El ‘brexit’ y la fascinación de Siracusa

“Igual que los taxistas de París se oponen a Uber para defender sus puestos de trabajo, el euroescepticismo de los tories es un mecanismo de conservación del empleo”, ironiza el Financial Times.

Sigfrido Alpha es un tipo estirado en todos los sentidos de la palabra: es alto y es arrogante. Se educó en las mejores escuelas y universidades y ha heredado un patrimonio considerable, pero siente una irresistible fascinación por los ambientes populares y las ideas radicales. Suele dejarse caer bien entrada la madrugada por el Claridge, donde se dedica a hacer apostolado entre cuatro matados que a duras penas logran mantenerse sobre el taburete. “A ver si nos entendemos”, les explica inspirando ruidosamente con cierta impaciencia, “esto no es una democracia. Aquí hay una casta que gobierna en beneficio propio y que se ha transformado en una jauría depredadora, porque tras la caída de la URSS tiene la autopista para ella sola”.

Sigfrido militó en su juventud en el ala derecha del Partido Conservador, donde llegó a ser el delfín del Gran Patriarca, pero las malas lenguas cuentan que su afición a las intrigas lo perdió. Él, naturalmente, tiene otra versión. “Era un búnker neofranquista y me di cuenta de que nunca lograría reformarlo”.

Desde aquella extrema derecha inició entonces un peregrinaje constante hacia cotas cada vez más elevadas de libertad que lo ha llevado a la revolución bolivariana. “La Constitución más democrática que existe es la venezolana, es la única que defiendo ya. Francia es una democracia de baja intensidad, y España ni eso”.

Si tienes la suerte de pillarlo en una noche de inspiración, puede que te exponga además sus hallazgos sobre los orígenes del nacionalismo catalán. “La clave está en las primeras tribus indoeuropeas: cuando llegaron a la península, se pararon en el Ebro”, dice arqueando las cejas con fatalidad.

Monroe Stahr no lo soporta. Cuando algún retazo de estas disertaciones se filtra hasta su mesa, gira la cabeza, entrecierra los ojos y comenta masticando cada sílaba: “Es un ignorante”. Pero el caso es que no lo es. Sigfrido tiene una cultura enciclopédica, es un lector voraz, da clases en la universidad. Forma parte de esa progenie de intelectuales filotiránicos que Mark Lilla retrata en Pensadores temerarios: Martin Heidegger, Carl Schmitt, Walter Benjamin, Michel Foucault, Jacques Derrida… Todos ellos rindieron culto a los monstruos del siglo XX, y hasta del XXI: cuando Al Qaeda tiró las Torres Gemelas, Derrida habló del “júbilo prodigioso de ver a la superpotencia destruida”.

“Algunos grandes pensadores de este periodo se atrevieron a servir a modernos Dionisios”, escribe Lilla en referencia al asesoramiento que Platón prestó al filósofo-rey de Siracusa. “Muchos”, añade, “se adhirieron sin correr grandes riesgos a los partidos fascista y comunista en ambos lados del telón de acero […]; algunos combatieron episódicamente en selvas y desiertos del Tercer Mundo. Un número sorprendentemente alto se convirtió en peregrino de las nuevas Siracusas erigidas en Moscú, Berlín, Hanoi o La Habana. Como observadores coreografiaban cuidadosamente sus viajes con billete de ida y vuelta por los dominios de los déspotas y elogiaban las granjas colectivas, las fábricas de tractores, las plantaciones de caña de azúcar o las escuelas, aunque por una u otra razón nunca visitaban las prisiones”.

¿Qué indujo a algunas de las mentes más lúcidas de Occidente a arrojarse en los brazos de los autócratas más sanguinarios? No existe un patrón único. Benjamin se hizo marxista durante una visita a la URSS, después de enamorarse de una camarada letona, pero la lujuria no suele ser el vehículo de la conversión. Más habitual es el pecado de soberbia. Muchos eruditos se embriagan con sus construcciones y terminan “abrasados por las ideas”. Heidegger aceptó el rectorado de la Universidad de Friburgo de manos de los nazis para impulsar su proyecto de regeneración de Alemania. Como Platón, creyó quizás que podría educar a su Führer-filósofo y utilizarlo para sus propios fines. En la práctica, sin embargo, es siempre el tirano el que se aprovecha de “la vanidad y la cruda ambición” de los intelectuales, aunque sin dejar de apelar “de manera astuta y deshonesta al sentido de justicia”.

Esta combinación de vanidad, cruda ambición y astuta apelación a la justicia encaja bastante bien en el perfil de Sigfrido y tantos representantes de la gauche caviar, pero no es en absoluto exclusiva de la progresía. La hallamos también en el populismo de derechas y ha sido, de hecho, clave para el brexit. Muchos han atribuido su triunfo a la revuelta del pueblo contra las élites, pero, como Simon Kuper explica en el Financial Times, ha sido una reyerta entre exalumnos de “escuelas públicas”, que es el término contraintuitivo con que en Inglaterra se conoce a los centros más caros y exclusivos.

David Cameron, Boris Johnson o Michael Gove son criaturas de Oxford. “Desde los seis años”, cuenta Kuper, “se les forma para que hablen y escriban bien”, porque su destino es el Parlamento y la política. Su ideario no es homogéneo, pero se atiene a lo que Pablo Iglesias llama pensamiento único en sus distintas variantes: socialdemócrata, de centroderecha y conservadora liberal. No se oponen a un Estado potente, pero creen que el mercado es más eficiente asignando recursos y son firmes partidarios de la libre circulación de mercancías, personas y capitales.

Esta fe suavemente neoliberal sufrió sin embargo un duro golpe en 1988, cuando Margaret Thatcher arremetió en Brujas contra la imposición “a escala europea” de “un superestado”. De repente, estos cachorros de las public schools cobraron conciencia de la amenaza que se cocía en Bruselas. No podían tolerar que nadie se inmiscuyera en lo que consideraban su prerrogativa: gobernar el Reino Unido. “Igual que los taxistas de París se oponen a Uber para defender sus puestos de trabajo, el euroescepticismo de los tories es un mecanismo de conservación del empleo”, ironiza Kuper.

El problema es que a los votantes británicos les traía sin cuidado el rollo de la UE. En el fondo, no veían mucha diferencia entre que les mandara una élite desde la lejana Bruselas u otra desde la más próxima Westminster. La reacción de los Johnson y los Gove fue poner encima de la mesa algo que sí les inquietaba: la inmigración.

Esta alianza de unos conservadores liberales con la xenofobia es tan antinatural como los coqueteos del privilegiado Sigfrido con Chávez o de Platón con Dionisio, pero obedece a una pura lógica de supervivencia. Se suben a la ola que más lejos puede llevarlos.

“¿Y qué ocurrirá cuando reviente contra el acantilado y nos destruya a todos?”, me pregunta Stahr.

“No es asunto suyo”, le respondo. “Ellos están a las grandes teorías, no a los detalles técnicos”.

Como escribe el columnista Tom-Jan Meeus, “la esencia de los populismos es la derrota”. Viven encantados en la oposición. Ganar supone una contrariedad. En el Reino Unido, todos los promotores del brexit han desaparecido sin dejar ninguna instrucción sobre los pasos que hay que dar. “Probablemente”, dice Kuper, “consideran que es una aburrida cuestión de gobierno que es mejor dejar a uno de esos burócratas sabelotodo”.

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