Una grandísima coalición

Si hubiera un eurofestival de la transición, España quedaría bastante mejor que en el de la canción. Aunque esta vez igual no lo ganábamos.

Antes de que Tony Blair y Anthony Giddens secuestraran la marca, la tercera vía se usaba a menudo para referirse al comunismo rumano, que combinaba “formas de propiedad pública y privada” y constituyó durante mucho tiempo el espejo en el que se miró Santiago Carrillo. El secretario general del PCE veraneaba a orillas del mar Negro invitado por su amigo Nicolae Ceaucescu y, al término de las vacaciones, ambos se congratulaban por la cooperación de todas “las fuerzas antiimperialistas, obreras, democráticas y progresistas en la lucha por la paz y la distensión”.

Es sorprendente que los mismos intelectuales que abominaban (con razón) de Franco sintieran debilidad por Ceaucescu, un megalómano que instauró el culto a su persona (se diseñó hasta un cetro), no toleró ningún tipo de oposición, destruyó pueblos enteros de la Transilvania húngara para homogeneizar la población y medio mató de hambre a sus compatriotas porque necesitaba las divisas que reportaba la agricultura para financiar su programa de industrialización acelerada.

Idéntica paradoja se da con Josip Broz. “Como Franco”, escribe Stanley Payne, “Tito llega al poder tras una guerra civil […]. El baño de sangre que se produjo en Yugoslavia durante 1945 fue proporcionalmente muy superior al que tuvo lugar en España durante 1939, y la nueva dictadura mucho más rigurosa y represiva”. Y cuando la presión internacional forzó a ambos regímenes a moderarse, el de Belgrado “siguió siendo mucho más controlado y represivo […] y no alcanzó el progreso económico, social y cultural de España. […] Sin embargo, Tito fue frecuentemente aclamado como un gran reformador e innovador”.

No quiero convertir este post en un concurso de déspotas (aunque, como dice Monroe Stahr, “incluso entre los tiranos hay clases”), pero si hubiera un eurofestival de la transición España quedaría bastante mejor que en el de la canción. Alardeamos de carácter rebelde e intratable y decimos que un país con tantos santos y tantas vírgenes es un país de anarquistas, pero los franceses tienen una frase similar con los vinos y los italianos con los quesos. Y lo cierto es que, salvo Estados Unidos, nadie ha pactado una Constitución perdurable con la rapidez con que lo hicimos nosotros en el 78. Francia lo consiguió tras cuatro intentos (1789, 1791, 1793, 1830) y Canadá e Inglaterra nunca han sometido sus cartas magnas a referéndum.

Los motivos de nuestro éxito son muchos y muy variados, pero una de las claves fue sin duda no hacer caso a Carrillo y descartar la tercera vía rumana. Mi amigo Juan Fernández-Miranda cuenta en El guionista de la Transición que la obsesión de su tío abuelo Torcuato fue evitar la imposición. La tragedia de España, decía, era que los sucesivos regímenes se habían levantado tras un pronunciamiento o una sublevación, sin respetar las opiniones discrepantes. Ese vicio de origen alentaba el resentimiento y la inestabilidad. Era esencial romper la maldición, concitar el máximo consenso, evitar las rupturas. El cambio debía ser fruto de una evolución, no de otra revolución, negociarse entre todos hasta la extenuación. El resultado ha sido la era de libertad y prosperidad más larga de la historia de España.

Por supuesto que la coyuntura actual es manifiestamente mejorable. El mercado laboral discrimina a los jóvenes y los parados de larga duración, la corrupción parece endémica en algunas autonomías y ayuntamientos, las pensiones no están garantizadas, las tensiones territoriales son insoportables, la productividad no remonta… El casco de la gabarra necesita un carenado de firme y los españoles discrepamos sobre por dónde empezar a pasar el cepillo. Eso es lo que revela el fraccionamiento parlamentario, y repetir una y otra vez las elecciones no va a alterar sustancialmente las cosas. Como en el cuento de Monterroso, cuando despertó el multipartidismo todavía estaba allí.

Tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias han concluido rápidamente que la mayoría no quiere que Mariano Rajoy siga, y es verdad. Pero ese mismo razonamiento los inhabilita para la presidencia también a ellos, que han recibido aún menos votos. Además, sería un error excluir a los siete millones de ciudadanos que han apoyado al PP. Como en el 75, hay que negociar hasta la extenuación.

