Los criminales somos gente honrada

¿Qué es lo que hace que algunos capos de la Mafia no solo prosperen, sino que encima nos caigan bien?

Guillermo de Haro (Portugalete, 1974) se crio en un País Vasco enrarecido por la violencia terrorista. “Yo no me involucré como otra gente, pero estaba rodeado de amigos y parientes que militaban en un bando u otro”, recuerda. Las cosas eran blancas o negras: el guardia civil era bueno (o malo), el etarra era malo (o bueno) y ya está.

Entonces llegó la Ertzaintza y el esquema saltó en pedazos. Muchos nacionalistas para los que la policía había sido el enemigo vieron cómo de repente su vecino, un tipo entrañable, se hacía ertzaina alegando que “era un modo de vida”.

Para un adolescente como De Haro aquello resultaba desconcertante. ¿No era el nacionalismo una cuestión de principios? ¿Cómo podía alguien renunciar a sus ideales por algo tan prosaico como “un modo de vida”?

Y no pasaba solo con las fuerzas de seguridad. “Nadie nace terrorista”, explica, “es importante entender qué impulsa a alguien a hacer cosas tan terribles. Además del componente emocional, hay otros aspectos que pueden hacer la actividad bastante atractiva: trabajas poco, tienes poder de vida y muerte sobre el prójimo y ganas una pasta. Pero ¿qué pasa cuando retiras de la ecuación la parte de ganas una pasta?”

El problema se planteó en 2002, cuando la Ley de Partidos ilegalizó Batasuna y le cerró el grifo de fondos públicos. “A muchos chicos de mi edad les habían pagado un montón por hacer el cabestro”, cuenta. Hablaban de la opresión del pueblo vasco, pero la quema de contenedores y autobuses no era la culminación de un laborioso proceso intelectual. “Los borrokas que la policía detenía en los años 70 tenían libros de Marx, pero en los 90 lo que incautaban eran novelas de Agatha Christie y de Marcial Lafuente Estefanía”.

Esta desideologización complicó la renovación generacional. Cuando ETA tuvo que reclutar cachorros invocando exclusivamente el amor a la patria, los voluntarios empezaron a ralear. Muchos veteranos concluyeron que la molicie había corrompido a la sana juventud euskaldún, pero cabía también la posibilidad de que esta no hubiera sido tan sana antes ni fuese tan corrupta ahora. El dinero era una palanca más que interactuaba con el resto de motivaciones, reforzándolas o neutralizándolas, y moviendo a las personas de un bando a otro.

Y todo ello sin que dejaran de ser el mismo vecino entrañable.

Esta idea de que el ser humano no es ni bueno ni malo, sino que maximiza utilidades, se le hizo aún más evidente a De Haro cuando llegó la saga de El Padrino. “¿Cómo podían caerme bien aquellos tipos?”, se preguntaba. La Mafia no la integraban individuos diabólicos, criminales de una pieza. Eran educados, generosos, hombres de honor, casi gente honrada. ¿Por qué habían acabado en el lado oscuro? ¿Qué los retenía en él? ¿Cómo se las arreglaban para sobrevivir y plantar cara al Estado?

De Haro era ingeniero de formación. Notaba que le faltaban herramientas para entender lo que pasaba a su alrededor y se matriculó en la IE Business School, donde hoy es profesor asociado.

Orden. “La diferencia entre mi empresa y la Mafia es que la Mafia está organizada”, le dijo una vez un amigo a De Haro. El capitalismo normal tolera mal la improvisación, pero su versión sumergida es aún más implacable. Solo una mente ordenada prospera. “Si le pusieran delante los organigramas de McDonald’s y de los Discípulos Negros, no los distinguiría”, escriben Steven Levitt y Stephen Dubner en Freakonomics. Los Discípulos Negros son una banda de crac cuya contabilidad cayó en manos del sociólogo Sudhir Venkatesh. Allí estaba todo anotado: en una columna, los ingresos por ventas o extorsión y, en otra, el gasto en personal y mercancía, las armas, la cuota que abonaban al franquiciador para operar en su zona… Había hasta una partida de “miscelánea”, que incluía el pago a las viudas de los empleados fallecidos en acto de servicio y los “eventos comunitarios”, es decir, su actividad de mecenazgo. Igual que cualquier firma moderna, “los Discípulos Negros se esforzaban para que se les viera como un pilar de la sociedad, no como un azote”, explican Levitt y Dubner. Y añaden: “Mientras los niños de papá blancos imitaban cuidadosamente la cultura de los raperos negros de los guetos, los criminales negros de los guetos imitaban cuidadosamente la cultura corporativa de los papás de los niños blancos”.

“La Mafia es una empresa”, sentencia De Haro. Por eso se parecen tanto.

