La arrogancia fatal

“A estos listos los tenía yo una temporada de presidentes de mi comunidad”, dice Gertrude, “a ver si eran capaces no ya de acabar con el paro, sino de poner un buzón nuevo”.

A menudo en el Claridge no tenemos nada mejor que hacer que ver la tele. “Parecemos un centro de día del Imserso”, se le ocurrió comentar una vez a Gertrude. La observación era tan acertada que recibió una acogida glacial. Solo Monroe Stahr esbozó una leve sonrisa. Stahr siente debilidad por Gertrude. Es menuda y pechugona y tiene aspecto de profesora de geografía, pero en sus buenos tiempos lo que enseñaba no eran precisamente los montes y ríos de España. “Nunca he visto a nadie que pusiera tan bruto al personal, muchacho”, recuerda Stahr. Y añade entrecerrando los ojos: “Una hembra real”, que es la máxima categoría que una mujer puede alcanzar en su escala sismológica.

La moderada estatura de Gertrude (y probablemente el nombre) le impidió dar el salto a la revista musical, pero le bastó para cazar a Alan Tapón Carter. Como su propio alias indica, Tapón era aún más bajo, pero manejaba mucho dinero. A mediados de los 70 se había hecho con una imponente cartera de representaciones. Llevaba camisas de seda muy abiertas, fumaba cigarrillos de colores Balkan Sobranie y conducía un Mini Cooper lleno de faros, como los que salían en la versión de 1969 de The Italian Job.

O sea, el perfecto hortera.

Y tampoco era buena gente. Su hermano sufrió un terrible accidente por aquella época. Ingresó con vida en urgencias, pero se quedó en la mesa de operaciones y, cuando el cirujano salió a comunicar el fatal desenlace a la familia, Tapón suspiró y repuso son sincera contrariedad: “Justo hoy que tenía el coche en el taller”.

“No entiendo qué vería en él Gertrude”, dice Stahr cada vez que Tapón asoma por el Claridge. Se sienta en el rincón más alejado de la puerta, vigilando a izquierda y derecha como si temiera que en cualquier momento fuera a irrumpir en el local una banda de albanokosovares. Únicamente se relaja cuando le ponen la tele. Gertrude suele estar a su lado, pero apenas le habla. Sus sarcasmos van más bien dirigidos a la generalidad. Produce varios por hora. Los políticos la inspiran especialmente. La otra tarde salió uno de esos que promete arreglar el país en media legislatura, como si todos los que lo han precedido fueran idiotas, y Gertrude soltó: “A estos listos los tenía yo una temporada de presidentes de mi comunidad de vecinos, a ver si eran capaces no ya de acabar con el paro, sino de poner un buzón nuevo”.

Al oír el comentario, Stahr giró la cabeza hacia ella y esbozó otra sonrisa, pero no afectuosa como la primera, sino cargada de una extraña complicidad. Gertrude le devolvió la mirada y la mantuvo brevemente, sin sonreír.

“¿A qué ha venido eso?”, le pregunté a Stahr.

“Es una vieja historia”, respondió antes de sumirse en su habitual mutismo.

A eso de las nueve y media, Gertrude y Tapón empezaron a ponerse en marcha. Primero se levantó ella, ágil y pletórica a pesar de la edad y los kilos. Él tardó algo más. Su mecánica desgastada requería calentamiento. Como esos superhéroes a los que el villano sepulta bajo una montaña de escombros y que al principio se mueven con gran esfuerzo pero que en seguida se recuperan, fue ganando cadencia y cuando llegó a la altura de nuestra mesa ya había alcanzado la velocidad de crucero.

“¿Y bien?”, le dije a Stahr cuando la pareja hubo desaparecido en el tráfago de la calle.

Se tomó sus buenos segundos antes de contestar. Le encanta crear expectación. “¿Viste lo que ha dicho Gertrude de ese político?”, me preguntó al fin. Asentí y, tras aclararse la garganta, me contó que, al morir Franco, ETA entró en una espiral asesina y muchos generales se pusieron nerviosos. Veían que los cazaban como conejos y no entendían cómo se toleraba aquello sin dar una réplica adecuada. A un responsable de Interior le decían: “Sabes quiénes son, ¿por qué no los matas?” Y él replicaba: “Porque me falta munición, son 250.000, todos los que votan a HB”.

Tapón se solidarizó rápidamente con esos militares que se sentían desamparados. “Con ETA acababa el Gobierno mañana mismo si se lo propusiera”, sostenía con gesto de perdonavidas. Y contaba que Marsella rebosaba de hampones deseosos de que les encargaran el trabajo.

“Hubo más bocazas como él”, continuó Stahr, “pero Tapón se involucró a fondo, no sé si para compensar su menor tamaño o porque era más chulo que nadie”. Una noche fue a exponerle su plan. Era muy sencillo. Había elaborado una lista con los principales cabecillas de la banda criminal y estaba reclutando “voluntarios, tú ya me entiendes”. Llevaba reunida media docena.

“Las cosas no son así, Alan”, le dijo Stahr después de escucharle atentamente. (Pocos lo llamaban Tapón entonces y, después de todo, era un posible cliente). “No sé con qué media docena habrás hablado, pero en el gremio no andamos por ahí eliminando a todo el que nos parece. Tenemos códigos. Respetamos las ideas políticas”.

“Además”, prosiguió, “tus matones igual creen que ETA son cuatro niñatos y que en cuanto cojan a dos y les arranquen los pezones con unas tenazas al rojo el resto va a salir corriendo. Yo no estoy tan seguro”.

Finalmente, abordó el siempre delicado capítulo financiero. “¿Quién va a poner el dinero?” Tapón cabeceó hacia lo alto, dando a entender que disponía de un patrocinio del máximo nivel. “Tengo contactos”, añadió con aire misterioso.

“¿Políticos?”, saltó Stahr alarmado. “¿Estás chiflado? ¿Y si cambian de opinión? Lo hacen todos los días. Pregunta a cualquiera que se haya metido en negocios contando con una subvención pública. No te puedes fiar, te cortan el grifo de la noche a la mañana y te dejan a merced de los acreedores. Y los tuyos no se van a limitar a reclamar en los tribunales”.

Tapón se levantó y le tendió la mano mientras lo miraba con profundo desprecio.

“Le faltó llamarme cobarde”, me dijo Stahr aquella tarde. “No volví a saber de él hasta que bastantes años después lo vi en un periódico. Estaba en la ruina, lo acosaban los matones y los etarras, le habían ametrallado el coche, no sabía dónde meterse… Había decidido contarlo todo. Pensó quizás que su denuncia hallaría eco en alguna instancia, pero nadie movió un dedo. Gertrude vino a verme al poco tiempo. Me contó que vivían en pensiones de mala muerte, a salto de mata, y me pidió que hablara con determinadas personas. Hice un par llamadas al sur de Francia, donde me debían algún favor. Luego ETA empezó a debilitarse y, poco a poco, se olvidaron de ellos… Han tenido suerte”, concluyó. “No están muertos de milagro”.

“La arrogancia fatal”, sentencié con pedantería, pero Stahr había desconectado y sonreía bobaliconamente con las ocurrencias de La que se avecina.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s