El rostro más humano de la nueva derecha estadounidense

El presidente del American Enterprise Institute, Arthur Brooks, asegura que el capitalismo es el sistema más justo que existe, porque es el que más oportunidades ofrece. Y lo demuestra con su propia vida.

En ese tiempo remoto, Arthur Brooks (Washington, 1964) se dedicaba a recorrer los caminos del mundo con su quinteto de metal. Era trompista profesional y el 14 de julio de 1988, mientras interpretaba su habitual repertorio barroco en la ciudad francesa de Dijon, reparó en una jovencita del público que no dejaba de mirarlo. “Era superguapa y ¡me estaba sonriendo a mí!”, recuerda en la Fundación Rafael del Pino como si todavía hoy le costara creerlo. “En cuanto acabó el concierto, me fui a por ella”.

Se llamaba Ester Munt y era también música, aunque de una especie distinta. Había dejado el instituto para cantar en un grupo de funky llamado Atlanta, “algo muy raro en aquel momento”, como dicen en el blog El Viejo Pop. Tienen que ver el vídeo. Es todo muy años 80. El teclista hace que Elton John parezca discreto; el vocalista va en tirantes y con una caperuza dorada, como de escriba egipcio, y las niñas están divinas, con sus blusones igualmente dorados, contoneándose y maullando: “Tell me why, tell me why!”

Siguiendo a Ester, Brooks ha acabado al frente del American Enterprise Institute (AEI), el principal think tank conservador de Estados Unidos. “Es el intelectual más influyente del Partido Republicano”, asegura Pablo Pardo, el corresponsal de El Mundo en Washington.

Pero no adelantemos acontecimientos.

En 1988 era aún “un músico colgado”, como él mismo se define en su impecable castellano. Y de izquierdas. Y Ester ya ni les cuento. “En Barcelona son todos vermells com a llagostes”, me dice Brooks esta vez en catalán. O sea, rojos como langostas.

Ella tenía 25 años. Él 24. Pasaron un par de días juntos en Dijon, no hablaban ningún idioma común, pero bajo el cielo iluminado por los fuegos artificiales de la fiesta nacional francesa Brooks tuvo la certidumbre de que había conocido a la mujer de su vida y así se lo comunicó a sus padres cuando regresó a Estados Unidos.

Ester debía de sentir algo parecido, porque esas navidades vendió su coche para ir a verlo a Nueva York. Brooks no solo aceptó la apuesta, sino que envidó más. Mandó su currículo a todas las secciones de viento de Cataluña hasta que se lo aceptaron en la Orquesta de la Ciudad de Barcelona y, en el verano de 1989, se mudó a España.

Como si fueran la letra de un bolero, durante dos años vivieron humildemente, en un cuarto chiquito con muy pocos muebles, contentos y llenos de felicidad, hasta que “Ester decidió que quería sacarse el BUP [el bachillerato unificado polivalente anterior a la Logse]”, rememora Brooks. “Tenía que estudiar matemáticas y una mañana me dice: deberías probar, seguro que te gustan. Le respondí: qué va, no me interesan nada. Pero tenía razón, el cálculo era como resolver crucigramas”.

Luego, una cosa fue llevando a la otra. Brooks se puso a hacer cursos a distancia de estadística, de política, de poesía y, un día, cogió una asignatura de economía. “Fue como encontrar la piedra de Rosetta. De repente, disponía de las claves para descifrar lo que pasaba a mi alrededor. Y comprendí que todo lo que había pensado hasta entonces estaba equivocado”.

El origen de la prosperidad. Quienes nos hemos criado en las prósperas sociedades occidentales tendemos a dar la riqueza por sentada, como si hubiera estado siempre ahí. Lo que nos choca es la pobreza, que consideramos una anomalía, una alteración del orden natural de las cosas. “Cuando era pequeño y veía las imágenes de Biafra y de Etiopía, me preguntaba: ¿cómo es posible?”, dice Brooks. “Y me respondía: las malvadas multinacionales, que campan a sus anchas”.

De acuerdo con este esquema, la riqueza no se crea ni se destruye, únicamente cambia de manos. La miseria de unos es el subproducto inevitable de la opulencia de otros. Europa y Estados Unidos habían prosperado a base de explotar al resto de los países, y el proceso continuaba. “El 70% de mis compatriotas creen que hay más hambre que en los años 70, cuando sucede todo lo contrario. Un estudio de los profesores Maxim Pinkovskiy y Xavier Sala-i-Martin calcula que la proporción de la población mundial que vive con menos de un dólar al día se ha reducido en un 80% en las últimas cuatro décadas. ¡Hemos salvado 2.000 millones de vidas! No existen precedentes de una victoria similar en la lucha contra la pobreza”.