La mayoría de las personas juiciosas con las que hablo son partidarias de una gran coalición entre PP, PSOE y Ciudadanos. La animadversión insuperable que Rajoy y Sánchez se profesan podría sortearse, como explica aquí Manuel Conthe, confiando la jefatura del Gobierno a alguien que “no procediera de ninguno de los tres partidos […] que, sin embargo, le apoyarían en la investidura y ocuparían muchas de las carteras [ministeriales]”.

Yo iría aún más lejos. Si queremos repetir el logro de la Transición, Podemos y los nacionalistas (independentistas o no) deben participar en la definición del nuevo terreno de juego, no sé si desde dentro del Gobierno, pero desde luego en estrecho contacto con sus miembros. Se trataría de establecer una agenda cerrada de reformas y, una vez pactadas, disolver las Cortes y convocar a las urnas.

La investidura fallida de Sánchez ha puesto de manifiesto enormes discrepancias ideológicas y personales, pero ¿eran acaso menores en 1975? El Muro de Berlín seguía en pie y la URSS ejercía su funesto ascendiente sobre la izquierda. En la Carrera de San Jerónimo no se sentaban un centenar de representantes de un “partido fundado por siete ministros de la dictadura”, como dice Iglesias del PP, sino que todos eran franquistas. Se producían secuestros y atentados a diario, los militares maquinaban asonadas y la crisis hacía estragos entre una población cuya renta per cápita era la mitad de la actual. Había muchos más motivos para la crispación y, sin embargo, se optó por el consenso. Todos cedieron, nadie impuso su remedio definitivo. El sistema (signifique eso lo que signifique) legalizó el comunismo y Carrillo desplegó una bandera roja y gualda en la sede del PCE. Manuel Fraga transigió con los sindicatos y Felipe González aceptó una “economía mixta de mercado”.

El gran escollo para repetir hoy un acuerdo similar no es el inmovilismo de Rajoy ni el ansia de poder de Sánchez, sino la estrategia de Podemos, que se basa en la división y el enfrentamiento. Como explica la profesora Mariam Martínez-Bascuñán, sus líderes necesitan “un antagonismo radical” porque se definen “en oposición a otro”: ellos y nosotros, la casta y la gente, los de arriba y los de abajo.

Así llegaron al poder Evo Morales en Bolivia y Hugo Chávez en Venezuela, y así pretende hacerlo Iglesias aquí. De momento no le va mal. En un tiempo récord, dice Martínez Bascuñán, “ha conseguido […] seducir a una importante suma de ciudadanos marginados y desencantados”, y me sorprendería que desperdiciara la oportunidad que le proporcionaría una gran coalición PP-PSOE-C’s para quedarse solo en la oposición y consolidarse como alternativa a “la política de siempre”.

Lo que es un misterio es qué hará una vez acceda a la Moncloa, en qué consiste esa “transformación posneoliberal desde el Estado” que anuncia en la New Left Review. A sus votantes no parece preocuparles. Tampoco Marx fue muy explícito sobre la sociedad comunista y esa ambigüedad, lejos de ser un obstáculo, la hizo aún más irresistible, porque cada cual podía llenar la línea de puntos con sus anhelos personales. Las utopías más sugestivas son deliberadamente imprecisas. Nadie ha matado nunca en el nombre de La ciudad del Sol de Campanella.

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Una respuesta a “Una grandísima coalición

  1. Voy a ejercer un poco de profeta: de nuevo tendremos elecciones en junio. Y los resultados serán más o menos los mismos que tenemos ahora. Unos subirán un poco, y otros bajarán, pero en esencia serán necesarios, básicamente, los mismos acuerdos que ahora nos son tan perentorios. ¿Y qué va a pasar? ¿Unos terceros comicios? ¿Y luego? ¿Unos cuartos? El PP, así, tendrá el gobierno, provisionalmente, ¡claro!, “sine die”. Pues estamos frescos. Menos mal que el país funciona, y funcionará, gracias a, y nunca mejor dicho, a los funcionarios de nuestras múltiples instituciones. Qué país…

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