Mi viaje a Venezuela

En septiembre de 2006 un intrépido grupo de periodistas españoles realizó una incursión en la República Bolivariana. Esta es la crónica verídica de sus andanzas.

Lo siento mucho, pero Caracas es un asco. Para llegar desde el aeropuerto hay que atravesar un interminable cerco de chabolas dentro del que la ciudad vive como en estado de sitio. Los edificios son feos, el tráfico caótico. Tiene tanto encanto como Getafe. Peor aún: es como si el concejal de Urbanismo de Getafe se hubiera vuelto loco. Y no se te ocurra poner un pie en la acera. Cada día matan ahí a una decena larga de personas. Las casas no solo tienen rejas en las ventanas: tienen vallas electrificadas, con ovillos de alambre espino por encima, como en el frente del Marne.

Por fortuna, apenas vamos a parar en Caracas. Tampoco en la isla Margarita, bajo cuyo sugestivo nombre se oculta una especie de Torremolinos tropical. Hacemos noche en el Hilton, donde me toca al lado de la máquina de hacer cubitos de hielo. El estruendo es ensordecedor. Sugiero desenchufarla y me miran como si sufriera un brote psicótico. Los cubitos de hielo son por lo visto una pieza medular de la cultura venezolana.

A la mañana siguiente volamos hasta el campamento Arekuna, en el límite del Parque Nacional de Canaima. Nos instalamos en plena selva, en unos bungalós que imitan las construcciones indígenas. El techo es de paja trenzada, no hay cristales en las ventanas y la luz se corta a las once de la noche. Para el que quiera zambullirse del todo en las costumbres locales, hay una hamaca que cruza el dormitorio de esquina a esquina.

El restaurante está en una terraza con una vista magnífica sobre el Caroní, un afluente del Orinoco que es como el Tajo. Almorzamos y emprendemos un paseo al salto Las Babas. El guía se llama Calderón. Es un hombre menudo, fibroso, lleno de energía. Antes de cada explicación, levanta los brazos y grita: “¡Importante, muy importante!” Luego hace una breve pausa para crear una atmósfera de expectación y prosigue: “Esta flor se llama Labios de Mujer”. Efectivamente, parecen los labios de una mujer. O bien: “La baba es la cría de caimán y, si se fijan en la forma del salto, es como una baba con la boca abierta”. Efectivamente, parece una cría de caimán con la boca abierta. A veces los comentarios no resultan tan iluminadores. Alguien pregunta: “¿Por qué hay tanta vegetación en una orilla y tan poca en la otra?” Calderón detiene al grupo. “¡Importante, muy importante!” Breve pausa valorativa. “Porque en este lado hay plantas y en el otro, no”. Reanudamos la marcha.

Al atardecer la organización sirve un snack en la terraza sobre el Caroní. Hablamos de Venezuela. ¿Cómo un país con tantos recursos puede ser tan pobre? El director del campamento sostiene que la naturaleza ha hecho al venezolano indolente. “Cuando siente hambre, solo necesita estirar el brazo y agarrar un mango”. Algunos de mis compañeros de viaje discrepan. El debate se anima y el ron fluye. No tardamos en descubrir que, por alguna misteriosa razón que quizás tenga que ver con la temperatura y la humedad relativa del aire, el ron entra en estas latitudes con una sorprendente facilidad. Empezamos diluyéndolo en un buen vaso de Coca-Cola, pero poco a poco vamos reduciendo la dosis de Coca-Cola y aumentando la de ron.

En un momento dado me sorprendo gritando: “¿Qué pasa con el hielo? ¿Se ha acabado ya?” Parece que empiezo a penetrar en la médula de la cultura venezolana.

 

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Me he dejado el móvil en Margarita y me preocupa quedarme dormido y perderme la excursión al Salto Angel. “Estás en el Orinoco”, me tranquilizan. “Los pájaros se encargan de despertarte”. No hace falta. Mi vecino de bungaló me mantiene en vela toda la noche. Sus ronquidos dominan con autoridad las voces de la selva. Solo de cuando en cuando los ahoga el estrépito de un escarabajo Goliat lanzándose contra la mosquitera.

 

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Jimmy Angel era un tipo de recursos. En 1920, mientras realizaba un vuelo por Sudamérica, una avería lo obligó a realizar un aterrizaje imposible en un saliente de los Andes. Angel no solo sobrevivió, sino que reparó el avión fabricando una pieza con la suela de su zapato y volvió a ponerlo en el aire. El incidente le dio cierta notoriedad y un día lo abordó un aventurero en el bar de un hotel de Panamá. Quería que lo condujera a un punto del Orinoco donde nadie había aterrizado antes. Angel intentó quitárselo de encima pidiéndole 5.000 dólares, una suma exorbitante, pero a la mañana siguiente el misterioso personaje se presentó con el dinero.

