Ventajas (y límites) de la buena educación

“Es sorprendente”, escribe Holdforth, “que una de las preocupaciones clave del Renacimiento fueran los pedos”.

La primera vez que Linda Holdforth visitó la Academia de las Fuerzas Armadas Australianas lo hizo llena de aprensión. “Me quedaría corta si dijera que la experiencia me sorprendió”, cuenta en Why Manners Matter (Por qué son importantes los modales). “Al entrar en las estancias de los oficiales al mando, sentí como si viajara en el tiempo hasta el salón del té eduardiano que describen los manuales de etiqueta. Una tetera que deslumbraba de puro pulida. Tazas de delicada porcelana. La silla que me es retirada y luego empujada suavemente”.

Holdforth había sido en su juventud una activista radical, que se manifestaba “ruidosamente en favor del desarme nuclear y el desmantelamiento de las bases americanas”. Detestaba la sociedad represiva que había heredado de sus mayores y que se mantenía en pie gracias a la indoctrinación, la propaganda masiva y la coerción que ejercían instituciones como la casta militar, cuyo mismo nido visitaba en aquel instante.

Y el problema es que le estaba gustando. “El té era excelente, la conversación animada y, ante semejante despliegue de atenciones, también yo estuve encantadora”. A regañadientes reconoció que “hay pocas cosas tan placenteras como el té de la tarde en compañía de asesinos profesionales”.

Holdforth se dedica hoy a escribir discursos y, aunque se sigue considerando de izquierdas, ha revisado su opinión de los buenos modales. Igual que muchos miembros de su generación, pensaba que eran un atavismo superfluo. ¿Por qué debemos dar las gracias al conductor que se detiene ante un paso de cebra? Es su obligación. En una democracia los valores que deben prevalecer son la ley, la verdad, la libertad y la igualdad, y los buenos modales son todo lo contrario: prescripciones de origen oscuro y preconstitucional que encubren, reprimen y discriminan. Como Jean-Jacques Rousseau recomendaba, no hay que disfrazar los sentimientos. Son lo único que no han logrado corromper la Iglesia y el Estado. Él mismo alardeaba de ser “grosero por principio” y proclamaba: “Mi corazón alberga cosas que me absuelven de tener buena educación”.

Esta dispensa urbi et orbe se la aplican hoy millones de individuos. No sujetan la puerta ni sonríen, y hunden violentamente la nariz en el móvil cuando te cruzas con ellos para no tener que saludar. Su mentalidad científica los exonera de prestar atención a esas supercherías, aunque el origen de muchas de ellas no se remonta a la noche de los brujos, sino a la misma revolución que alumbró la era de los grandes descubrimientos. Por la época en que Miguel Ángel pintaba la Capilla Sixtina y Copérnico ultimaba su modelo heliocéntrico, en Europa causaba furor el opúsculo Sobre la urbanidad en la infancia, de Erasmo de Rotterdam. “Es sorprendente”, escribe Holdforth, “que una de las preocupaciones clave del Renacimiento fueran los pedos”. ¿Bajo qué circunstancias era admisible su expulsión? El humanista desaconsejaba comprimir las nalgas y retener el flato en el vientre, porque podía “acarrear enfermedad”. Y añadía: “Si le es posible retirarse, hágalo así; pero si no […] disimule el ruido con una tos”.

Este interés por la escatología tiene mucho sentido. Pedir a la gente que no se sople las narices con el mantel o que no ofrezca un trozo de comida que ya ha mordido son reglas básicas de higiene. Muchas normas de cortesía tienen un fundamento sanitario que no cuestionan ni los más aguerridos paladines de la grosería. Hay cosas que, por naturales que sean, conviene hacer en privado.

Pero el vínculo entre democracia y buena educación es igualmente sólido. La Ilustración se gestó en los salones franceses del siglo XVIII, donde una estricta etiqueta proscribía cualquier crítica que no fuera atemperada por la ironía. El enciclopedista Denis Diderot era directo y brusco, un rousseauniano convencido, y madame Geoffrin jamás se opuso a que hiciera la revolución en su palacete, siempre que no alzara la voz. La compostura no se perdía ni cuando había que echar a alguien. La anfitriona lo acompañaba al final de la velada hasta la puerta y aquel delicado gesto era como el beso de la muerte en la Mafia: significaba que estabas acabado y no podías volver.

