El retorno del caudillo

Nunca antes los partidos populistas habían disfrutado de un respaldo tan amplio en Europa. El voto radical se ha duplicado prácticamente desde 2000. ¿Qué podemos hacer para pararlo?

Dionisio Ridruejo comentó en cierta ocasión que podría escribirse la historia de la Segunda República sin hacer una sola referencia a la Falange. La formación de José Antonio Primo de Rivera obtuvo un minúsculo 0,4% de los sufragios en las elecciones de 1933 y un todavía más irrelevante 0,07% en las de 1936. Únicamente prosperó en vísperas de la Guerra Civil, cuando la crispación se apoderó de la sociedad española y se impuso lo que su líder denominaba “la dialéctica de los puños y las pistolas”.

“De repente parecía que todo el mundo era falangista”, me dice Víctor Lapuente Giné desde Gotemburgo, donde da clases en el Instituto para la Calidad de Gobierno. En El retorno de los chamanes (Península, 2015) este politólogo denuncia que, como entonces, el fantasma del populismo recorre Europa. Por todos lados surgen iluminados que prometen resolver los problemas ante los que la democracia liberal ha fracasado. Esta misma mañana me he tropezado con la siguiente soflama en internet: “Todos los trabajadores, ante la angustiosa situación presente, han de preguntarse a qué se debe el que, a pesar de los constantes cambios de Gobierno, a pesar de haber gobernado las izquierdas, a pesar de los Gobiernos de centro y de derecha, el paro aumente sin cesar”.

Seguro que les suena. Lo que pasa es que no la pronunció Pablo Iglesias durante la pasada campaña, sino José Antonio hace 80 años. Lapuente la llama “la retórica del chamán” y es eterna. “Se basa”, escribe, “en la indignación, en la lucha, en soñar con lo imposible, en poner la realidad frente a la utopía, en las grandes expectativas”. Tan grandes, que acaban a menudo aplastando a sus ejecutores.

Lapuente defiende, por el contrario, una aproximación “humilde, reactiva”, que aborde los asuntos sin prejuicios ideológicos, mediante ensayo y error, quedándose con lo que funciona con la misma naturalidad con que los socialdemócratas suecos han adoptado el cheque escolar, una medida que aquí asociamos con el neoliberalismo más rancio.

Así es como entendemos la política en Europa desde, por lo menos, la Segunda Guerra Mundial: una exploración civilizada y (en la medida de lo posible) científica de puntos de encuentro y consensos en los “temas de valencia”, es decir, en aquellas cuestiones que nos preocupan a todos: el empleo, la seguridad, la justicia… Pero hoy se lleva todo lo contrario. Los nuevos caudillos buscan puntos de desencuentro y disenso. “No sabemos qué edad de jubilación proponen, pero sí qué monumentos querrían retirar de las plazas o cómo vestirían a Melchor en la cabalgata”, escribía Lapuente hace unos meses en El País. Se han convertido en “guerreros culturales” y no conciben la política como un proceso de negociación, sino como una lucha entre ellos y nosotros, la casta y el pueblo, los corruptos y la gente decente.

En principio, parece una mala estrategia. Si quieres ganar las elecciones, ¿no debes elaborar un programa que no suscite grandes rechazos? ¿No postula el teorema del votante mediano que hay que aproximar el discurso al del ciudadano que ocupa el centro del espectro ideológico? En condiciones normales de presión y temperatura quizás sea así, pero “en tiempos de crisis nos volvemos más vulnerables a las teorías conspiratorias”, dice Lapuente. “Es lo que pasó también en la Europa de entreguerras”.

Además, el desencanto ha atomizado el arco parlamentario y esta dispersión hace más rentable el frentismo. Cuando basta un 25% de los sufragios para erigirte en una fuerza decisiva, tiene más sentido “energizar a los fieles que atraer a los indecisos”.

Finalmente, “los nuevos medios se han transformado en cámaras de eco que favorecen la polarización”. Se acabaron los días en que un redactor jefe seleccionaba, valoraba y titulaba los contenidos que consideraba relevantes para su audiencia. Ahora cada ciudadano se fabrica su propia portada. Recogemos las noticias que nos interesan en las redes sociales y, como en general preferimos leer a personas con cuya opinión coincidimos, tendemos a crear burbujas culturalmente compartimentadas, en las que el sonido de nuestro pensamiento rebota sin fin.

