José María García: auge y caída

El comunicador de éxito no apela tanto a la inteligencia como a la emoción.

Cuando en diciembre de 1972 José María García (Madrid, 1944) se estrena en la SER “tenía, profesionalmente, el agua al cuello”, explica Vicente Ferrer Molina en su espléndida biografía Buenas noches y saludos cordiales (Roca Editorial, 2016). Lo han echado casi simultáneamente del diario Pueblo y Televisión Española. En Pueblo se ha peleado con todos: compañeros, jefes(1), autoridades… El detonante de su salida es una entrevista con Vicente Gil, el médico de Franco. “Me hace unas revelaciones tremendas”, cuenta García, “y después le dice a Emilio Romero [el director] que me las he inventado. Le subo la cinta al despacho. Lo había grabado todo. Y veo que Emilio Romero está en una situación muy complicada. Él quiere protegerme, pero es que el otro es Vicente Gil. Y yo le dije: ‘Director, así no podemos seguir”.

En Televisión Española se repite la historia. Adolfo Suárez, el director general de Radiodifusión, se queja de que él solo le da más problemas “que todo el resto de la casa”, pero también lleva muchas exclusivas y un día decide echarle un pulso al jefe de Informativos. Le dice que no está a gusto y que se quiere marchar “convencido de que trataría de retenerme”. Pero para su sorpresa le responde: “No sabes qué peso me quitas de encima, porque te tenía que despedir”.

“Tenía un Seat 600 que estaba pagando a plazos”, recuerda García. Al salir de la tele se detiene en una gasolinera que hay enfrente de Prado del Rey y, mientras le llenan el depósito, se dice: “¿No me estaré equivocando por querer ser tan independiente?”

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Buenas noches y saludos cordiales no es una biografía autorizada. Ferrer lo advierte en el prólogo, pero no habría hecho falta, porque las afirmaciones de García se han contrastado (y a veces invalidado) con segundas y terceras fuentes. Otro García (Márquez) dejó escrito que “la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos” y esta tendencia degenera en vicio en el caso del periodista. Casi 15 años después de su último programa, el victimismo se ha agudizado. Cuando en abril de 2002 dejó Admira Sport, el consorcio formado por Onda Cero, Antena 3 y Vía Digital para hacer frente al “imperio del monopolio” de Prisa, García aludió vagamente a promesas incumplidas y peleas con los directivos. Solo cuatro años después desvelaría que el responsable de su salida había sido José María Aznar, “el mayor dictador sobre la prensa española después de Franco”. Lo cierto es que no había proporción entre los 12 millones de euros que percibía y el resultado de audiencia, pero su acusación refleja bien lo que podríamos llamar la fórmula García: construir a partir de un atisbo de verdad (o de verosimilitud) una denuncia desmesurada.

Ferrer no cuestiona los méritos de este asturiano de adopción, cuya pequeña estatura y afición al color naranja le granjearon el mote de Butanito. Su capacidad como reportero se pone de manifiesto en cuanto se incorpora a los 20 años a Pueblo, igual que su propensión a exagerar. “Tengo el récord de haber publicado […] 1.114 reportajes en un año”, alardeó en cierta ocasión. Es una cifra improbable, pero es innegable que García firmaba mucho y eso llamó la atención de Manuel Martín Ferrand, que decidió llevárselo a Hora 25. El programa comenzaba a medianoche y le asignaron los cinco últimos minutos. “Yo le decía a Manolo que […] no nos iban a oír ni nuestras familias”. Estaba convencido además de que la televisión estaba arrinconando a la radio, igual que hoy lo estamos de que internet está acabando con el papel, pero en lugar de ponerse histérico se dedicó a lo que mejor sabía hacer: “meterle el dedo en el ojo” a la autoridad, como dice en el libro Jesús María Amilibia.

“En un país en el que no existe la libertad de expresión”, escribe Ferrer, “García encuentra un resquicio para criticar el poder. Aunque sea el poder deportivo. Y lo hace con un tono sorprendentemente agresivo. Millones de españoles […] quieren darse la satisfacción de ver cómo le zurran la badana a los de arriba”. El éxito es inmediato. En dos años los cinco minutos se amplían a una hora. “España se va a dormir con García”.

