El lenguaje vengador

Alguien debería promover la candidatura de Fundéu al Nobel de la Paz. En serio.

“¿Por qué nos molestamos tanto cuando nos hacen una corrección lingüística?”, dijo de repente Kitty Browning.

Es curioso que formulara la pregunta precisamente ella, que se abalanza como una furia vengadora sobre cualquier parroquiano que usa mal el gerundio o la pasiva refleja. “Si yo fuera ministra de Educación”, le soltó una vez a Mario Valachi, un tipejo insignificante e inofensivo, pero leísta recalcitrante, “no consentiría que le dieran el título universitario a nadie que careciera de un conocimiento básico de la gramática. Lo menos que puede pedirse a una persona culta es que distinga el acusativo del dativo”.

En el Claridge aseguran que Kitty tuvo una juventud esplendorosa, pero largas décadas de matrimonio feliz la han convertido en una opulenta matrona. Monroe Stahr lo dice siempre: “Nada estropea tanto como un matrimonio feliz. Divorciarte de cuando en cuando te mantiene en forma”.

Stahr ha seguido al pie de la letra esta norma elemental de higiene y, aunque hay quien cuestiona su eficacia señalando su prominente barriga, él ni se inmuta. “¿Te imaginas”, replica, “cómo estaría de seguir casado con mi primera mujer?”

Este tema de los contrafactuales (cómo serían las cosas si Hitler hubiera ganado la guerra o si Jobs le hubiera hecho caso al director de IBM cuando dijo: “Yo creo que hay un mercado mundial para cuatro computadoras como mucho”) es muy interesante y quizás lo aborde en otra ocasión, pero hoy estábamos con las correcciones lingüísticas. ¿Por qué nos molestan tanto?

Como periodista he tenido ocasión de presenciar feroces disputas a cuenta de si un complemento directo debía llevar o no la preposición a. Hoy están Google y, sobre todo, la Fundéu, pero antes había que arreglárselas con un mohoso Esbozo de una nueva gramática de la lengua española (ni siquiera una gramática de verdad), en el que no era sencillo encontrar lo que buscabas. Los debates se envenenaban y escalaban fácilmente, podían prolongarse semanas y distanciaban a redactores cuya amistad había resistido a la política, el amor e incluso el éxito de uno de ellos. ¿Por qué se altera tanto la gente?

“Yo tengo mi teoría”, me atreví a aventurarle a Kitty, y aduje una cita de Juan José Millás. “El lenguaje”, escribe en El mundo, “nos utiliza […] hasta el punto de que, más que hablar con él, somos hablados por él”. Del mismo modo que la gallina es el instrumento del que se vale un huevo para producir otro huevo, la humanidad es solo el fluido por el que las palabras se deslizan y, cuando cometemos un error, se revuelven contra nosotros como los cuervos de Hitchcock.

El cuerpo se sirve del dolor para alertarnos de la proximidad excesiva del fuego y la mente nos mortifica para preservar el lenguaje. Sin él probablemente seguiríamos masticando raíces en el valle del Rift. “El homo sapiens conquistó el mundo gracias, por encima de todo, a su lenguaje”, escribe el historiador Yuval Noah Harari. Otras especies disponen de códigos, pero la nuestra ha desarrollado un sistema que transmite “una cantidad de información prodigiosa” y nos permite acometer “tipos de cooperación más estrecha y refinada”. Gracias al lenguaje urdimos mitos sugestivos, desde el culto de Anu a la sociedad comunista, capaces de coordinar a masas incontables de seguidores.

Esta poderosa maquinaria requiere, no obstante, una precisión matemática. Al protagonista de la novela de Millás le asombraba de niño “la capacidad de las palabras para encontrarse con los objetos que nombraban. Así, una mesa no podía ser otra cosa que una mesa, la misma palabra lo decía, mesa. O caballo. Decías caballo y estabas viendo las crines del animal, su cola, sus ojos inquietos… ¿Acaso habríamos podido llamar caballo a la mesa y mesa al caballo? ¡Imposible!”

Y sin embargo “había en el mundo tantas palabras, y tantas cosas, que podría haberse producido con facilidad alguna confusión, algún matrimonio equivocado. Pero no hallé ninguno. Cada cosa se llamaba como debía”. ¿Por qué? Porque cualquier fallo, por nimio que sea, se castiga con una crueldad desproporcionada. Esa quemazón que experimentamos cuando nos señalan una incorrección es el latigazo del lenguaje que lucha por su supervivencia.

“No podemos remediarlo”, dije, “llevamos a la bestia dentro. Por eso debatimos fogosamente si el adverbio solo debe o no conservar la tilde e incluso algún columnista ha amenazado de muerte a los editores que se la quiten”.

“Ignoro la verosimilitud de esas amenazas”, apuntó Stahr cuando acabé, “pero en un diario deportivo contaban la historia de dos correctores, uno bueno y uno malo. Discrepaban a menudo, pero el corrector bueno siempre cedía y esa exhibición gratuita e innecesaria de generosidad fue alentando un rencor sordo. Como dijo el viejo Wilder, ninguna buena acción queda impune”.

Stahr hizo una pausa, para que pudiéramos apreciar la cita, antes de dar paso al clímax.

“Una noche”, siguió, “se deslizó una grave errata. El líder de la Vuelta había pinchado en una etapa decisiva y llevaron el incidente a portada, pero en lugar de titular ‘Pinchazo’, pusieron ‘Pichazo’. Sin la ene. El periódico se convirtió en el hazmerreír de la profesión y, al día siguiente, el director fue a pedir explicaciones a los correctores. Se encontró con el malo. El error se había cometido durante su turno, pero echó la culpa a su compañero y, cuando este se incorporó por la tarde, recibió una humillante bronca en mitad de la redacción, como solo saben dar en los grandes rotativos… El pobre hombre se quedó pálido. Ya sabéis lo que dicen: cuídate de la cólera del paciente. Habían sido largos años de callarse y reprimirse, y estalló. Cogió una cuchilla de fotocomposición y degolló al corrector malo”.

Se hizo un espeso silencio, no sabría decir si de respeto o de escepticismo.

“Se non è vero, è ben trovato”, comenté finalmente. “Quienes sobrevivimos a aquellos tiempos oscuros nunca le estaremos lo bastante agradecidos a la Fundéu. Alguien”, añadí, “debería promover su candidatura al Nobel de la Paz. En serio”.

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