La política como secta

“Debo advertirles que si lo que acabo de decir les parece demasiado claro”, señaló Greenspan en cierta ocasión, “es que seguramente me han interpretado mal”.

A menudo se atribuye el fracaso de los políticos a la falta de concreción. Sus planteamientos se vuelven tan etéreos y utópicos que desconectan de la realidad y se pierden en el azul empíreo. Lo correcto sería mantener los pies en la tierra, proceder con absoluta frialdad, establecer cuáles son las necesidades de la gente y realizar propuestas específicas. Es un poco el “programa, programa, programa” de Julio Anguita. He visto en YouTube que el hombre aún defiende esta estrategia, pero lo hace desde el retiro de su domicilio particular. O sea, que tampoco debe de funcionar muy bien.

Mi impresión es que lo mejor es no entrar en grandes detalles. Alan Greenspan lo expresó magistralmente en uno de sus primeros discursos como presidente de la Reserva Federal. “Debo advertirles”, señaló, “que si lo que acabo de decir les parece demasiado claro es que seguramente me han interpretado mal”.

Hay que difuminar los objetivos, huir de la concreción. Las compañías de gran consumo renunciaron hace años a enumerar las excelencias de sus productos. Apelan directamente a las emociones, y de la manera más burda. ¿Qué idiota puede creerse que, por rociarse con una fragancia determinada, va a ser devorado por una supermodelo en un ascensor? Pues esa campaña convirtió en líder mundial a Axe, y vender un desodorante no es muy distinto de vender una política. El problema no es desconectar de la realidad. El problema es no alejarse lo suficiente. Hay que salirse del todo, porque en ese momento te vuelves invulnerable. Nadie te puede pedir cuentas. La crítica no te alcanza.

Joseph de Maistre, el contrarrevolucionario francés, decía que las únicas cosas que duran son las irracionales, y ponía el ejemplo de la monarquía. ¿Por qué un rey sabio habría de tener un hijo sabio? Se trata de una institución claramente estúpida, de la que no pueden aportarse sólidos argumentos y, sin embargo, se ha mantenido a lo largo de los siglos. Lo mismo sucede con el matrimonio. ¿Por qué dos personas que se enamoran en un momento dado se comprometerían a seguir juntas hasta la muerte? Carece de cualquier lógica, pero es el modo habitual de organizar la vida en pareja. El teóricamente más sensato régimen de amor libre es, por el contrario, excepcional y se acaba desmoronando allí donde intenta instaurarse porque “todo lo que es edificado por la razón puede ser demolido por la razón”. Solo lo absurdo resiste su acción corrosiva.

“Los desmentidos de la realidad, en lugar de arruinar una creencia, tienden a reforzarla”, escribe Emmanuel Carrère en El Reino a propósito de un episodio de la Iglesia primitiva. San Pablo había anunciado en Tesalónica “el fin del mundo” y “todo su cortejo: el retorno de Cristo entre los ángeles, el juicio de los vivos y los muertos”. Y lo había anunciado no para una fecha lejana e imprecisa, sino para ya mismo. “Lo veréis muy pronto”, había dicho, “y lo veréis todos. Ninguno de vosotros morirá sin haberlo visto”. Así que cuando uno de aquellos griegos falleció, la expectación se apoderó de la pequeña comunidad: ya está aquí el advenimiento glorioso.

Mientras velaban el cadáver, cuenta Carrère, “se preguntaban si los que eran polvo desde hacía largo tiempo volverían tal como eran en la época lejana en que estaban vivos y, una cuestión nada desdeñable, si volverían tal como eran en el momento de su muerte o en el momento más glorioso de su vida. Se preguntaban si volverían con el cuerpo marchito de los viejos o en el esplendor de la juventud, con los músculos duros, los senos firmes y quizá, aunque Pablo se oponía, con el deseo de hacer el amor. Se preguntaban todo esto […] y, cuando al cabo de tres días [el muerto] no se había incorporado, cuando el cuarto día despedía un olor fuerte y hubo que enterrarlo, no comprendían nada”.

En estas circunstancias, lo que cabe esperar de los fieles es que abjuren de su fantasía y abandonen la secta. De hecho, algunos lo hacen. Son los razonables, los tibios, pero, ¿saben qué? Que se vayan con viento fresco. Porque el resto no tarda en convencerse de que la ausencia de cambios es aparente. En el fondo se ha producido una transformación radical. Permanece invisible “para poner su fe a prueba y hacer una selección”, explica Carrère. “Los que creen lo que ven han perdido, y los que ven lo que creen han ganado. Si desprecian el testimonio de los sentidos, si se liberan de las exigencias de la razón, si están dispuestos a que los tomen por locos han superado la prueba. Son los auténticos creyentes, los elegidos: suyo es el Reino”.

Nos reímos de las promesas inverosímiles de Iglesias, de Le Pen, de Trump: los 100.000 de millones de euros de gasto adicional, el regreso de la industria perdida, el muro de 3.000 kilómetros. ¿Cómo piensan cumplir? No oirán a ninguno de ellos dar explicaciones pormenorizadas. El populismo es deliberadamente vago y ahí radica su fortaleza. Cada seguidor puede diseñar el paraíso a la medida de sus deseos y, una vez instalado mentalmente en él, es difícil que renuncie a la ensoñación.

No se convierte a una masa amorfa de descontentos en un ejército revolucionario a base de silogismos. Para asaltar el cielo hace falta una fe ciega y, si la realidad contradice esa fe, peor para la realidad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s