Los directivos de la SER se dan cuenta de que el muchacho es una mina y dejan que colonice el resto de la parrilla. A pesar de la resistencia de muchos compañeros, que consideran “inaceptables sus maneras” y lo acusan de “romper con algunos códigos del oficio”, García desembarca en Carrusel Deportivo y ahí lleva a la práctica una revolución. “Por primera vez en la radio alguien se mete en los vestuarios, sube a la tribuna, entrevista a presidentes, requiere la alineación a los entrenadores…”

Su capacidad de trabajo es legendaria y deja también pruebas de no arredrarse ante nada. Cuando en 1968 Pueblo lo envía a cubrir los Juegos de México, se encuentra con una revuelta social a punto de estallar y, en vez de refugiarse prudentemente en la Villa Olímpica, se zambulle en lo que acaba siendo la matanza de Tlatelolco. En una crónica titulada “Bombardeo desde los helicópteros” contará cómo vive “45 dramáticos minutos” recostado contra una pared, “totalmente inmovilizado. He pasado miedo, mucho miedo. Me he acordado de los míos”.

También se hará célebre su cobertura del 23F para la SER. Se entera del asalto al Congreso mientras está en el médico con su mujer. Sale “echando leches” a la emisora, coge una furgoneta con un técnico y empieza a radiar el golpe hasta que Fernando Ónega le ordena que vuelva porque suena “como una retransmisión de fútbol”.

“[Ónega] no estaba dispuesto a que gente de la música o del deporte ocupara el sitio de los periodistas de Informativos”, explica el locutor de Los 40 Principales Pepe Cañaveras. “Pero es que ni la dirección los había enviado ni ellos, por razones que desconozco, se habían acercado. Solo Antonio Jiménez”.

A esta impecable hoja de servicios hay que añadir dos hazañas más. “Si en la SER [García] transformó la radio, en Antena 3 consolidó esa renovación y abrió caminos”, escribe Ferrer. “Situó la Vuelta, como espectáculo, al mismo nivel que la Liga. Y en Superdirecto Baloncesto, con las narraciones de Siro López y Andrés Montes, elevó el deporte de la canasta a cotas nunca alcanzadas”.

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A comienzos de los 90 García cobra más que las estrellas a las que entrevista, pero es un caché que compensa desembolsar. Cuando en 1982 se incorpora a Antena 3, la emisora tiene media docena de postes y 10 años después es líder en todas las franjas. Y su contrato en la COPE es tachado inicialmente de “inmoralidad” por algunos obispos, pero García les tapa la boca salvando la cadena de la quiebra. “Pese a ser rentable para las empresas”, escribe Ferrer, “lo echan de Pueblo, lo echan de TVE, lo echan de la SER y lo acaban sacando a zancadillas de Onda Cero”. ¿Por qué?

García lo atribuye a su insobornable búsqueda de la verdad, pero cuando se repasa Buenas noches… no se encuentran exclusivas espectaculares. Nunca destapó un Watergate ni desveló los GAL. Dio, eso sí, multitud de pisotones, obtenidos mediante procedimientos no siempre ortodoxos. Una vez encerró al boxeador José Legrá antes de un campeonato. “Dos días. Para que no lo cogiera nadie”. Lo mismo hizo con Gabino Moral, único acertante de una quiniela de 14. “Le convencí para que se quedara a dormir [en un hotel] y yo pasé la noche en la habitación de al lado con los ojos abiertos. No me fiaba de nadie”. “La noticia”, comenta Ferrer, “causó un gran impacto”.

Y cuando Juanito recibe un botellazo en Belgrado, “hombro con hombro” con él está García. Las imágenes dieron la vuelta al planeta, pero pocos saben que se abrió paso hasta el banquillo sobornando al supervisor con un “billete gordo”. El periodista nunca ha renegado de esta práctica. “Me han acusado de tener micrófonos en restaurantes o en vestuarios, pero no es cierto. Yo tenía confidentes a los que pagaba, gratificaba espléndidamente”.

