Adiós, muñeca

“Jamás”, dijo Monroe Stahr, “dejes que los que no pertenecen a la Familia sepan lo que piensas”.

En el gran día de la boda de su hija, Monroe Stahr estaba apostado a la entrada de su casa para recibir a los invitados. Muchos le debían algún favor y, en una ocasión tan solemne, se sentían obligados a presentarle sus respetos. Stahr saludaba a todos (ricos y pobres, poderosos y humildes) con idénticas muestras de afecto. Era su carácter. Los asistentes se maravillaban en voz alta de lo bien que le sentaba el esmoquin: tanto, decían zalameramente, que cualquiera hubiera podido confundirlo con el novio.

Las cosas no podían irle mejor. Las distintas familias se habían repartido el mercado y operaban como monopolios regionales. Algún incauto intentaba de vez en cuando incorporarse al negocio, pero las barreras de entrada eran formidables y no tardaba en desmoralizarse. Controlaban el sistema de distribución, pactaban los precios y las autoridades no solo los dejaban en paz, sino que les conseguían subvenciones, como el senador que acababa de telefonear.

—Quería excusarse por no haber venido —le explicó el consigliere George Haven—. Ha dicho que usted sabría comprenderlo.

Stahr asintió. No consideró necesario mencionar que había sido él mismo quien le había recomendado que no hiciera acto de presencia.

—¿Un buen regalo?

Haven hizo un ostentoso gesto de aprobación.

—Plata antigua y valiosa. Los chicos le sacarán 10.000 dólares por lo menos.

Stahr no disimuló lo mucho que le complacía que un hombre como el senador le mostrara tanto respeto.

* * * * *

Aquella noche, Haven acudió al domicilio de Stahr para ultimar los detalles del importante encuentro que celebraría al día siguiente con Marco Zucchero. Junto a Stahr encontró a su primogénito Johnny, cuyo rostro evidenciaba claras huellas de cansancio, producto seguramente de haberse pasado la boda retozando con una dama de honor.

Stahr se acomodó en un sillón con un Cohiba en los labios. Tenía siempre una caja a mano. Haven había intentado que se pasara a los Davidoff, pero el patrón alegaba que le irritaban la garganta.

—¿Tenemos toda la información que precisamos? —preguntó Stahr.

Haven abrió el maletín en el que guardaba sus notas.

—Zucchero quiere ayuda. Nos pedirá que invirtamos un millón de dólares y que le facilitemos, además, los contactos para suavizar las, digamos, trabas administrativas. A cambio nos ofrecerá una tajada, aunque nadie sabe cómo de sustanciosa será.

Haven procedió a dar algunos datos contables, pero en seguida se percató de que Stahr fruncía el ceño. El viejo detestaba los detalles y Haven se ciñó a lo sustantivo.

—A Zucchero lo apodan el Judío por dos motivos: porque se crio en Israel y porque es muy rápido con el móvil.

Stahr dio una chupada a su cigarro.

—¿Y qué opinas tú? —preguntó.

—Creo que deberíamos aceptar —respondió Haven—. Si nosotros no entramos, otros lo harán. Es el negocio del futuro.

Stahr parecía impresionado. Exhaló una bocanada.

—Eso es lo más importante, por supuesto —murmuró—. ¿A qué hora tengo que recibir a ese infiel?

—Lo he citado a las nueve de la mañana.

—Quiero que estéis los dos aquí —dijo Stahr. Se levantó y tomó cariñosamente a Johnny por un codo—. A ver si usas la cama para descansar un poco, hijo.

* * * * *

Zucchero gastaba unas aparatosas gafas de pasta y era apenas un adolescente, pero el modo de vestir (pantalón corto, camiseta, cholas) le daba un aspecto todavía más infantil. Fue derecho al grano. Lo tenía todo estudiado: de dónde saldría la materia prima, cómo pretendía distribuirla, la fortuna que pensaba ganar…

—¿Por qué acude a mí, entonces? —preguntó Stahr cortésmente.

