El sueño de la razón

El fanatismo religioso ha ocasionado guerras y miserias sin cuento, pero la ilustración laica tampoco le ha ido a la zaga.

A mi sobrino le quedó Filosofía una vez y se pasó el verano maldiciendo a todos los pensadores que en el mundo han sido. “Pero, ¿de qué me va a servir a mí en la vida la res cogitans?” Es difícil, en efecto, hallar alguna conexión entre las elucubraciones de Descartes y los asuntos que ocupaban a mi sobrino: la PS3, los emparejamientos de la Champions, su propio emparejamiento. Y, sin embargo, el propósito inicial que movía al filósofo francés no podía ser más terrenal. En Los huesos de Descartes, Russell Shorto cuenta que fue “un niño pálido y enfermizo”. Su padre lo despreciaba por esta debilidad y, desde muy temprano, la medicina se convirtió en una obsesión. “La conservación de la salud siempre ha sido el fin principal de mis estudios”, reconocería.

El margen de mejora era considerable. Los tratamientos basados en la teoría de los humores de Galeno eran no ya ineficaces, sino peligrosos. Como señalaba Molière, “los hombres mueren de los remedios, no de las enfermedades”. Descartes encuadraba esta proverbial ineptitud de los médicos dentro de una crisis general del conocimiento. “Procurando instruirme”, decía, “no había sacado más provecho que descubrir cada vez mejor mi ignorancia”. Decidió buscar amarras más sólidas. Pondría todo en duda hasta dar con una certeza incuestionable sobre la que pudiera refundar el conocimiento. Esa verdad clara y distinta resultó el propio hecho de dudar (“Pienso, luego existo”) y el método para alcanzarla, la razón. Ese “buen sentido”, y no la fe o la tradición, era el único criterio para juzgar si algo era falso. Su aplicación a todos los ámbitos liberaría a los pueblos de las cadenas de la ignorancia. En el caso concreto de la medicina, Descartes creía que en el plazo de unos años descifraría el código del cuerpo humano y podría prolongar la vida varios siglos.

Al final, hicieron falta varios siglos para prolongar la vida unos años, pero el filósofo estaba sustancialmente en lo cierto. Y subrayo sustancialmente porque Shorto ilustra los méritos, pero también los límites del método de Descartes siguiendo las vicisitudes de su esqueleto.

La primera parada es Estocolmo. El hecho de que el filósofo fuera a morir a una ciudad remota y que aborrecía (“Aquí el pensamiento se congela”) revela la conmoción que ocasionó El discurso del método. Europa se partió en cartesianos y anticartesianos. La aplicación de la razón ya había probado su eficacia para desentrañar los misterios de los astros (Newton) o del corazón (Harvey), y prometía progresos notables en otros campos. Pero, ¿no existía el peligro de que su acción corrosiva minara la fe? Descartes había dividido la realidad en pensamiento y materia y había dejado claro que su método era únicamente aplicable a la segunda. Pero esa rígida separación tampoco complacía a la Iglesia, porque ¿cómo podía entonces Cristo estar presente en el momento de la eucaristía? Roma pretendía que el pan fuera materia y pensamiento simultáneamente. Las aclaraciones del filósofo nunca resultaron satisfactorias (no podían) y, en 1649, optó por refugiarse en una corte gélida y protestante. Allí no tendría más problemas con el clero, pero una pulmonía lo mató a los pocos meses.

La Inquisición incluiría debidamente su obra en el Índice. Sin embargo, no pudo evitar que, en 1667, los huesos del filósofo regresaran a París.

Durante un siglo, el descanso de Descartes no fue perturbado. Impulsado por la razón, el mundo vivía una borrachera de invenciones. Se descubrió el nitrógeno, se dominó la electricidad, se realizó la primera apendicectomía… La política tampoco quedó al margen. Siguiendo los pasos del método, Spinoza planteó la igualdad radical de los hombres, dotados sin excepción del “buen sentido” cartesiano. Influyentes intelectuales sostenían que la gente debía gozar de autonomía para usar la mente y gobernarse a la luz de la razón. Este ideario democrático alumbró la revolución de 1789, saludada por Kant como la alborada de una era de felicidad. Condorcet también pensaba que la introducción de criterios científicos en la gestión de la sociedad resultaría tan fructífera como en física. Se equivocaba. Él mismo pereció en el caos del Terror.

“Lo ocurrido en Francia probó algo que Descartes no previó”, reflexiona Shorto. “La razón no conduce necesariamente a la paz y el orden”. Hordas de sans culotte saquearon iglesias y palacios, destruyeron cuadros y habilitaron los monasterios como cuadras. Entre de objetos perdidos para siempre figuran los huesos de Descartes.

(Milagrosamente su calavera se salvó porque, en realidad, nunca fue repatriada: se la quedó el capitán de la guardia municipal de Estocolmo encargado de custodiarla. En su opinión, Escandinavia no debía “perder completamente los restos de una persona tan célebre”. Los suecos son metódicos hasta cuando roban y los sucesivos cambios de propiedad del cráneo fueron escrupulosamente registrados hasta su reaparición pública entre los enseres de un científico muerto. En 1821 volvería a Francia).

“Descartes sentó las bases del dominio de la razón en la ciencia y los asuntos humanos”, escribe su biógrafo Richard Watson. “El mundo moderno es cartesiano hasta la médula”. Esto es indudable, dice Shorto, y conviene tenerlo presente en momentos en que el islamismo radical y otras formas de intolerancia nos amenazan. No podemos renunciar al pensamiento de Descartes.

Pero su materia, sus mismos huesos revelan que también la razón puede llevar a abismos insondables de violencia. El siglo XX es un cumplido ejemplo. Sus horrores no fueron fruto de la ignorancia y el fanatismo religiosos, sino de la confianza ilustrada en que la sociedad perfecta era posible. “Cuando uno está convencido de que existe una solución para todos los problemas humanos […], ningún precio es demasiado elevado para abrir las puertas de semejante paraíso”, escribió Isaiah Berlin. Quienes se opongan deberán ser persuadidos y, cuando ello no baste, contenidos mediante leyes. Y si eso tampoco funciona, será legítimo emplear la coacción, el terror, la carnicería…

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