El lugar estaba en el actual parque de Canaima. Angel se posó en una pequeña sabana y aguardó junto al avión mientras su cliente realizaba una incursión por los alrededores. Regresó cargado con unos 30 kilos en pepitas de oro. Luego volaron a Panamá y no volvieron a verse hasta que coincidieron en un tren 14 años después. Al aventurero le sorprendió que Angel no fuera por entonces millonario. Suponía que había regresado a la región donde, según él, el oro se encontraba a flor de suelo.

A partir de ese momento, Angel consagró su existencia a buscar ese El Dorado. No lo encontró, pero en una de sus salidas tropezó con la catarata que lleva su nombre. Brotaba de un costado del Auyantepuí. Por el altímetro del avión estimó que debía de tener casi 1.000 metros.

 

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Hay dos modos de ver el Salto Angel. Puedes navegar en curiara (canoa) desde la laguna de Canaima y caminar luego varias horas hasta la base de la cascada, o puedes sobrevolarlo, que es lo que hacemos nosotros. Leo en un National Geographic que originalmente toda la región formaba una gran meseta. La acción del agua ha ido erosionándola, cuarteándola y cavando profundos cañones hasta convertirla en un laberinto de monolitos descomunales: los tepuis. La avioneta zumba entre ellos como un insecto insignificante. El piloto maniobra parsimoniosamente y se inclina primero de un lado y luego del otro para que todo el pasaje pueda apreciar bien el espectáculo. En la breve cornisa desde la que el Salto Angel se precipita al vacío un helicóptero se posa como una libélula.

Remontamos vuelo para franquear la cima del Auyantepuí y, sin solución de continuidad, nos lanzamos sobre una minúscula tira ocre que hay al fondo del valle: la pista de aterrizaje del campamento de Uruyen. He visto caminos vecinales más amplios. A esas alturas del paseo ya hemos perdido cualquier inhibición y gritamos como si viajáramos en una montaña rusa. El piloto está habituado a este teatro, lo fomenta incluso. Toma el micrófono y dice: “¿Alguien puede agarrar los mandos? No me recuerdo de cómo se aterriza”. Más gritos.

 

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En Uruyen nos aguarda una camioneta. Nos acomodamos en la caja, como miembros de una guerrilla africana. Parece un transporte impropio de gente de nuestra categoría, hasta que nos cruzamos con el embajador de Francia, que va a pie. “Es un camino infernal para hacerlo andando”, se compadece el guía. “Cuando llueve porque te calas, cuando no llueve porque te cueces y siempre porque te acribillan los mosquitos”.

La camioneta nos deja en la base del Auyantepuí. Avanzamos primero por la sabana y luego por la selva, siguiendo el curso de un río. Hacemos una parada en una piscina natural y mi entrañable compañero Raimundo dice que ya no puede más. “¿Tú sabes lo que peso?”, replica a cualquiera que le sugiere que no abandone, pero todos somos muy educados y nadie aventura ninguna cantidad. Raimundo pide una cerveza y se instala debajo de un chorro de agua. Está encantado. “Es igual que un jacuzzi”. Los demás continuamos.

La marcha se complica por momentos. Hay que saltar de piedra en piedra, gatear, nadar. Las rocas resbalan, pero tampoco puedes estirar el brazo y agarrarte alegremente a lo primero que encuentras porque lo mismo acabas con una serpiente en la mano.

Sobre las copas de los árboles asoma de vez en cuando la mole del Auyantepuí. Los indígenas creen que ahí arriba viven dioses malos y Arthur Conan Doyle lo imaginó lleno de bestias prehistóricas en El mundo perdido. Lo cierto es que, hasta no hace mucho, sabíamos más de Venus que de las cimas de los tepuís. Lo que hemos sabido después confirma que no es, efectivamente, un lugar hospitalario. No hay dioses ni dinosaurios, pero en el National Geographic comparan su aspecto con “las ruinas de una ciudad bombardeada”. Las lluvias constantes impiden la formación de suelos ricos y muchas plantas obtienen sus nutrientes de los incautos insectos que atrapan. También hay reptiles, pero esos de tamaño gigantesco que siempre ha visto algún testigo se vuelven sorprendentemente tímidos en cuanto aparece un fotógrafo.