—Necesito liquidez y, sobre todo, un socio con amigos poderosos en los puestos clave. La actual regulación es un infierno.

—He consentido en recibirle —replicó después de una pausa Stahr— porque he oído que es usted una persona seria y digna de respeto, pero me veo obligado a decirle que no porque, si tomáramos parte en su operación, podría perjudicar mis intereses actuales y los del resto de las familias. Todas hemos vivido muy bien estos años, sin peligro ni daño alguno. No puedo permitirme el lujo de ponerlas en la cuerda floja.

La única reacción de Zucchero fue una rápida ojeada alrededor de la habitación, como si esperara ayuda de alguno de los presentes. Haven permaneció impasible, pero Johnny no pudo reprimirse.

—Es el negocio del futuro —dijo. Era la misma frase que tan favorablemente había acogido su padre la víspera, pero la reacción no pudo ser más diferente.

Haven vio cómo Stahr dirigía una mirada gélida a su hijo, que se echó a temblar sin saber aún por qué. Las pupilas de Zucchero emitieron un rápido destello. Había detectado una grieta en la fortaleza. Hizo una leve venia mientras estrechaba la mano de Stahr y dejó que Haven lo acompañara hasta el coche.

Stahr esperó a que abandonaran la sala para encararse con Johnny.

—Jamás —le dijo masticando el adverbio— dejes que los que no pertenecen a la Familia sepan lo que piensas. Es obvio que el sucio asunto que tienes con esa joven te ha reblandecido el cerebro. Madura, hijo, madura… Y ahora, ¡apártate de mi vista!

El rostro de Johnny expresaba el más absoluto desamparo, y todavía tardaría unos meses en entender la magnitud de la amenaza.

* * * * *

Era una tarde serena de invierno. El pálido sol empezaba a ceder paso a las sombras del crepúsculo cuando Johnny llegó para recoger a su padre a la oficina. Stahr lo aguardaba en el portal, hablando con el conserje. Al advertir el coche se dirigió hacia él, pero en el último momento cambió de idea y retrocedió hasta el puesto de fruta. Le gustaban las naranjas y mandarinas de brillantes colores que descansaban perfectamente ordenadas en cajas de un verde intenso. El propietario acudió solícito. Stahr señaló las piezas que quería y tomó con la mano izquierda la bolsa de papel que el frutero le entregó, mientras con la derecha le tendía un billete de 20 dólares. Guardó el cambio y entonces, al darse la vuelta, vio cómo dos desconocidos doblaban la esquina.

Stahr supo de inmediato lo que iba a suceder.

Eran jóvenes y vestían vaqueros raídos y sudadera. Llevaban la capucha puesta y difícilmente podía reconocérseles. Desenfundaron rápidamente sus móviles y le mostraron la nueva aplicación. Era perfecta. Podías leer rápida y cómodamente todas las noticias. La misma información por la que la Familia pretendía cobrar un dólar en el quiosco al día siguiente la estaban regalando ellos la víspera.

Stahr tuvo que apoyarse para no perder el equilibrio. La bolsa se le escurrió y algunas naranjas rodaron por el suelo mientras los curiosos se apiñaban a su alrededor. “Es increíble”, comentaban de la app con sincera admiración.

“En ese preciso instante”, me contaría después Stahr, “comprendí que la prensa de papel estaba acabada. La remataron delante de aquel puesto de frutas de Brooklyn”.

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Una respuesta a “Adiós, muñeca

  1. Cada vez que veo El Padrino, más me doy cuenta de lo grandiosa que resulta como escuela de negocios, y no lo digo en el buen sentido de la palabra, sino en el peor. Las reuniones con los Tattaglia, perdón con Zucchero, son tan reales como el mundo de la empresa actual. La propuesta de asociación en la que uno aporta el producto y el otro la capacidad comercial (los contactos) es como esas Utes o joint ventures en las que un Ibex-35 llega a un acuerdo con una pequeña empresa local,… pero como dice Monroe Stahr, no debería decir lo que pienso.
    Saludos.

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