Los propios algoritmos de internet potencian este aislamiento al memorizar nuestras preferencias y ordenar los resultados de búsqueda de modo que los analistas predilectos queden por encima. El activista Tom Steinberg, partidario de la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea, contaba que, al día siguiente del referéndum, se metió en Facebook para ver cómo respiraban los defensores del brexit, pero “el filtro de la burbuja es tan fuerte […] que no soy capaz de dar con nadie que esté feliz a pesar de que la mitad del país está hoy exultante”.

“¿Es posible cambiar la política retórica dominante?”, se pregunta Lapuente.

Bajar a su terreno. “La lucha de fondo es intelectual”, me explica el abogado chileno Axel Kaiser en la Fundación Rafael del Pino, donde ha venido a presentar El engaño populista (Deusto, 2016), un ensayo que ha escrito a medias con la politóloga guatemalteca Gloria Álvarez. “Iglesias lo dice textualmente: hay que apoderarse del lenguaje, porque a través de él se construyen realidades en la mente de las personas”.

“Han llevado la lucha de clases al discurso cultural”, añade Álvarez refiriéndose a Podemos. Kaiser igual no les dice nada, pero Álvarez probablemente sí. En noviembre de 2015 lanzó en el Parlamento Iberoamericano de la Juventud un vibrante alegato que se viralizó rápidamente y lleva casi 1,4 millones de visualizaciones en Youtube. El tema de fondo era el mismo que hoy la trae a Madrid: cómo plantar cara al populismo. “A los que están desesperados”, continúa, “les cuenta que la culpa de su postración no es suya, sino de otro: de la casta en España, de los gorilas en Argentina, de los pelucones en Uruguay, de los ojiclaros en Ecuador… Es el colmo, porque el propio [Rafael] Correa es ojiclaro, pero su capacidad de convicción es tal, que no se lo toman en cuenta”.

“La disputa ya no es racional, sino emocional”, abunda Kaiser.

“La izquierda sabe que no tiene nada que hacer en el terreno de los datos”, dice Álvarez.

“La evidencia empírica es inapelable”, confirma Kaiser. “El capitalismo ha mejorado espectacularmente las condiciones de vida en todo el planeta, pero a nuestro cerebro le cuesta entender los mecanismos de alta complejidad, como el funcionamiento del mercado. La planificación le resulta más familiar y asequible. Después de todo, nuestra estructura neurológica no ha variado nada desde los tiempos en que éramos cazadores-recolectores y lo compartíamos todo”.

En El engaño…, Kaiser y Álvarez señalan que ese es el talón de Aquiles de los liberales. “Han pecado de un excesivo formalismo” y, aunque “es esencial el trabajo intelectual riguroso, la forma resulta fundamental para entregar el mensaje”. Mientras la retórica populista excita los sentimientos (la esperanza, el resentimiento, la empatía con el que sufre), la capitalista despliega cifras y argumentos, y “no es la información sobre los hechos” la que determina el juicio de los votantes.

“Esta batalla no se puede dar exclusivamente desde la academia”, dice Álvarez. “Hay que bajar a Twitter y el resto de redes sociales”.

“Queremos ir a pelear a su terreno”, asegura Kaiser, “pero con un objetivo muy distinto: empoderar a los ciudadanos, no al Estado”.

Despojo. Hay muchos argumentos de Kaiser y Álvarez con los que simpatizo. Es innegable que estas últimas décadas de hegemonía neoliberal han asistido a una espectacular victoria sobre la pobreza y que el marxismo tiene muy poquitos logros que exhibir (por no decir ninguno). Pero, ¿resulta prudente plantarle cara con sus mismas armas, aunque sea “con un objetivo muy distinto”?