Nuestra expedición no llega, sin embargo, tan alto. Concluye en Akareupa, una pequeña laguna alimentada por una grandiosa cascada. El esfuerzo ha merecido la pena.

 

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Los indios de la región no son los temibles yanomamo, sino los más amigables pemones. A golpe de machete y fuego, abren en la selva pequeños claros en los que practican una agricultura de subsistencia. Su base alimentaria es la yuca, un tubérculo insípido que rallan, amasan y hornean en forma de torta. Para comerla, la mojan en un guiso de pescado o en un picante de hormiga culona que te deja la lengua tumefacta e insensible varios días. De la yuca masticada y fermentada en la saliva de una anciana desdentada también se obtiene una cerveza, el cachire, pero esa sí que no nos atrevemos a probarla.

Las comodidades de la civilización han empezado a erosionar estas tradiciones, pero aún se ve a algún niño jugando desnudo sobre una curiara cuando navegas cerca del campamento. También se ve la vivienda del señor Juan, un pemón encargado de vigilar el nivel del Caroní y de avisar cuando va muy crecido, para que abran el embalse que hay río abajo. No debe de ser un trabajo muy absorbente, porque tiene 30 hijos. “Claro, son tribus polígamas”, sugiero con pedantería. “Qué va”, dice el guía, “que es un sinvergüenza”.

La jornada concluye con un nuevo snack en la terraza del Arekuna. Oigo comentar que han tenido que enviar una avioneta a Puerto Ordaz, porque en un día hemos acabado con el ron que traíamos para tres.

 

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Del parque de Canaima volamos a los Roques, un archipiélago de islas de coral. Desde el punto de vista monumental, no hay gran cosa que contar. Por la mañana, un catamarán de 20 metros nos recoge en el muelle y nos lleva a alguna playa. Fondeamos, plantamos unas sombrillas y nos lanzamos al agua.

El primer día, nos apuntamos todos a las actividades de buceo. Solo con ver cómo alguno se calza las aletas, al monitor le entran sudores fríos. Da instrucciones para que repartan chalecos salvavidas, pero es peor, porque ahora flotamos como boyas a merced de la corriente y corremos el riesgo de acabar en Aruba.

Visto el éxito de la experiencia, la mayoría renuncia al buceo el resto del viaje y se queda en las sombrillas.

Oigo comentar que han tenido que enviar una fueraborda a Gran Roque, porque en una hora habíamos acabado con el ron que traíamos para todo el día.

 

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Las tardes en los Roques tampoco tienen mucha historia. Una vez visitado el faro, que es todo lo que hay que visitar, tomamos los bares de la zona. Luego cenamos y tomamos los bares otra vez. Cuando nos echan, volvemos a colarnos por las ventanas.

Algunos compañeros que han estado en ediciones anteriores de este viaje no recuerdan que se bebiera tanto. Se lo comento a un organizador y me dice que todos los años hay individualidades destacadas, pero que la labor de equipo de esta promoción está siendo extraordinaria.

Otro organizador está preocupado porque al día siguiente hay una cata de ron. Se pregunta también en qué condiciones vamos a llegar a la recepción del embajador, programada para el último día. “Siempre le cuentan que somos un grupo de periodistas muy importantes y luego aparecemos con los trajes arrugados, resacosos y preguntando por el mueble bar”.

 

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La cata de ron acaba razonablemente bien si tenemos en cuenta que antes de comer la gente ya estaba cantando himnos anarquistas. Solo uno se ha caído de la silla y casi no hemos interrumpido al maestro ronero. Luego hay un tentempié y Raimundo hace muy buenas migas con un radical siciliano. “Si en el sur de Italia hubiese vascos, nos habríamos independizado hace años”.

Nos retiramos sobre medianoche. En la isla ya no queda nada abierto. Cuando llego al hotel, me encuentro a Jesús de cuclillas delante de la puerta de su habitación. Forcejea con la cerradura. “Esta maldita llave no entra, a ver si tú puedes”. Se incorpora con cierta dificultad. “No te creas que estoy bebido”. “Claro, claro”.

Unos metros más allá, Joseba y Vicente han agarrado la nevera del recibidor y se la suben a la azotea, para no tener que bajar cada vez que necesiten hielo.

Raimundo los espera arriba, instalado en una tumbona.

 

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El acto final del viaje tiene lugar en la embajada española. Raúl Morodo diserta sobre los desafíos de la Revolución Bolivariana mientras en un extremo de la larga mesa Raimundo dormita apaciblemente.

Estamos definitivamente aclimatados.

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