Introducción a la kakonomía

En el sur de Europa las cosas no salen como salen por casualidad, sino porque hemos optado por el camino de la mediocridad, que es una especie de Tao mediterráneo.

Mi amigo Jesús ha estado un mes navegando por las Cícladas y me cuenta que aquello es el último paraíso mediterráneo. “Habrá que aprovecharlo mientras dure”, le digo tras escuchar sus andanzas, “porque acabará masificado, igual que ha sucedido con la costa española”. “No lo creo”, me responde, “no veo yo a los griegos matándose para exprimir sus recursos como nosotros. Y no porque tengan mayor sensibilidad ecológica. Sencillamente, no les compensa”.

El país se rige por lo que el sociólogo Diego Gambetta y la filósofa Gloria Origgi han bautizado como kakonomía (kakós es malo en griego, así que el término significa exactamente lo que parece). Las cosas se hacen mal adrede. Como sostienen en La curiosa preferencia por la baja calidad, entre las dos partes de una transacción se da a veces una aceptación mutua de la mediocridad, cuya base sería un pacto tácito: te dejo que incumplas tus compromisos porque quiero conservar la posibilidad de faltar a los míos sin sentirme fatal. Es más, en algún caso se diseñan reglas destinadas a prevenir “la intrusión de la alta calidad”.

La periodista Manuela Saragosa cuenta en la BBC que estos dos académicos desarrollaron su hipótesis tras coincidir en un frustrante congreso italiano: el número de asistentes era la mitad o el doble del anticipado, nadie respetaba los tiempos previstos para las ponencias, las presentaciones no se revisaban, los gastos se reembolsaban parcialmente o no se reembolsaban en absoluto, etc. ¿Cómo podía salir todo mal? Incluso en el supuesto de que los responsables del simposio se hubieran propuesto que nada funcionara, siempre queda algún despistado que cumple su labor. Los italianos habían logrado, sin embargo, un caos perfecto. ¿Cuál era su secreto? ¿La falta de recursos? ¿La ineptitud? ¿La corrupción? ¿La mafia? Tras darle varias vueltas, Origgi y Gambetta concluyeron que aquel alarde de chapuza no podía ser obra de unos pocos gestores, sino de una conspiración mucho más general.

Damos por supuesto que, como seres racionales, preferimos lo bueno a lo malo y que exigimos de los demás la máxima prestación. Hasta cuando no estamos dispuestos a corresponder dando lo mejor de nosotros, nos molesta que nos ofrezcan un servicio de segunda. Pero la realidad desafía esta presunción a cada paso. El mundo está lleno de situaciones en las que se intercambian resignadamente productos de baja calidad. Se trata de una situación económicamente indeseable, porque conduce a una menor eficiencia, con todo lo que ello comporta: pobreza, enfermedades, injusticia, infraestructuras que se caen al menor contratiempo, etc.

Desde la izquierda y la derecha se ha atribuido tradicionalmente este deficiente estado de cosas a algún tipo de opresor (la oligarquía, la Iglesia, el socialismo real) que impide al pueblo liberar su auténtico potencial, pero ¿no podría ser ese mismo pueblo el que hubiera renunciado a la excelencia a cambio de un nivel inferior de estrés?

Porque desde un punto de vista estrictamente personal, la kakonomía te releva de la tiranía de la perfección y te permite llevar una vida más relajada. “Los constructores italianos nunca entregan en plazo, pero tampoco esperan que les pagues puntualmente”, razona Origgi en Edge. Saragosa va un paso más lejos y reivindica la mediocridad como modelo existencial.

Es verdad que el ranking de los mejores lugares donde nacer que elabora The Economist lo encabezan Suiza, Noruega, Suecia o Dinamarca, y que España no aparece hasta el puesto 28 (de 80). Nuestras calles sucias y ruidosas echan un poco de espaldas al principio, pero si el visitante supera esta repugnancia y se suma al flujo de alborozo e inmundicia hasta hacerse uno con él, su conciencia se abrirá a una dimensión desconocida para los pulcros y discretos luteranos.

Es el camino de la medianía, que vendría a ser una especie de Tao mediterráneo y buscaría la serenidad a través de la propia aceptación. La bloguera Krista O’Reilly se esfuerza cada mañana en disfrutar de su vulgaridad. “Cuando digo que soy mediocre es que lo soy”, le explica a Saragosa. “Me encanta aprender, pero no soy la persona más brillante. Me encanta escribir, pero eso no significa que sea la mejor escritora. Soy plana”.

El capitalismo meritocrático ha elevado la humanidad a cotas desconocidas de bienestar material, pero hemos pagado por ello un precio que a muchos les resulta inasumible. “El mensaje es siempre haz más, haz más, sacrifica horas de sueño, sé productivo, corre, corre, corre”, dice O’Reilly. “A mí esto me destruye”.

La carrera del ratón quizás les traiga cuenta a unos pocos, pero a la mayoría el esfuerzo nunca los llevará a lo alto del podio (es imposible: solo hay un primero, un segundo y un tercero), sino a una decorosa mediocridad. ¿Por qué no disfrutar de ella, como hacen los habitantes de las Cícladas? Este mismo post pensaba haberlo corregido un poco más, pero…

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