Uno de los paralelismos más inquietantes entre los años 30 y la situación actual es la velocidad a la que ha ido comprimiéndose el centro político. “Nunca antes los partidos populistas habían disfrutado de un respaldo tan amplio en Europa”, alerta el investigador Andreas Johansson en la introducción del Índice de Populismo Autoritario, un informe que elabora para el think tank sueco Timbro. Los votos radicales se han duplicado prácticamente desde 2000. The Economist atribuye su auge al desigual reparto de los dividendos de la globalización y al terror yihadista, entre otros motivos. Muchos ciudadanos han dado la espalda a los líderes tradicionales ante su patente ineptitud.

Este rechazo no se limita al fondo, sino que afecta también a la forma. Tanto en la izquierda como en la derecha se aprecia una apelación muy falangista a la necesidad de afrontar el debate público “no de una manera blanda, suave, sino enérgica, viril”. Hay un vídeo en el que Iglesias alardea de hacer “política masculina, con cojones”, e insta a decirle al poder: “Aquí estamos yo y mis pelotas”.

En el otro extremo, el novelista Juan Manuel de Prada publicaba en julio en XL Semanal una diatriba contra la “tibieza y cobardía” del “moderadito” y su disposición a “ceder una porción de lo que piensa […] a cambio de tomar una porción de la opinión contraria”. “¡Cómo le gustan al moderadito los matices!”, escribía. “Se moja las bragas matizando, el tío; y si […] puede consensuar, entonces ya se corre de gusto”. Y concluía invitando a pisarlo “porque, al fin, es un despojo humano, un hijo del demonio, un reptil”.

Ni Iglesias ni Prada encarnan posiciones mayoritarias, pero tampoco lo eran la falangista o la comunista en febrero de 1936, cuando se puso en marcha una deliberada espiral de provocaciones que obligó a cada español a alinearse en uno u otro bando, hasta que no quedó ningún “moderadito”.

Esta estrategia intimidatoria es la esencia del totalitarismo. El filólogo Umberto Eco observaba en 1995 que si el Duce reapareciera con sus camisas negras, sus delirios imperiales y su antisemitismo no tendríamos la menor dificultad en desenmascararlo y denunciarlo. Pero el fascismo, como el populismo, no adopta nunca el mismo aspecto. Es una actitud, más que una ideología. De hecho, a menudo enarbola los mismos ideales que sus adversarios, pero con esteroides: su democracia es la única que refleja el sentir profundo de la nación, su justicia es integral, su libertad auténtica, su prosperidad inagotable…

Romper el ciclo. “Nadie sabe con certidumbre qué política es la adecuada para un determinado problema colectivo”, escribe Lapuente. Con las grandes reformas sucede lo mismo que con esos manuales de management que prometen la fórmula de la excelencia: al cabo de unos pocos años el 80% de las empresas que presentan como modélicas han cerrado. “Las políticas públicas también quiebran”, asegura Lapuente. Si carecen de flexibilidad para adaptarse a un entorno cambiante, saltan en pedazos.

Por eso depositar muchas esperanzas en un caudillo providencial solo conduce a la melancolía. Y eso en el mejor de los casos, porque a menudo las soluciones extremas movilizan a las fuerzas opuestas y desatan un enfrentamiento devastador. La abuela de Lapuente lo vivió en su propia carne. “Los milicianos la encañonaron con una pistola por esconder a un familiar derechista” y las “juventudes falangistas la insultaron por hablar como los perros, es decir, en catalán”. Presenció cómo “el cacique del pueblo proclamaba que el país no iría bien hasta que los pobres se vieran obligados a comer forraje” y cómo las hordas revolucionarias “asaltaban el convento y arrancaban los ojos a los frailes que cuidaban a enfermos”.

Los fanatismos se alimentan mutuamente. “Los grandes chamanes neoliberales han emergido en aquellos lugares donde humean todavía las cenizas de los grandes chamanes nacionalizadores de la economía. Y viceversa”.

Hay que romper este ciclo, no sumarse a él, por muy encomiable que sea nuestro objetivo. “Los chamanes que amenazan el bien común”, advierte Lapuente, “se ocultan en todos los partidos, todas las instituciones, todos los colectivos sociales y todos los grupos de comunicación”. La batalla relevante no es la ideológica (izquierda y derecha, nueva y vieja política, europeístas y euroescépticos), sino la que libramos por mantener fuera de la historia de la república al falangista que todos llevamos dentro.

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