“¿Y quién la ha hecho posible?”, continúa. “¿El socialismo? ¿Las Naciones Unidas? ¿La planificación central? No. La globalización, la expansión del comercio, las malvadas multinacionales campando a sus anchas”.

La riqueza nunca ha sido el orden natural, sino la anomalía. Hasta el siglo XIV los europeos no recuperaron la renta per cápita de la Roma imperial: unos discretísimos 600 dólares anuales, es decir, menos de dos dólares diarios, lo que el Banco Mundial considera el umbral de la pobreza. Y aunque las cosas mejoraron tras el Renacimiento, apenas un puñado de regiones (Holanda, Inglaterra, el norte de Italia, Bélgica) superaba los 1.000 dólares anuales en vísperas de la Revolución Industrial. Entonces, el aumento de la productividad que trajo la máquina de vapor y el desarrollo de mercados amplios y competitivos, que acabaron con los monopolios que asignaban arbitrariamente los reyes, abrieron un breve paréntesis de prosperidad en la miserable historia de la humanidad.

“El estado de bienestar no es una consecuencia de la presión de los marxistas y los sindicatos, sino del capitalismo. Su irrupción generó los excedentes que permiten sufragar una red de seguridad. El socialismo solo distribuye y, a base de distribuir, acaba matando la gallina de los huevos de oro”.

Tras aquella epifanía y al borde ya de la treintena, Brooks y su mujer resolvieron empezar de cero. Cerraron el piso de Barcelona y se trasladaron a Florida. Brooks quería hacerse economista y, para ganarse la vida, se puso a dar clases de trompa en un conservatorio local. “Con aquellos ingresos no llegábamos a fin de mes y Ester también debió buscarse algo. Sin estudios ni conocimientos de inglés, tuvo muchas dudas al principio. ¿Quién va a contratarme?, me decía”. Hace una pausa valorativa y añade: “En el primer mes recibió cuatro ofertas. Eran empleos malos, naturalmente, pero no se quejó como habría hecho cuatro años atrás. No dijo: el Gobierno debería impedir que los empresarios explotasen así a los trabajadores. Dijo: ¿sabes?, Estados Unidos es el mejor país para la gente que busca una oportunidad”.

¡Un pobre! Cuando uno ve a este hombre hablar en público comprende por qué lo han hecho presidente del AEI. En la web del think tank hay colgada una intervención en la que desgrana su ideario a pecho descubierto: sin papeles ni teleprompter, de corrido, sin un tropiezo.

“Lo que hacen los líderes y los patriotas es luchar por los débiles”, sermonea a un auditorio de republicanos convencidos. Brooks podía haber seguido vegetando en la cátedra de la Universidad de Siracusa que obtuvo brillantemente en 2007. “Vivía bien y me divertía”, dice, “pero me considero un activista. Necesitaba un ejército para librar mi batalla por el capitalismo”.

Esa tropa es la que en el vídeo sigue con unción casi religiosa su explicación sobre cómo Estados Unidos se ha partido en dos. “Los economistas como yo”, dice mientras recorre el estrado arriba y abajo, “les contarán que en 2014 experimentamos un avance del PIB lento pero consistente, del 2,5%. Lo cierto es que se trata de dos tasas de crecimiento. La de la mitad superior es del 5%. Tremenda. Acabo de leer que las ventas de Lamborghini se han disparado el 80%. ¡Hurra! Ahora bien, la mitad inferior no ha crecido nada. Y si echan un vistazo a los datos de los últimos siete ejercicios descubrirán que su capacidad adquisitiva se ha estancado o se ha contraído cada uno de los siete años. No se había presenciado nada parecido desde la Gran Depresión”.

“Esto es un escándalo”, continúa. “El país ha perdido el norte. Casi siete de cada 10 estadounidenses lo dicen”. Y aunque las medidas de Barack Obama no funcionan, tampoco se atreven a cambiar porque “no se fían de los conservadores”.

“No me hace gracia que sea así”, dice siguiendo siempre con su trasiego, arriba y abajo, arriba y abajo. “Pero debemos afrontar los hechos. Un sondeo de Associated Press preguntó a la gente el año pasado: ¿Considera usted que el Partido Republicano es compasivo?” Brooks se detiene y se queda mirando al público con los brazos abiertos, como si esperara una respuesta. El público rebulle. “El hecho de que oiga alguna risita no es una buena señal”, comenta sarcásticamente. Y reanuda su trasiego mientras revela: “Solo un 16% dijo que sí”.

“Algunos aseguran que la culpa es de la prensa, que nos tiene ojeriza”, pero “la cuestión no es lo que los demás dicen de nosotros, sino lo que nosotros decimos. ¿Han escuchado alguna vez a un conservador hablando de política social? Suena así: ‘No podemos seguir por esta senda insostenible de gasto’. Lo habrán oído miles de veces. Y si usted es pobre, ¿qué entiende? Entiende: me importa el dinero, no la pobreza”.

