Apólogo del okupa

¿De verdad queremos vivir en una sociedad donde los pisos se asignen por el procedimiento de la patada en la puerta?

La nueva alcaldesa de Gotham es una heroína del activismo social y lo primero que hizo, nada más tomar posesión del cargo, fue parar un desalojo. En el Claridge estábamos viendo la noticia durante un descanso de la Champions cuando el Rubén gritó: “¡Hostia, el Óscar!”, aspirando mucho la ese (Ójcar).

El Rubén es lo que en taxonomía urbana se denomina hortera de bolera. Tiene un Seat León con las lunas tintadas, el pelo cortado al dos, las patillas a media mejilla y unas Ray-Ban que, dependiendo de la intensidad solar, lleva sobre los ojos o sobre la frente, como una diadema. He visto tantos como él que a veces me pregunto si no habrá una Inspección General de Horteras encargada de supervisar con un tipómetro el largo del pelo, el ancho de las patillas, el ángulo de las gafas, etc.

El Óscar y el Rubén fueron juntos a un colegio de pago. Ambos proceden de hogares acomodados, aunque desestructurados. El padre del Óscar desapareció cuando él tenía 12 años y la madre cayó en una depresión que intentó superar haciéndose hippy y desentendiéndose del hijo. El Óscar pasaba largas temporadas en casa del Rubén sin que nadie llamara para ver cómo estaba. Luego, un día aparecía la madre, decía: “¡Ay, mi niño!” y se lo llevaba, hasta que volvía a escaparse en una decrépita Volkswagen Kombi pintada con los colores del arco iris y con el símbolo de la paz en un costado.

El Óscar empezó muy pronto a buscarse la vida. Dejó de ir a clase, aprendió malabares y comía de lo que sacaba en los semáforos, que no debía de ser mucho a juzgar por lo delgado que estaba. Una mañana se puso a tirar a lo alto sus bolos en un cruce de la Gran Vía sin darse cuenta de que ya estaba cogido por una comuna de artistas callejeros y le dieron una paliza épica: puñetazos, tirones de pelo, mordiscos, patadas… Aquella noche lloró de impotencia hecho un ovillo en el dormitorio vacío de sus padres y solo encontró un modo de neutralizar el terror que le inspiraba la mera idea de volver a salir de casa. Buscó la protección de sus verdugos y se sumó a la comuna de artistas callejeros.

La alcaldesa de Gotham cree que nuestra sociedad dista mucho de ser perfecta y el Óscar es una muestra irrefutable de esa disfuncionalidad. ¿Por qué íbamos a negarle una segunda oportunidad? ¿Qué daño hacen él y sus amigos ocupando un chalet vacío? ¿No somos cómplices de unas leyes que perpetúan la desigualdad y protegen al que tiene frente al que no tiene, al afortunado frente al desafortunado, al poderoso frente al débil?

Mientras la alcaldesa desgranaba su soflama en el telediario, en segundo plano se veía al Óscar y a una chica con las manos afectuosamente posadas sobre los hombros de dos niños. Componían la estampa viva del desamparo familiar, pero como el Rubén nos aclaró en seguida eran mero atrezo. “No sé de dónde salen, pero el Óscar no está casado ni tiene hijos”.

No había, sin embargo, el menor atisbo de censura en el comentario del Rubén. Al contrario. Me pareció percibir incluso admiración, como cuando nos explicó que los colegas del Óscar tenían su propio abogado. “La urbanización encargó al guarda jurado que los vigilara, para que no se llevaran nada mientras procuraban echarlos, pero lo han denunciado por acoso y el juez ha dictado una orden de alejamiento. ¡Son la pera estos tíos!”

No digo que todos los casos de desahucio sean un montaje, pero voltear sin más los papeles y convertir al okupa en héroe y al dueño en villano no remedia la injusticia, sino que la sustituye a menudo por otra. Unos días después de que la alcaldesa detuviera el desalojo, Stahr recibió una llamada. “Sin problemas”, dijo tras escuchar en silencio durante unos minutos. Luego se levantó y me pidió que lo acompañara.

El chófer de Stahr nos condujo hasta el barrio del centro donde se han alojado tradicionalmente las clases medias de Gotham. A la entrada del edificio un portero uniformado nos dio las buenas tardes. El ascensor era suave y silencioso, la escalera estaba impoluta y el apartamento al que entramos tenía esa decoración rancia que asociamos con las profesiones liberales o los altos cargos de la Administración.

El inquilino resultó ser un marino mercante. Desde niño había querido surcar los océanos, como los protagonistas de sus novelas, pero la ilusión le duró exactamente una travesía. En la primera ciudad africana que tocaron el capitán le entregó un fusil y le advirtió que en aquella escala ya habían intentado abordarle y que, si veía algo raro, tirara a dar. “Una cosa”, nos contó, “es encontrarte con un pirata en un relato de Salgari y otra subiendo por la cadena del ancla de tu barco con un machete cruzado en la boca. Pasé más miedo que vergüenza y, en cuanto regresé, me puse a preparar las oposiciones a práctico de puerto”.

Tuvo que estudiar mucho para sacar la plaza, pero una vez ganada comenzó a ingresar lo suficiente como para apartar unos ahorrillos e invertirlos en una modesta operación inmobiliaria. Compró dos chalets y le fue bastante bien hasta que estalló la crisis, los inquilinos no pudieron renovar el alquiler y aparecieron el Óscar y su cuadrilla.

“No es serio, señor Stahr”, se lamentó aquella tarde. “Toda la vida matándome a estudiar y trabajar para reunir un capital que ahora puede quedarse cualquiera por el procedimiento de dar una patada en la puerta. Es una tragedia”, prosiguió, “que algunas familias no tengan un techo bajo el que cobijarse, pero la solución no puede ser la ley del más fuerte. ¿De verdad queremos vivir en una sociedad donde los bienes se asignen así y el que más tenga no sea el que más se esfuerce, sino el primero que llegue?”

Stahr escuchó pacientemente su desahogo. Luego volvimos al Claridge, donde mantuvo una breve charla con Salvatore y Jerry Payaso Kramer y, a las pocas semanas, apareció el práctico deshaciéndose en muestras de agradecimiento. El hombre estaba sinceramente conmovido. Pensé: “Qué suerte tener un amigo como Stahr”.

Cogí la chaqueta, me dirigí a la calle y, antes de salir, me detuve y recapacité: “Pero, ¿y tener un enemigo como Stahr? ¿De verdad queremos vivir en una sociedad donde los bienes se asignen así?”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s