Louis Ferrante, un antiguo capo del clan de los Gambino reconvertido en gurú, va más lejos. Sostiene que “los mafiosos con éxito no son muy distintos de los ejecutivos de élite o los líderes políticos” (una afirmación que muchos suscribirán) y que el paso por la Cosa Nostra proporciona “la suficiente sabiduría popular para triunfar en cualquier negocio”. Es algo así como un máster en Harvard, solo que si suspendes acabas en el fondo del lago Michigan o en el maletero de un coche.

De Haro coincide “con matices”. “Podemos aprender sobre gestión empresarial analizando las decisiones [de don Vito]”, escribe en Corleone Business School (JDB, 2013), pero sin perder de vista que “es un personaje violento”. En la primera entrega de El Padrino mueren 30 personas, algunas de forma especialmente sangrienta, como Luca Brasi, a quien inmovilizan clavándole la mano en la barra del bar antes de estrangularlo con una fina de cuerda de seda.

Aunque Mario Puzo se puso a escribir la novela para saldar una deuda de juego y no había visto un gánster en la vida, su imaginación no desmerece de la realidad. En Gomorra, Roberto Saviano cuenta que los sicarios napolitanos jalean sus fechorías como goles. “¡Hemos hecho dos piezas!”, exclama uno de ellos entusiasmado cuando el telediario anuncia el homicidio de dos miembros de una banda rival.

“Todo eso es innegable”, admite De Haro, “pero no podemos enterrar la cabeza como un avestruz y no hablar de ello para ver si deja de existir. Cuanto más sepamos, mejor podremos combatirlo”.

Drogas no. En Corleone Business School, De Haro analiza la ejecutoria de don Vito como si fuera un caso de escuela de negocios. Explica que empieza vendiendo aceite y, tras la eliminación del matón Fanucci, se convierte en el nuevo suministrador de seguridad de Little Italy, un barrio de Manhattan.

Durante la Ley Seca hace una fortuna usando su flota de camiones para distribuir alcohol y, una vez derogada, diversifica en apuestas ilegales y prostitución. En el momento en que arranca El Padrino, en agosto de 1945, Puzo lo retrata en su imponente mansión de Long Beach, recibiendo a los invitados a la boda de su hija.

¿Cómo de sólida es su situación económica? De Haro emplea para determinarlo el modelo de las Cinco Fuerzas, una herramienta de Michael Porter que mide distintos riesgos: el vigor de la competencia, los posibles entrantes, el poder de los proveedores y de los clientes y los productos sustitutivos. A la luz de estos factores, el panorama de los Corleone se presenta razonablemente despejado. Por el lado de la competencia, las familias se han repartido el mercado y cada una opera como un monopolio regional. A los entrantes los eliminan (literalmente) conforme surgen. Tampoco dependen de ningún proveedor, porque se dedican a la seguridad y el ocio, y los clientes carecen de alternativas, de modo que no pueden rechazar sus ofertas.

Solo la llegada de las drogas empaña este apacible escenario. El consigliere Tom Hagen lo explica lúcidamente. “Si no entramos”, dice, “lo hará otra familia… O puede que todas. Con lo que ganen podrán comprar policías y políticos, y nos eliminarán. […] Podemos perder todo lo que tenemos”.

Pero don Vito se niega. Tiene una visión muy clara de adónde lleva su empresa: quiere reintegrarla al mundo legal, y eso es incompatible con el narcotráfico.

Comparte, sin embargo, el diagnóstico de Hagen: no puede perder terreno frente a las bandas que van a vender heroína y necesita un producto sustitutivo. Las apuestas, la prostitución y la protección son actividades maduras, sin apenas recorrido. Debe incorporar a su cartera algún negocio de crecimiento y ve en los casinos la oportunidad.

Para acometer esta reorientación cuenta con tres fortalezas: el territorio, que le suministra un flujo de caja regular; la red de políticos y jueces, que le garantiza seguridad jurídica, y una sólida cultura corporativa. La relevancia de este último aspecto puede parecer menor, pero “es clave”, según De Haro, en las organizaciones con fuerte “componente intangible o humano”. Permite que la estructura reaccione rápida y coherentemente, sin necesidad de esperar a recibir el visto bueno del jefe. Por razones obvias, don Vito da pocas órdenes, y a un estrechísimo círculo: el consigliere y sus hijos, básicamente. Todos saben lo que deben hacer. En un entorno incierto, hay que ceder mucha iniciativa a los subordinados. Sucede lo mismo con el I+D. A los ingenieros que desarrollaron el iPhone, todo lo que Steve Jobs les indicó fue que el móvil debía tener “un solo botón”.

Michael Corleone heredará la visión de su padre y, al principio de la tercera parte de la saga, se ha convertido en una de las primeras fortunas de América. El cambio empresarial está consumado. Sin necesidad de entrar en las drogas, ha multiplicado los ingresos de los Corleone y se dispone a dar el salto definitivo a la legalidad con la compra de Immobilare, la constructora de El Vaticano.

