Excusas de perdedor

“Yo prefiero ser rico y poderoso”, dice Stahr, “que me admiren, incluso que me envidien. Nunca he entendido todo ese rollo de la satisfacción interior”.

A veces Rolf se pone melancólico. Rolf ronda la sesentena. Creció en un mundo analógico e intenta adaptarse a la revolución digital como los neandertales al fin de las glaciaciones, o sea, mal. En el periódico le han obligado a abrirse una cuenta en Twitter y otra en Facebook y, además, a llevar un blog.

“No sé cuánta gente leerá el post que acabo de colgar”, le dice a Monroe Stahr como si a este le importara. “No es difícil averiguarlo”, sigue Rolf a pesar de todo. “En la esquina superior izquierda del editor hay un minúsculo gráfico de barras. Clicas en él y accedes a todas las estadísticas: los visitantes, los comentarios, los me gusta, los países desde los que se entra… Mentiría si dijera que no me importa, por supuesto que me importa. Por eso decidí hace tiempo que no iba a mirarlo”.

Da un trago, esperando alguna reacción por parte de Stahr, pero ni parpadea. En el Claridge hemos llegado a ese tipo de relación en la que no hace falta abrir la boca para ofender al interlocutor.

“¿Tú no te preguntas nunca por qué haces lo que haces, si tiene algún sentido?”, rompe finalmente el silencio Rolf.

“No soy ese tipo de persona”, responde escuetamente Stahr.

“Yo sí. En mi familia nunca entendieron que me dedicara a escribir pudiendo ganarme decentemente la vida. Mi padre es ingeniero, ¿sabes? Siempre creyó que los periodistas éramos una especie de pervertidos, que nos dedicamos a mirar a los demás mientras hacen cosas”.

Rolf empieza a reírse de la ocurrencia de su padre, pero Stahr gira lentamente la cabeza y se le queda mirando con severidad. La risa de Rolf se cierra como un esfínter.

“Nunca dejé que ese desprecio me afectara”, continúa. “Me decía que con mi ilusión bastaba. Sabía que el camino era largo, que no había la menor garantía de que llevara a ningún lado y que no podía contar con el apoyo de nadie, ni siquiera de los más próximos. ¿Sabías que la mujer de Haydn se cogía los rulos con sus partituras? Y César González-Ruano cuenta en sus memorias cómo Gabriel Miró lo recibió en su humilde despacho del Ministerio de Instrucción Pública y le refirió el rosario de penurias y días grises en que había consistido su carrera de funcionario. ¿Y las novelas no le han ayudado a redondear los ingresos?, le preguntó Ruano. Los libros dan tanto, respondió Miró, que no se les puede exigir que además den dinero”.

Rolf sonríe enternecido por su propio relato y queda como ensimismado unos instantes, hasta que Stahr lo arranca brutalmente de su ensoñación.

“Yo prefiero ser rico y poderoso”, dice con su voz rotunda, “seducir a mujeres guapas, ser admirado, incluso envidiado… Son aspiraciones que tienen mala prensa entre los filósofos, lo sé, pero tangibles. Nunca he entendido todo ese rollo de la vocación y la satisfacción interior. En el fondo no dejan de ser excusas de perdedor”.

Rolf renuncia finalmente a decir nada más. Stahr habla con el aplomo de quien considera que la vida acaba dando a cada uno lo que se merece. Rolf no está tan seguro. Nadie sabe, por ejemplo, cómo acabó Stahr al frente de aquella petrolera y seguro que lo adornan virtudes excepcionales, pero también se habrá beneficiado de algún golpe de suerte. Estar en el lugar adecuado en el momento preciso vale más que todos los másters juntos, pero nos gusta construir relatos épicos en los que todo es perseverancia y talento. “Justificaciones de ganador”, se dice Rolf. Luego paga su cerveza y sale del Claridge.

La noche ha caído. Piensa que está siendo un año duro mientras hunde la cabeza ante el empuje del viento glacial y, a los pocos minutos, está a punto de arrollar a una pareja que habla a la entrada de una tienda. El hombre lleva una cartera y un abrigo marrón que ha pasado por mejores momentos. La mujer se abraza a sí misma para defenderse del frío intenso, firmemente apostada en la puerta.

“Estamos vendiendo un lápiz que permite detectar los billetes falsos”, explica él.

“No, gracias, ya tenemos un sistema”, le dice la dependienta sin dejarle pasar.

El hombre se despide con una leve venia y avanza unos metros, hasta la puerta siguiente, un bar. “Estamos vendiendo un lápiz que permite detectar los billetes falsos”.

Rolf se arrebuja dentro de su parka. De repente no se encuentra tan mal. Se dice a sí mismo: “Excusas de perdedor”, pero una tenue llama le conforta el ánimo.

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