Es inconcebible un debate en profundidad sin unos protocolos que lo desbrocen de emociones y lo orienten hacia las ideas correctas y valiosas. No es preciso faltarle al respeto a nadie para argumentar una posición, ni en el salón de madame Geoffrin ni en el trabajo. Holdforth tuvo un jefe en Exteriores que devolvía los informes con cuatro valoraciones. La habitual era Tomo nota. Si ponía Gracias, podías darte por satisfecho: habías hecho un gran trabajo. Solo excepcionalmente indicaba Muchas gracias y, si escribía Hay que darle otra vuelta, entrabas en pánico. Nunca necesitó “gritar, arrojar objetos ni ridiculizar a los incompetentes”. Aquella limitada paleta de grises le bastaba para graduar la comunicación. Todos sabían cómo interpretarla y a qué atenerse.

Lo mismo se cuenta de Talleyrand. Este político sirvió en el Antiguo Régimen, la República, el Imperio y la Restauración, y siempre previno a sus subalternos contra el exceso de pasión. Había que hacer las cosas con calma, lealtad, precisión y “sobre todo sin celo”. Napoleón llegó a llamarlo “mierda envuelta en una media de seda”, pero se cuidó mucho de prescindir de él. En más de una ocasión descubrió con alivio que Talleyrand había incumplido las instrucciones que le había dictado en el calor del momento y de las que luego se había arrepentido.

¿Y las relaciones personales no son diferentes? ¿No debe prevalecer siempre en ellas la espontaneidad? Las revistas de psicología insisten en que un matrimonio feliz exige una comunicación franca y honesta, pero no hay nada positivo en sacar a la luz realidades desagradables. Contra lo que opinaba Rousseau, raramente es bueno el salvaje que llevamos dentro y a menudo suele ser lo peor de nuestra condición. La madre de Somerset Maugham, una auténtica belleza, lo tenía muy claro. Cuando le preguntaban cómo se había casado con un hombre mayor que ella y bastante más feo, respondía: “Porque nunca hiere mis sentimientos”.

“La preservación de una distancia moderada”, sostiene Holforth, “no lleva al desapego, sino a un romance duradero”. Puede sonar hipócrita, pero un discreto silencio es preferible a esos exabruptos que concluyen con un: “Yo es que soy así, digo las cosas como las pienso”. Hay un montón de comentarios sin los que, francamente, podríamos pasarnos.

Los buenos modales no van a hacer, de todos modos, milagros. Son una mera fuerza auxiliar. Llegan a donde no llega la ley. Por mucho que el peatón considere una obligación que el conductor se detenga ante el paso de cebra, si este decidiera ignorar las normas de tráfico no habría modo de hacérselas cumplir. En Nueva York intentaron imponer por la fuerza la buena educación. Se establecieron multas para los viajeros que apoyaban los pies en los asientos del metro y para los padres que se comportaban poco deportivamente en los campeonatos escolares, pero no consta que se sancionara nunca a nadie. No hay policía suficiente.

Una etiqueta impecable tampoco garantiza nada en el terreno ético. Hitler era un caballero y Churchill un impertinente, pero nadie discute que aquel fue un personaje abyecto y este un héroe. Los manuales de urbanismo no desvelan cuál es la verdadera moral, sino cómo relacionarnos mientras la buscamos. Quizás algún día nos pongamos todos de acuerdo en qué es el bien, pero hasta entonces deberemos convivir con quienes discrepan de nosotros. En una sociedad tan diversa como la actual, jamás habían sido tan importantes los modales. Nos puede dar pereza ser atentos con los extraños, pero a medida que nos devuelvan esas atenciones descubriremos, como Holdforth en la Academia de las Fuerzas Armadas, que pocas cosas resultan más placenteras.

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