Pero la propia modernización que ha introducido en la gestión está degradando el cemento que le daba cohesión.

Silencio. Como los Corleone, Louis Gerstner tuvo que imprimir un giro a IBM, para que dejara de ser una compañía de producto y se convirtiera en otra de servicios. Lo cuenta en Quién dice que los elefantes no pueden bailar, un libro del que De Haro recoge la cita siguiente: “Por supuesto, personas distintas tienen motivaciones distintas. Unas se mueven por el dinero. Otras por el reconocimiento. Otras por la promoción […]. Y muchas pueden sentirse inspiradas por una visión clara y excitante del futuro. Durante los años que estuve en IBM, utilicé la mayoría de estas palancas”.

En recursos humanos, el prêt-à-porter no vale. Esto es algo que la Mafia aprendió hace mucho. “Para ella es esencial identificar cuáles son las motivaciones de cada uno”, dice De Haro. Su supervivencia depende de entender quién funciona por dinero, quién por miedo y quién por lealtad.

Don Vito es un jefe empático. Combina la generosidad con la mano dura. Para él los empleados forman de verdad una familia. Michael es más pragmático. Gestiona con criterios profesionales. Las consideraciones sentimentales no lo detienen. Si debe matar a su hermano, lo mata. No se da cuenta de que esas consideraciones sentimentales son el entramado que sostiene el negocio.

“Michael comenta que sus hombres son todo lo buenos que el dinero puede comprar”, escribe De Haro. “Su ejército no se basa en la omertà [la ley del silencio] y otras reglas sicilianas. Son mercenarios”. Sin darse cuenta, ha resquebrajado la cultura, “una de las ventajas competitivas de la familia”.

A la larga, este descuido hará vulnerables no ya a los Corleone, sino a toda la Mafia. Contar con sujetos dispuestos a realizar trabajos sucios sin cuestionarlos es clave en la competitiva industria del crimen. Las bandas italianas fueron imbatibles mientras reclutaron a sus soldados en Sicilia o Campania, donde se les infundía un respeto ciego por la familia. Pero la exposición al sueño americano socavó esta mentalidad. “Las segundas generaciones no entienden de pactos de silencio”, dice De Haro. “Ven que si no hablan los encierran a perpetuidad y que si hablan salen a los cinco años. Y hablan”.

El buen salvaje. “Eso de que se nace malo o bueno es cuestionable”, reflexiona De Haro. “Cualquiera se puede convertir en un canalla”. Depende de los incentivos y el entorno. Don Vito llega a América huyendo de la miseria de Corleone y se hace mafioso porque se niega a aceptar los dictados de una sociedad que lo hubiera condenado a una vida indigna.

Ni a él ni a Michael los complace la existencia que llevan, pero no se ven a sí mismos como delincuentes, sino como empresarios que, en palabras de Marlon Brando, “satisfacen una demanda desatendida” (a menudo por decisiones discutibles, además, como la Ley Seca o la prohibición de las apuestas). Por otra parte, tampoco encuentran facilidades cuando quieren salirse: en El Padrino III, los respetables gestores de Immobilare los intentarán estafar miserablemente.

En este universo paradójico de malos honorables y buenos abyectos no debería sorprendernos que la Mafia triunfe cuando sus miembros se mueven por lealtad y se hunda cuando lo hacen por dinero. Solo los criminales decentes prosperan.

Por eso a veces nos caen bien.

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2 Respuestas a “Los criminales somos gente honrada

  1. Muy de acuerdo con la Corleone Business School, con el post y con Guillermo de Haro. El libro de Mario Puzo en el que se basa la grandísima película de Coppola comienza con una cita de Balzac: “Detrás de cada fortuna, hay un crimen”.
    Y posiblemente esa frase sea válida tanto para mafiosos como para empresarios o banqueros de éxito. La película es una gran escuela de negocios en todos los sentidos: la importancia del favor, de la lealtad y por supuesto de la cercanía a jueces y políticos. “La política y el crimen son la misma cosa”, llega a decir Michael, o “mi padre no es diferente de otros hombres poderosos, como un senador o presidente”.
    O cómo estos mafiosos ceden el poder a sus hijos al modo de las dinastías reales o de modo similar a tantos empresarios hoy día, Ibex-35 incluido.
    Mi amiguete Travis quiso escribir sobre esta peli el mismo día del fallecimiento de Emilio Botín, él sabrá por qué (enlace: http://wp.me/p4WfwG-2h).
    Saludos.

  2. Como siempre, se puede ver la botella medio llena o medio vacía. Al advertir cuánto comparte el empresario con el mafioso, se puede concluir que lo bueno está lleno de cosas malas, pero también que lo malo está lleno de cosas buenas. En ‘The Wire’ los personajes más atractivos (incluso decentes) no son los policías, sino los delincuentes. Un abrazo y gracias por tu comentario.

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