Iglesias no se equivoca ni cuando se equivoca

Los que intentan debilitar al líder de Podemos señalando sus mentiras van a estrellarse contra el halo que lo rodea como el campo de fuerza al ‘Enterprise’.

Pedro Sánchez no da pie con bola. “Pocos políticos son capaces de decir una cosa y la contraria con tanta facilidad”, le reprochan en 20 Minutos, donde han reunido una breve antología de contradicciones. En esta entrevista Risto Mejide le pregunta por las puertas giratorias y Sánchez responde tajante: “Se acabó, hay que cerrarlas”. Pero cuando Mejide vuelve a la carga y le plantea si obligaría a Felipe González a dejar su cargo en Gas Natural, el secretario general del PSOE recoge velas y puntualiza que se trata de “una decisión personal”. Durante la campaña de las municipales de 2015, Sánchez aseguró: “Con el populismo no vamos a pactar ni antes ni durante ni después”, y luego hizo alcaldesa de Madrid a Manuela Carmena. Votó a favor de la reforma del artículo 135 que ahora quiere derogar. Anunció que no iba a vetar “a ninguna fuerza política”, pero a la hora de la verdad resultó que “el PP y el PSOE representan proyectos antagónicos”…

“Cuando alguien se postula como posible presidente del Gobierno”, le recrimina el senador popular Porfirio Herrero, “lo mínimo que se le puede pedir es un poco de coherencia”. ¿De verdad? No estoy tan seguro. Las inconsistencias de Sánchez son pecadillos veniales comparados con los bandazos de Pablo Iglesias. No hay nadie más inconsecuente que el líder de Podemos. Ese sí que es capaz de decir una cosa y la contraria sin inmutarse. Se proclama simultáneamente comunista y líder de la nueva socialdemocracia. Simpatiza con el proceso bolivariano y considera a Venezuela una referencia fundamental, pero al mismo tiempo quiere parecerse a Dinamarca. Promueve el referéndum en Cataluña a la vez que se declara patriota. En enero del año pasado aún defendía la salida del euro y el impago de la deuda…

Nadie ha cambiado como Iglesias de opinión y, sin embargo, ¿qué decimos de él? ¿Que no da pie con bola? Al contrario. Nos parece un genio del marketing. Lo que en Sánchez son incongruencias, en Iglesias son astutos guiños a los votantes de otras formaciones. Cuando llama a Zapatero “el mejor presidente”, no pensamos: “¿Cómo puede elogiar al hombre que llevó a cabo el mayor recorte de la historia de la democracia?” Decimos: “¡Qué cabrón, está vaciando por partes al PSOE!” Iglesias no se contradice: amalgama demandas desatendidas. Tampoco es un intelectual endeble: es un líder magnético, que ha aglutinado el descontento disperso en un frente común y, después de seducir a la izquierda radical, se dispone a fagocitar al socialismo moderado.

¿Por qué a Sánchez no le pasamos ni una y a Iglesias se lo consentimos todo? Porque Sánchez pierde e Iglesias gana. Sucede también en el deporte. ¿Se acuerdan de Carlo Ancelotti? El entrenador del Madrid era el “dueño de un currículo fascinante”, “una figura muy querida por los jugadores”, “elegante incluso cuando habla”, hasta que el Atlético lo eliminó de la Copa. Recuerdo que estaba viendo el partido en la redacción de la revista y, mientras repetían el segundo gol del Niño, oí a un madridista comentar: “A Ancelotti hay que echarlo ya”.

¿Y qué me dicen del mundo del management? Hay muchos estilos de liderazgo y, mientras la compañía vaya bien, en todos hallaremos obvias ventajas. El presidente autoritario nos parecerá un cirujano con mano de hierro y el dialogante, un gran motivador de equipos. Pero en cuanto los resultados se tuerzan, el primero pasará a ser un autócrata narcisista y el segundo un patán que no sabe ni por dónde le da el aire.

A los humanos nos gusta vernos como animales racionales que elaboran teorías para obtener el éxito, pero la mayor parte de las veces es el éxito el que determina las teorías. Se llama efecto halo y se explica por nuestra aversión a las disonancias. No puede ser que alguien triunfe y sea un incompetente. O que sea jefe y carezca de talento. Si ha llegado ahí arriba será por algo.

Pero lo cierto es que puede llegarse muy alto impulsado por los motivos más peregrinos. En el discurso de graduación que dio en Princeton, Michael Lewis contaba el siguiente experimento: unos investigadores reúnen a tres individuos, les piden que deliberen sobre algún asunto importante y, para organizar el debate, nombran un jefe. Pero no lo designan por su ejecutoria o por algún criterio objetivo, sino al azar: sacando una papeleta de un sombrero. Luego, al cabo de media hora, ofrecen al grupo un platito con cuatro galletas e invariablemente el jefe se come dos. Si ha llegado ahí arriba será por algo.

En general, miro con escepticismo las teorías que los expertos elaboran para explicar el éxito. “Google va bien por su cultura de la felicidad: el personal es más productivo porque tiene futbolines, tintorería gratis y un chef que les prepara comida orgánica”. En realidad, Google va bien porque ha diseñado un artículo imbatible. Si su algoritmo de búsqueda no fuera el mejor, los futbolines, la tintorería y el chef orgánico no les servirían de mucho. Es más, diríamos: “Fíjate estos tíos. Van de pena y no se les ocurren más que chorradas”.

Es lo mismo que pensamos de Sánchez: va de pena y no se le ocurren más que chorradas. Pero su penoso rendimiento electoral no se debe a que tenga un discurso sospechoso. Sospechamos de su discurso porque tiene un rendimiento electoral penoso, igual que el brillante desempeño de Iglesias nos induce a ver en sus contradicciones una sofisticada estrategia de comunicación.

Y el problema es que la capacidad del debate racional para invertir estas inercias es limitada. Los que intentan debilitar a Iglesias señalando sus mentiras van a estrellarse contra el halo que lo rodea como el campo de fuerza al Enterprise. Hoy por hoy, ningún argumento lo hiere. Todos los que sueñan con desbancar al PP lo han convertido en su paladín y cualquier inconsistencia, por grave que sea, se minimiza ante la expectativa de victoria.

A Sánchez, por el contrario, la dinámica del voto útil lo está machacando y cualquier inconsistencia, por leve que sea, alimenta los motivos para no votarle: está perdido, dice una cosa y la contraria, no da pie con bola, etcétera.

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