Esta obsesión por hablar de cosas (el déficit, la inflación, la balanza comercial) en lugar de hablar de personas ha ido alejando a los republicanos de los problemas reales. Literalmente. Brooks rememora la anécdota de un amigo suyo que es un gran experto en temas sociales. “Trabaja en el Centro para la Investigación de la Pobreza de la Universidad de Siracusa. Es un edificio magnífico, con grandes columnas de mármol, en el que reina un silencio absoluto, ideal para escribir sesudas disertaciones sobre cómo ayudar a los humildes. Un día entró un pobre. Un pobre de verdad. Seguramente había leído el letrero que hay sobre la fachada y pensó: ‘Hombre, Centro para la Investigación de la Pobreza, igual saben cómo ayudarme a pagar el alquiler’. Pero lo que encontró fue un montón de eruditos desconcertados, que farfullaban entre sí tapándose la boca con el dorso de la mano: ‘Avisen a seguridad”.

“Nadie sabía qué hacer con aquel hombre”.

La clave. Desde que asumió la presidencia del AEI, Brooks ha convertido en una prioridad el contacto con estos pobres. “Les preguntamos qué les hace falta y nos repiten una y otra vez la misma historia. Están obsesionados por poner sus vidas en orden. Hablan de la importancia de una red de seguridad fiable. Pero sobre todo transmiten una sensación de desánimo. Han perdido la esperanza de que si trabajan duro acabarán saliendo adelante”.

No es una apreciación subjetiva. La movilidad social lleva décadas declinando en Estados Unidos. En los años 80, el 21% de los americanos que en un momento dado ocupaban el último quintil de la pirámide de rentas (o sea, el 20% más pobre) lo había abandonado 10 años después. Hacia 2005 esa cuota se había reducido al 15%.

Este estancamiento es el responsable de la creciente desigualdad. Hasta ahora, se ha intentado rellenar la brecha con subsidios, pero trasferir dinero no resuelve nada. Es una invitación a la resignación, a cronificar el problema. No hay que forzar la igualdad de ingresos, sino restablecer la igualdad de oportunidades. “Olvidémonos de rebajar a los que están arriba”, dice. “Ascendamos a los que están abajo”. ¿Cómo? Primero, arreglemos la enseñanza pública, cuyo deplorable estado “pagan los niños pobres”. Segundo, acabemos con la cultura que abomina de los “empleos precarios”. No hay empleos precarios. Todos pueden ser el primer peldaño de una exitosa carrera. “Yo mismo empecé volteando pizzas. Y no me ha ido mal”.

Finalmente removamos las barreras al emprendimiento. “A los conservadores les encanta hablar de emprendedores”, dice, “son el héroe americano. Te cuentan la odisea del tipo que empezó con un puesto de bocadillos y ha amasado una fortuna de 1.000 millones. Este es siempre el elemento decisivo: los 1.000 millones. Pero esa no es la clave del emprendimiento. La clave es que ese hombre salió adelante solo. Y luego mantuvo a su familia. Y luego se hizo independiente. Y luego contempló su vida y dijo: esto es lo que he construido… Eso es el emprendimiento. Eso es el sueño americano. Eso es lo que nuestros antepasados venían buscando. No desembarcaban en el puerto de Nueva York pensando: ‘Gracias a Dios que he llegado a América, donde al fin disfrutaré de un sistema de redistribución de la renta forzoso’. No. Pensaron: ‘Aquí puedo construir mi vida’. Esa es la clave”.

Muy tarde. Brooks cree que Estados Unidos afronta una alternativa crítica. O recupera los principios de meritocracia de los Padres Fundadores o se desliza por la senda de “un Estado irresponsable y en constante expansión”, cuya voracidad fiscal lo ha llevado a apropiarse de unos fondos a los que los particulares podrían dar un uso más productivo.

El dilema no es meramente económico. Con el bienintencionado propósito de defendernos de los rigores de la existencia, el socialismo ha tejido una trama de ayudas indiscriminadas que desincentivan el esfuerzo y nos privan de la máxima satisfacción a la que podemos aspirar: la de labrarnos nuestro propio destino.

“Los abogados de la libertad de empresa”, escribe Brooks en el New York Times, “deben recordar que el corazón del sistema no son la eficiencia ni los beneficios que reporta. Es la creación de oportunidades para las personas que más lo necesitan”. Como Ester. Como él mismo.

Hay que encarar la vida como el amor, aconseja en otra columna: sin miedo, con absoluta entrega. “Créanme, merece la pena. Después de 23 años de matrimonio y tres hijos, los automovilistas todavía le dicen cosas a mi mujer cuando vamos a Barcelona. ‘¡Demasiado tarde!’, les grito yo de vuelta”.

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