Camino de imperfección

Ser moralmente intachable es un objetivo personal admirable, pero ¿en qué consiste? ¿Y basta con proponérselo para conseguirlo?

“Si quieres cambiar el mundo, empieza por cambiarte a ti mismo”, aconsejaba Gandhi, y mucha gente se lo ha creído. Leyendo Mafalda, la genial tira de Joaquín Salvador Quino, tiene uno la sensación de que este valle de lágrimas dejaría de serlo si cada uno de nosotros se esforzara por ser intachable. Tampoco es tan difícil. ¿Por qué no nos ponemos?

Para empezar, no todos coincidimos a la hora de definir lo que es intachable. Gandhi también decía que “todo lo que se come sin necesidad se roba al estómago de los pobres”, una afirmación bastante discutible. El consumismo de Occidente impulsa la demanda que ha sacado de la pobreza a millones de asiáticos. Además, no creo que haya entre nosotros muchos dispuestos a seguir la dieta radical de Gandhi. Ni a avergonzarse de tener “deseo carnal”. O a andar por ahí en taparrabos. Menuda vida. Y no hablo solo del aburrimiento, sino de los millones de empleos que se destruirían de un plumazo.

Por otra parte, ¿se han propuesto ustedes alguna vez ser perfectos? Benjamin Franklin lo intentó. Cogió papel y lápiz, trazó una cuadrícula y puso arriba los días de la semana y a la izquierda una lista de 13 virtudes: templanza, silencio, orden, resolución, frugalidad, laboriosidad, sinceridad, justicia, moderación, limpieza, tranquilidad, castidad (qué fijación) y humildad. Por las noches llevaba la contabilidad de su progreso moral dibujando un punto negro en la casilla de cada virtud transgredida. “El gráfico adquirió pronto el aspecto de un brote de viruela”, ironiza Cody Delistraty en la revista digital Aeon.

Casi dos siglos después, el escritor Emmanuel Carrère realizó un experimento similar. En El Reino recuerda que, en un momento de fervor religioso, decidió adaptar su rutina urbana a “la regla de san Benito”. Dejó de hojear el periódico a la hora del café, una actividad mundana que sustituyó con la oración y lecturas piadosas, y procuró “estar disponible y de buen humor para mi familia”. Igual que Franklin, registraba su evolución en un diario, lo que años después le permitió comprobar que aquel proyecto draconiano no había hecho de él “un marido y un padre más agradable”. Al contrario. “Unos comentarios inquietantes, en los que identifico mi vida familiar como una cruz que debo sobrellevar, me inducen a pensar que a mi escala me comportaba como esos puritanos sombríos de las novelas de Hawthorne, que con una benevolencia implacable imponen a los suyos, por el bien de su alma, un verdadero infierno doméstico”.

“Es habitual creer que el logro de objetivos exige trabajar sin desmayo”, explica Delistraty. No puedes salirte de los pistachos si quieres adelgazar, ni usar la tarjeta de crédito para darte un capricho, ni permitirte un pensamiento impuro con nadie. Cualquier mal paso te introduce en una pendiente resbaladiza y, como decía Thomas de Quincey, uno empieza por el asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia de los festivos y acaba por faltar a la buena educación y dejar las cosas para el día siguiente. En Grit: The Power of Passion and Perseverance, Angela Lee Duckworth sostiene que la clave del éxito es la determinación. Si usted no ha triunfado es porque no se lo ha propuesto en serio. Lo siento.

Esta tesis me recuerda un poco las crónicas deportivas de mi infancia, cuando la victoria no dependía del planteamiento táctico, la preparación física o el talento, sino del coraje. Uno perdía porque no le echaba suficientes pelotas. Es un argumento difícil de rebatir. ¿Cómo se miden las pelotas echadas? ¿Y cuántas son suficientes? Tampoco está claro que la dotación de esta sustancia vigorizante esté uniformemente repartida. A Donald Trump le bastan tres horas de sueño y así cualquiera gana unas primarias.

Peor aún. Todo indica que la perseverancia es un recurso limitado. Si inviertes demasiada en adaptarte a la regla benedictina igual luego te alcanza la paciencia para tu mujer y tus hijos. “La idea de que el trabajo duro y la pasión es todo lo que hace falta para triunfar parece lamentablemente ingenua”, reflexiona Delistraty. No es que no haya que ser constante, pero con moderación y plena conciencia de nuestras limitaciones. La investigadora Rita Coelho sometió a dos grupos de voluntarios a la misma dieta, pero a uno le programó descansos y obtuvo una tasa de abandonos inferior. “Siempre que esté planificado”, dice Delistraty, “es bueno ser malo de vez en cuando”.

Es muy humano también. El propio Franklin acabó tirando su cuadrícula y concluyendo que “una persona benévola debe permitirse alguna falta”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s