Al público le entusiasma la gallardía con que planta cara a los poderosos, pero en el origen de aquellos enfrentamientos hay a menudo una mera disparidad de criterios. Con Ramón Mendoza rompe porque el Madrid firma con Dorna, en lugar de Unipublic. Y el antagonismo con el presidente de la Federación de Fútbol Pablo Porta no es fruto de ninguna fechoría, sino de la pobre actuación de la selección en el Mundial de 1978. “El equipo nacional, que dirigía Ladislao Kubala, se instaló en la Martona, una extensa hacienda fría y aislada, a 60 kilómetros de Buenos Aires”, escribe Ferrer. “García responsabilizó a Porta de la mala planificación de aquel campeonato”.

A raíz de este incidente surgirá “Pablo, Pablito, Pablete”, uno de los estribillos más celebrados de la radio contemporánea. Sorprende hoy la nimiedad de los cargos y la brutalidad de las pasiones. El material más incriminatorio que García logró aportar fue una filmación en la que se ve cómo el chófer de la Federación lleva a la mujer de Porta a la peluquería y luego saca a pasear a su caniche. Esto (apenas una nota a pie de página en la negra crónica de la corrupción española) le permitirá alimentar horas y horas de insultos y descalificaciones.

También arremeterá contra el ministro Pío Cabanillas. Lo llama payaso por ceder el Palacio de Deportes de Madrid para el Festival Mundial del Circo. No parece un cargo especialmente grave, pero los aficionados no entran en matices. Están indignados por la crisis, por el terrorismo, por las huelgas o porque a España la han apeado en la fase de grupos, y es gratificante ver que alguien exige al fin valientemente cabezas. García es Robin Hood, el azote de los poderosos, el héroe de las multitudes. En la Vuelta viaja en un coche con el techo practicable y, cuando se acerca a los pueblos, le avisan. “Igual estaba descansando porque había dormido tres o cuatro horas”, pero se pone en pie, saca la cabeza fuera, hace como que está en antena y todo el mundo lo aclama: ¡García, García! “Era un ídolo”, recuerda Agustín Castellote, su segundo en la COPE y Onda Cero. En L’Équipe le dedicaron una portada en esa época. “Era Dios en la Vuelta”, confirma el ciclista Vicente Belda.

Pero del mismo modo que el revolucionario de Woody Allen en Bananas se convierte en el ogro al que ha derrocado, el periodista empieza a comportarse como un déspota. Si llega a un sitio y encuentra trabajando a un competidor, aúlla: “¿Por qué están aquí las teles? ¡Fuera!” Y dejan de grabar en el acto. “García no era el propietario de la Vuelta, pero lo parecía”, recuerda Perico Delgado. Como Cabanillas y Porta, también el ciclista se granjeó la inquina del periodista. ¿Su gran delito? Negarse a participar en la ronda española para preparar mejor el Tour y, sobre todo, ir a la SER de comentarista. “A partir de entonces”, cuenta Delgado, “me pegó a mí, pegó muy fuerte al equipo… Se metió con mi padre, reprochándole que fuera sindicalista, y con mi novia, Luz Divina, a la que llamaba Luz Bovina”, en alusión a los cuernos que supuestamente le había puesto.

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Si los ataques a directivos y políticos fueron un éxito de crítica y público, los que tenían como diana a deportistas como Delgado o Míchel (al que atribuyó la felonía intolerable de llevar a sus hijos a los entrenamientos) no salieron tan bien. En algunos lugares lo apedreaban o repartían pegatinas con la leyenda “Yo también odio a José María García”. Pero su declive tiene un origen preciso, casi hora y fecha: cuando decide antagonizar con El Larguero.

De nuevo, las hostilidades se desatan por una mera disparidad de criterios. En 1989 una bengala impacta en Río de Janeiro contra el portero de Chile y García exige que se dé el partido por perdido a Brasil. En la SER, Alfredo Relaño discrepa y García lo ridiculiza. También se mofa de José Ramón de la Morena cuando días después entrevista a un árbitro. Finalmente, retiene toda la noche al presidente del Rayo con el propósito de que no acuda a El Larguero y, cuando De la Morena lo critica, García replica: “En todos los pueblos hay un tonto, y este es el tonto de Brunete”.

