directivos que en la población general.

“En un documental canadiense titulado The Corporation”, me cuenta el profesor Caballo, “hacían la siguiente prueba: cogían una multinacional y la evaluaban a la luz del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, cuyos criterios usa la Asociación Estadounidense de Psiquiatría para determinar si alguien sufre un desequilibrio. El resultado es que la empresa moderna presenta todos los síntomas que se consideran definitorios de la psicopatía: indiferencia por los sentimientos ajenos, desprecio por la seguridad de los demás, incapacidad de mantener relaciones duraderas o de sentirse culpable… En un entorno así, un sujeto antisocial se encuentra en su elemento”.

“Una dosis de narcisismo, en los parámetros habituales, no es un problema”, me escribe en un email Vicente Garrido, profesor de Criminología de la Universidad de Valencia. “Un buen político aspira a representar algo, a ser bandera de unas ideas. Los líderes han de gustarse en su exhibición pública. Los apocados y timoratos no arrastran multitudes”. Pero, ¿qué sucede cuando esta vocación de servicio deviene secundaria y se ve desplazada por “el deseo de sentirse especial y disfrutar de ello”? En esos casos, “si no hay controles férreos, uno empezará a exculparse para justificar la cota de poder y los privilegios que ha alcanzado. Y lo que es peor, a ver como normal toda decisión que le ayude a mantener su posición. Esto es lo que creo que ha sucedido en España”.

“Si alguien adquiere poder y nadie lo limita”, abunda Caballo, “su ego se agranda y puede llegar a creerse el rey del mundo”.

Los humanos estamos muy mal preparados para gestionar el éxito. Nuestra obsesión por organizar el caos angustioso de la vida nos lleva a urdir narraciones en las que los acontecimientos se siguen unos de otros, lógica y ordenadamente. Nos horroriza la falta de sentido. Si una desgracia se abate sobre alguien, nos consolamos pensando que se veía venir: fumaba demasiado, abusaba del alcohol, conducía como un loco. Y cuando algo nos sale bien, concluimos que nos lo merecíamos y que ya era hora.

En un discurso de graduación de Princeton, el escritor Michael Lewis relataba un experimento muy revelador de la Universidad de California en Berkeley. Eligieron unos cuantos estudiantes, los organizaron en equipos de tres, nombraron en cada uno de ellos a un jefe mediante un proceso aleatorio (sacar una papeleta o una bola de un sombrero) y les dijeron que debían debatir sobre algún asunto complicado de ética. A la media hora, un investigador interrumpía las deliberaciones para llevarles un refrigerio: cuatro galletas. Como eran tres, sobraba una. ¿Cómo la compartían? De ninguna manera. “Con increíble regularidad”, cuenta Lewis, “la persona que había sido designada líder arbitrariamente cogía la cuarta galleta y se la comía. Y lo hacía con delectación: masticándola con ruido, abriendo bien la boca, con la salivilla cayéndole por las comisuras. […] El líder no había realizado ninguna tarea especial. Lo habían elegido al azar 30 minutos antes. Su condición era fruto de la suerte. Pero pese a todo sentía que se merecía la galleta”.

Epidemia. El psiquiatra Alexander Lowen murió en 2008 convencido de que Occidente padecía una epidemia de narcisismo. Razonaba que la fascinación por el poder es general e irresistible. Primero, porque nos proporciona seguridad material, pero sobre todo porque nos otorga estatus. Esto último no siempre fue así. Durante siglos, era el estatus el que otorgaba poder. Se nacía noble y, por tanto, se disfrutaba de privilegios.

Pero en nuestras democracias meritocráticas nadie es más que nadie y deben imponerse los mejores. Esto es un progreso indudable, pero significa que no tener poder ha dejado de ser un accidente de cuna para convertirse en un desdoro. Si no mandas es porque no vales. Eres un perdedor.

Esta presión la acusan especialmente quienes arrastran un pasado traumático y, para compensar esta herida narcisista, intentan establecer su dominio sobre alguien. “Deben tener al menos una persona devota, ya sea una amante o una prostituta”, escribe Lowen. “No pueden estar solos. Y la relación ha de ser una en la que detenten el mando”.

La tesis de la herida no la comparten todos los expertos. “No hay nada probado”, asegura Caballo. “Sabemos poco del narcisismo. Son todo hipótesis, y a menudo opuestas: unos lo atribuyen a la falta de afecto, otros al exceso de mimos… Y es difícil contrastar nada, porque el paciente rara vez acude a una consulta. Para qué, si es más listo que nadie”.

Caballo coincide, sin embargo, en que nuestra sociedad favorece el individualismo y “la progresión laboral y profesional a costa del esfuerzo de los demás”, como se lee en su Manual de trastornos de la personalidad. “No importa que ello conlleve el menosprecio, la infravaloración o la destrucción de sujetos que no se adaptan al estilo productivo”.

Combatir esta epidemia antisocial no es sencillo. El experimento de las galletas revela que llevamos la semilla narcisista inscrita en el ADN. No vamos a volver al feudalismo para evitar que la gente se frustre por los fracasos. Y tampoco podemos confiar en que los enfermos se sometan espontáneamente a terapia.

La única solución es regenerar la vida pública. Si la empresa moderna carece de moral, deberemos ponerla las personas. Y si el Estado se va a llenar inevitablemente de indeseables (patológicos o sobrevenidos, esos a los que se les va la pinza, como dice mi director), habrá que tenerlos vigilados.

“Como es lógico, no puedo hablar con conocimiento de causa de este señor”, comenta Garrido refiriéndose a Rato. “Pero yo diría que tal conducta manifiesta un hábito mental implantado en los países donde el escrutinio de las actividades políticas ha sido muy débil: la ilusión de impunidad lleva a creer que puede salirse bien librado de cualquier cosa”.

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