Un experimento irrepetible

¿Qué más da lo que duremos? En el fondo, tenía razón Stevenson cuando decía que todos morimos jóvenes porque a todos nos llega la hora antes de lo que quisiéramos.

—Alison era una mujerzuela sin principios —dice de pronto Morgan el Acólito Díaz. No sé quién le puso el alias, pero afinó mucho, porque es como un monaguillo: va siempre detrás de su jefe (un conocido magnate del juego) y tiene una fe religiosa maciza e intransigente, como el matón que encarna Samuel L. Jackson en Pulp Fiction.

Tampoco sé por qué ha traído a colación a Alison Bancroft. Hace tiempo que no frecuenta el Claridge. Era una criatura adorable, que carecía del menor sentido de la disciplina o del sacrificio. Había venido al mundo para gozar y tenía dos normas inquebrantables: nunca llevaba dinero y siempre llegaba tarde, pero, muchacho, valía la pena, porque el retraso era consecuencia de que había dedicado largas horas a peinarse, maquillarse, hacerse la manicura y ponerse en fin “bellísima”, como decía ella con su delicioso acento canario.

—No sabía qué vestido elegir —se disculpó en cierta ocasión— y he optado por este negro que es casi de monja—. Y se paró unos instantes para que comprobáramos lo recatada que iba. Era efectivamente un modelito de lo más pudoroso, pero ella habría impregnado de sensualidad un saco de arpillera y dudo mucho que la hubieran dejado entrar así en ningún convento.

Dado que por aquel entonces tenía contrato fijo y estaba al corriente en el pago de mi hipoteca, llegué a abrigar la esperanza de que fuera yo el motivo de sus asiduas visitas, pero por la confianza con que me hablaba no tardé en darme cuenta de que me consideraba inofensivo, una especie de amigo gay, ya saben, como Marilyn Monroe y Truman Capote.

—Mi físico ha sido mi maldición —me confesó una tarde, y me relató el asedio incansable a que la habían sometido hombres atractivos, pero invariablemente pérfidos, que la dejaban tirada después de arrebatarle su inocencia.

—¿Cuántas veces se puede arrebatar la inocencia? —le pregunté con curiosidad sincera. Ella se rio echando la cabeza hacia atrás y exhibiendo un cuello interminable, blanco, perfecto. Guardó un breve silencio y dijo con una mezcla de arrepentimiento y picardía:

—Una vez lo hice sobre la mesa de un despacho.

—Yo lo más erótico que he hecho nunca sobre la mesa de un despacho ha sido mirar la chica de la contraportada del As.

Recibió mi comentario con otra carcajada encantadora. No recuerdo el resto de la conversación, solo que en un momento dado se levantó, dijo: “No te beso porque me acabo de retocar los labios” y no volví a verla más. Falleció al poco, en un accidente de moto.

—Por supuesto que Alison tenía principios —le digo al Acólito—. Olvidas lo impuntual que era siempre. Cuando corría el riesgo de llegar a la hora por algún imprevisto, pedía al taxista que diera un par de vueltas a la manzana por favor.

—Hablo de auténticos principios —repone el Acólito en un tono cortante—. La gente carece hoy de un sólido sistema de valores.

—A mí no me hubiera importado tener un sólido sistema de valores —tercia Raymond Bauer como si hablara de un color de pelo o de un chalet en la costa—. Y de verdad que lo intenté, pero los que veía defender con tanto entusiasmo en la facultad estaban llenos de agujeros cuando los examinabas un poco más de cerca.

Bauer es el pianista del Claridge y, aparte de Thelonious Monk, sus grandes aficiones son, por este orden, el carajillo de Magno y sacar de sus casillas al Acólito.

—O sea —le desafía este—, en tu opinión el bien no existe.

—Por supuesto que existe —responde Bauer—. Ninguna civilización ampara la mentira o la cobardía. A mí no me oirás la estupidez esa de que todas las ideas son respetables. Hay tipos que creen que la Tierra es plana y nunca me cansaré de llamarlos idiotas, pero no creo que haya que detenerlos por ello.

—Pero si tú sabes que algo es falso, ¿por qué toleras su difusión? La pasividad ante la mentira es tan dañina como la propia mentira.

—Cierto, pero hay ámbitos en los que es preferible dejar a la gente equivocarse. Podemos castigar aquello que causa un daño contrastado a los demás, como saltarse un semáforo o defraudar a Hacienda, pero, ¿a quién perjudicaba Alison?

—A sí misma —proclama rápidamente el Acólito.

—Murió en un accidente de tráfico, no de una sobredosis. Pero incluso aunque hubiera sido víctima de sus vicios, ¿qué es la vida? ¿Somos un experimento irrepetible, que conviene apurar intensamente, o formamos por el contrario parte de un plan cósmico, cuyas directrices son trabajar, no dar la lata y durar mucho? Nadie lo sabe y, si somos un experimento, la intensidad y la libertad importan más que la productividad y la longevidad. ¿Qué más da lo que duremos? En el fondo, tenía razón Robert Louis Stevenson cuando decía que todos morimos jóvenes porque a todos nos llega la hora antes de lo que quisiéramos.

Dicho lo cual, Bauer se levanta y da por concluida su pausa reglamentaria.

—Un experimento irrepetible —farfulla el Acólito observándolo dirigirse hacia su piano—. Un experimento irrepetible —insiste con una sonrisa que inicialmente me desconcierta, pero que en seguida reconozco con horror. Es la misma que en 1980, en un comedor universitario de París, tenía dibujada en el rostro un partidario de Jomeini mientras me contaba que en realidad los españoles deseábamos que los musulmanes vinieran a rescatarnos de nuevo.

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