“Nos las hizo de todos los colores”, se queja el director de El Larguero, pero no solo no se amilana, sino que descubre que entrar en el cuerpo a cuerpo le beneficia. Su audiencia, “más juvenil, más gamberra”, disfruta con las burlas. Erigirse en el García de García le granjea popularidad. Cuenta además con la potencia de fuego de Prisa. La SER lanza una campaña en la que retrata a García como Hitler y cuyo eslogan reza: “Fanatismo o espectáculo”. El País jalea las ocurrencias de El Larguero y, durante las transmisiones de fútbol, Canal Plus ofrece planos de “pancartas estratégicamente situadas en las que ponía ‘Butano cabrón’, ‘Enano’ y demás”.

En el más puro estilo garciesco, De la Morena extiende los bombardeos a la población civil. Llama “facha rastrero y usurero” a Antonio Herrero e “hijo de un ministro franquista que ahora viene a dar lecciones de democracia” a Luis Herrero. Y cuando Diario 16 reclama en un editorial que se ponga fin a estos excesos, el director de El Larguero escribe (no sin razón): “¡Dios mío! ¡Lo piden ahora! Después de escuchar durante 20 años seguidos los insultos de García todas las noches a quien mejor y más le convenía… ¡Qué asco!”

En 1992 el programa de De la Morena rebasa el millón de oyentes. Supergarcía aún lo aventaja en más de 500.000, pero la distancia se estrecha y en abril de 1995 el Estudio General de Medios (EGM) certifica el sorpasso. García ya nunca recuperará el liderato. Es el alguacil alguacilado.

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“García crea un folletín con sus personajes”, observa agudamente Ferrer. “Los convierte en estereotipos que funcionan como los de Dallas y Falcon Crest, las series de televisión de la época. Y como ellas, su programa deviene adictivo […]. Están los buenos y los malos. Hay traiciones, deserciones y conjuras. El reparto de papeles puede variar: quien hoy es un bribón, mañana podrá ser un hombre arrepentido, incluso honrado [como sucedió con el presidente del Barcelona Josep Lluis Núñez o con Jesús Gil y Gil]. Pero García siempre está en el mismo sitio”. Es la técnica de dicotomización que hoy aplica Pablo Iglesias. Traza una frontera que divide el mundo en dos campos irreconciliables: ellos y nosotros, los golfos y los honestos, los abrazafarolas y la gente.

Se trata de una narrativa tremendamente adictiva, como señala Ferrer, pero entraña sus peligros. El primero es que cualquiera puede usarla: García o De la Morena, Podemos o el Frente Nacional. El segundo riesgo es que termines creyéndote tu propio personaje e interpretes todo a la luz de una eterna batalla entre buenos y malos, políticos aviesos y periodistas magnánimos. La realidad es compleja y los comunicadores caen más a menudo por un EGM decepcionante que por las conspiraciones que se urden en La Moncloa (donde, por supuesto, se urden muchas conspiraciones).

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(1)Mi padre, Miguel Ors, fue uno de esos jefes.

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2 Respuestas a “José María García: auge y caída

  1. Me ha encantado el artículo. Recuerdo perfectamente muchas de estas historias, y recuerdo sobre todo las horas y horas que pasé con mi hermano escuchando Antena 3 por las noches. Al acabar García comenzaba el mítico Polvo de Estrellas de Carlos Pumares. Deporte y cine, mis principales aficiones llevadas al extremo. José Mª García empezó a cansarme el día que comprendí, allá por mis 16-17 años, que esos ataques a varios de mis ídolos (Perico Delgado y el equipo Reynolds, luego Banesto al completo, Michel y la Quinta del Buitre también al completo) no estaban fundados, sino que se debían a que estos habían decidido dar sus entrevistas y declaraciones a otros medios. Más aún, cuando vi que había intereses económicos detrás. Los ataques eran furibundos. El periodismo no era tan independiente como habíamos creído mi hermano y yo, había intereses detrás, y en el caso de García, también sentimientos como la envidia o la rabia. Una cosa es cierta: no he vuelto a ser seguidor de ningún programa deportivo como entonces. Ni tampoco de uno de cine al estilo (estilazo inconfundible) de Carlos Pumares. Saludos.

  2. Muchas gracias. Yo no seguía tanto a García, por razones obvias, pero reconozco que a su modo revolucionó la radio y el periodismo. Hay que darle por ello el reconocimiento que se merece, aunque poniendo en su sitio el alcance de sus denuncias, como hace Vicente Ferrer en su muy recomendable libro. Un saludo.

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